Cielo Imposible

… No; nada espero de la vida,
Ni las cosas pasadas me dan pena…
Mihaíl Y. Lermontov

20 de febrero 2005

El ruido me despertó en la madrugada. Un sonido seco primero, como de cristales que se rompen, después gritos. Javier estaba borracho y drogado, salió a tirar con su cuerno de chivo para celebrar el cumpleaños de su esposa y le dio a una de las lámparas del alumbrado público. Las armas son peligrosas en manos de los pendejos.

Desde mi ventana Javier parecía bailar con las manos en la cabeza, evitando los vidrios que le llovían en el rostro, como un apache que realizara una danza de la lluvia. Las chismosas de la cuadra se asomaron por sus respectivas ventanas para tener algo que contar al día siguiente. Los demás supongo que ya están acostumbrados al sonido de las ráfagas.

Javier está loco y a nadie parece importarle. Un día lo apedrearon los cholos del 123 mientras iba caminando, dos cuadras más arriba del lugar donde vivo. Llegó corriendo a su casa y salió a los cinco minutos vestido con gabardina de cuero y tejana negra. Los balaceó con el cuerno de chivo, aunque no logró herir a nadie, aunque parezca increíble. El cabrón se cree Mario Almada o algo por el estilo.

Juliana, la vecina, cuenta muy seguido el incidente como si fuera una broma. Ríe y enseña sus dientes amarillos y manchados. Es una mujer pequeña, de mirada curiosa y nariz afilada, con un montón de arrugas alrededor de esos ojos pequeños que le sirven para mirar a través de las personas. Conoce la vida de todos, sólo Dios sabe las cosas que contará de mí.

Joselo y el Coruco viven enseguida de la casa de Javier, venden marihuana y coca; también vende Don Chuy, el vecino de a lado. A veces se escuchan los borrachos quienes cada tanto llegan a tocar el barandal de su casa: “¡Don Chuuuuuuuu!”, gritan arrastrando la vocal y sin pronunciar la y griega.

En la otra calle están Servando y su hermano José, si sus dedos drogaran se los meterían por el culo. José a veces vende pastillas, Rivotril, Lexotan, Diazepam, lo que tenga que apendeje. Siempre viene y me cuenta sobre la nueva pastilla que probó el fin de semana en los numerosos raves que se hacen a las afueras de la ciudad. Su papá tenia cáncer en la próstata se le convirtió en metástasis y se suicidó hace poco, colgándose en la sala de un candelabro. José fue al funeral totalmente drogado.

En la calle de atrás hay una paletería. El dueño tiene el patio lleno de plantas de marihuana que se pueden ver desde la ventana de mi pasillo. En fin, que todas estas cosas todo el mundo lo sabe. La ciudad bulle económicamente, nadando entre centros comerciales y franquicias de comida rápida. Tenemos las mejores autopistas del país y el primer lugar en generación de empleos. Es una ciudad luminosa y blanca en donde el sol viene a morir todas las tardes como un Dios incendiado, una ciudad donde en invierno la nieve cae como un manto dulce e inmaculado. Ni siquiera es una ciudad sórdida. No es Babel, la Ciudad del Pecado. No es Sodoma, Gomorra… vamos, no es Tijuana.

Por las tardes los niños salen a jugar en las calles retorcidas de mi colonia. Los adultos abren las puertas para dejar entrar el aire fresco y en los reproductores de discos suenan canciones de los Tigres del Norte y los Tucanes de Tijuana. Canciones estúpidas que hablan de asesinatos y cargamentos de drogas; de emboscadas en las sierras de los estados norteños; de gringos de la DEA y policías corruptos muertos por impertinentes en los caminos que van desde Zacatecas hasta Los Ángeles.

A doña Manuelita, la vecina de la esquina, su hijo lo mataron unos sicarios. Lo detuvieron porque se llamaba como alguien que andaban buscando, le metieron la cabeza en bolsas de plástico amarradas con cinta adhesiva y después mutilaron el cadáver quemándole los genitales. Y las canciones que se escuchan siguen hablando de los narcos como si fueran héroes. Dejaron de ser héroes hace treinta años, cuando se volvieron asquerosamente ricos y salvajes. Cuando corrieron al cura de su pueblo porque le dio un ataque de remordimiento a medio sermón y compraron militares para matarse unos a otros… En verdad nunca fueron héroes. ¿Cuando construían hospitales realmente dejaban de ver por ellos mismos?

Está bien, los narcocorridos no me dan urticaria ni nada por el estilo. Me molesta la gente “culta” que en sus fiestas pone a los Cadetes de Linares sin preguntarse si detrás de todo eso existe una realidad inminente, un mundillo allá lejos de sus salas, donde matan a los hijos de mis vecinos y ves a muchachos asistir drogados a los funerales de su padre.

21 de febrero

Javier compra un paquete de 24 cervezas Tecate Light, tan sólo para curarse la resaca del día anterior. Es mediodía y salgo a la calle, con este sol que funde todo el paisaje en amarillo. Saludo a Javier que está en el porche de su casa, sentado sin camisa en una silla de aluminio con el logotipo “Carta Blanca”. Juliana barre la calle, observando mi cercanía con él, pendiente de cualquier movimiento.

–Vente a tomar unas chelas güey. ¿O te pegan?

–No cabrón. Ya me voy. ¿Qué desmadre traías ayer?

Los libritos de narcorrealismo que tanto gustan a los intelectuales de mierda no hablan de lo incomodo que es el sólo sentarte a beber con uno de estos retardados morales. Son necios, violentos. Hay algo que arremete desde un principio, en cuanto cruzas palabra con ellos.

–Pos nomás salí a echar cuete. ¿A poco te culeaste? Ayer mi señora se enojó conmigo y se fue de la casa. Dijo que se iba a Denver con su hermana, me vale verga.

–Te pasaste, güey. Era su cumpleaños.

-Ni pedo… –dice mientras agacha la cabeza, con algo de tristeza. –¡Chíngate una cerveza! Traigo veinte mil varos y tengo soda –recalca en voz baja, viendo por el rabillo del ojo a Juliana.

Una vez me detuvo la policía en la madrugada: mal momento y mal lugar. Traía una cerveza en la mano, iba borracho y venía de una fiesta. Me dejaron ir por ochenta pesos. Por veinte mil son capaces de llevarte hasta tu casa, besarte en la frente, arroparte en la cama y contarte una historia hasta que te duermas, tan miserable se han vuelto.

El mayor peligro que enfrenta un narquito como Javier es que te escojan un día para chingarte y sacarte en los periódicos, para que digan que sí se hace el combate contra el narco. O en el peor de los casos, que te maten tus jefes por deber dinero. En todo caso, el peor problema para los narcotraficantes es el narcotráfico. Este año las notas rojas de los dos únicos periódicos de la ciudad están llenas de ejecutados. Casi todos menores e insignificantes, como el Javier. Ésta guerra se libra con pura carne de cañón.

Sigo viendo a Javier y sé que en realidad no poseo una sólida posición moral para juzgarlo. También bebo, fumo y me drogo cuando puedo.

–Voy con mi vieja –le miento.

Lo único que vale frente a un chihuahuense es la cita inminente con una mujer. Todo se resuelve con mencionar las palabras “mi vieja”.

–¿Todavía andas con la Marcela?

–Ya no andamos, pero la veo muy seguido –no sé por qué le doy explicaciones.

–Te la coges pero ya no la sacas al cine, mejor traerlas así.

Decido que es la señal de permiso y me largo cuanto antes de ahí.

22 de febrero

Desnudos, sudorosos, nos quedamos un rato viendo el techo y fumando cigarrillos. Le dije que detestaba los lugares comunes y ella respondió que me amaba. Tal vez fue un chiste.

Ella ha cambiado mucho, aunque probablemente yo he cambiado más. Cuando la conocí hace un año no dejábamos de platicar. A veces sólo era un monólogo contra otro, hermoso de todas maneras. Pensaba que era una mujer parlanchina y creía que me agradaban las mujeres parlanchinas, alegres. Ahora casi no hablamos nunca.

Hace cuatro meses fui a una fiesta con todos mis amigos, me la encontré ahí, besándose con otro tipo. Me gusta torturarme con la idea de lo que hubiera pasado entre ellos si yo no hubiera llegado; me gusta torturarla a ella y recordárselo cada vez que puedo.

Todos mis amigos lo vieron. Me escurrí hacia la puerta y caminé hasta mi casa buena parte de la madrugada. ¿Qué iba a hacer yo…? ¿Golpearlos? ¿Una escena? No soy un cerdo machista. Mi madre crió un buen muchacho, una persona civilizada. Javier les hubiera volado los sesos.

Quisiera ser Javier y traer veinte mil pesos en la bolsa y un cuerno de chivo debajo del asiento de la camioneta y volarles los sesos, reaccionar de una forma completamente distinta. Imagino que la vuelvo a encontrar en la puerta de su casa, con uno de sus amigos que tan mal me caen, después de haberme jurado que lo anterior fue una tontería; que estaba borracha; que no iba llegar a nada con nadie si yo no hubiera llegado a impedirlo. Recordarle cada una de sus promesas y hacerla sentir infinitamente mal, pequeña, malvada, como creo que realmente es. Después enseñarle al tipejo mis puños, estrellarle su cara contra el asfalto, o simplemente volarle los sesos. Me gusta la expresión volarle los sesos.

A veces camino por la calle, aprieto los dientes y cierro los puños pensando esto y en veces se me escapa un movimiento del brazo, una contracción involuntaria como si de verdad fuera a golpear a alguien. ¿Y porque hago esto? ¿Qué dirá de mí esta afición por torturarme y reivindicarme con la mente?

He dicho que mi madre crio un buen muchacho, pero tengo como dos semanas sin verla. Se va a trabajar temprano, cuando yo estoy durmiendo, después de permanecer despierto toda la madrugada. Cuando llega en la noche yo ya estoy encerrado en mi cuarto. He llegado a creer que probablemente no deseo verla. Los domingos cuando ella no trabaja suelo escaparme todo el día a casa de Marcela, quien ya no es mi novia, debo insistir.

3 de marzo

Marcela en mi cama, bajo la luz del mediodía que entra por la ventana: la mitad del rostro en la sombra, el otro párpado entrecerrado para protegerse del sol. Me dice que está embarazada y me quedo impasible mirándola. Está nerviosa, habla y habla. No se qué dice, de algún modo mi mente se bloquea después las primeras palabras.

–¿No vas a decir nada?

–No –le respondo violentamente, casi ahogándome. Agacho la mirada mientras lo digo: no puedo enfrentarla. Soy sincero.

Cuando cruza la puerta me quedo parado en el umbral. Ella desaparece al extremo de la calle. Puedo adivinar los pequeños ojos de Juliana en la ventana de enfrente. Algún extraño mecanismo, algo tácito y escondido en las formas de hacer las cosas me empuja a creer que mi visión del mundo, de lo que hago, del futuro en sí, debe cambiar. Esto último no me parece gratuito escribirlo. No quiero un hijo, no quiero estar con esa mujer.

30 de marzo

Hace tiempo que no escribo. Decidí no hacerlo al releer lo anterior. Tanta amargura escrita aquí me da risa.

Tengo una fotografía en la mano en este momento. La fecha aparece en la esquina inferior derecha, con números digitales anaranjados: 15 de marzo de 2002. Marcela y yo estamos en algún parque, al atardecer, la luz es engañosa. El obturador de la cámara se quedó abierto un milisegundo más de lo necesario. Las luces se embarran alrededor de nuestras cabezas y aparecemos fundidos en un océano de cabellos revueltos. Nos besamos. Por alguno de esos juegos de luz nuestros labios parecen fantasmales, como si el beso nos traspasara el uno al otro. Todos los colores se disuelven. La fotografía da la impresión de que todo el dolor de esos últimos días, el llanto y la angustia, se hubieran sacrificado a un supremo instante. Es la ilusión de las fotografías: todo reducido al instante, al destello fulgoroso y narrativo, la creación instantánea de los poderosos símbolos.

Discutimos durante días después de aquella fiesta. Durante días la escuché pedir perdón. Ahora no he vuelto a saber de ella. No responde mis llamadas.

6 de abril

El martes me fui a beber con Javier, lo hice como todo y por que sí. Yo estaba desesperado por alcohol y sin un centavo. Javier tirado ahí, en la cochera de su casa, recibiendo la mañana con media botella de whisky Buchanan’s. Su mujer nunca volvió y decía estar celebrando desde hace dos días.

–¿Qué, ahora si te vas a echar unas?

–Ahuevo –le respondo mientras cojo la botella que me ofrece.

Bebemos la botella y compramos cerveza cuando se termina. Parece que el Javier no tiene nunca con quien hablar. No creo que su mujer le prestara mucha atención. Me doy cuenta que si está ahí tirado en la calle bebiendo es porque no tiene muchos amigos. Intenta atrapar moscas con miel.

Hacia la noche todo se pone borroso, no sé de qué hablamos durante horas Javier y yo, no sé qué tengamos en común, pero estamos ebrios y no importa. Javier llama a “unos amigos”, dice, y los alcanzamos en un bar. Tiene una camioneta Dodge Ram 96, algo vieja para el estándar de narquito chihuahuense. Parece que todo su dinero se lo gasta en cocaína y mordidas, además tiene la mala costumbre de destrozar los automóviles después de dos meses de usarlos. Supongo que por eso compra seminuevos. Javier vive rápido y morirá joven.

Maneja como un simio y el equipo de sonido es una monstruosidad:

–A mí me gusta que mi música se oiga por donde voy pasando.

Caja en la guantera para 20 discos compactos, batería auxiliar, amplificador de ocho canales. Es curioso que todos los discos compactos sean piratas. Tampoco logro averiguar para qué quiere tantos discos, repite una y otra vez las mismas canciones.

–A mí me gustan los corridos porque son los hechos

reales de nuestro pueblo.

–Sí, a mí también me gustan porque en ellos se

canta la pura verdad.

–Pues ponlos, pues…

–Órale, ahí van…

Los Tigres del Norte, el Jefe de Jefes. Veo algo parecido a la felicidad en el rostro de Javier cuando pisa el acelerador.

Llegamos a “La Posada del Rey” o el bar de Charly, como le decimos. Charly es el tesorero de la Asociación de Cantineros de Chihuahua y nos cuenta las tranzas que hacía cuando Patricio Martínez era el gobernador del Estado. Cerveza, botana, chistes. Le pellizca las nalgas a la mesera mientras nos cuenta, se arroga derechos sobre ellas como una especie de señor feudal. No recuerdo alguna que le haya durado más de dos meses, excepto Marya, la güera, quien a estas alturas lo tiene completamente domesticado y él parece profesarle algo a medio camino entre el temor y el respeto. De cualquier forma debe ser horrible trabajar con él.

Tres tipos nos esperan en una mesa del pequeño bar, desagradables a primera vista. Saludan a Javier, lo abrazan. El más ruidoso y desagradable de todos me choca físicamente. Es gordo y sus ojos son como ascuas o rayones de carbón, negros y malvados. El cuello seboso le suda cuando habla, su mano regordeta se va al cuello de la camisa intentando darle aire a su cogote de sapo. No para de hablar aunque se ve que le cuesta un supremo esfuerzo. A los quince minutos saca un billete doblado de cien pesos y una credencial de elector. El billete está lleno de cocaína y la comienza a inhalar. Cuánta pretensión. Charly enfurece al verlo, saca una macana de debajo de la barra y la golpea muy fuerte contra ella.

Todos volteamos espantados.

–A mí me vale verga quienes son ustedes –dice Charly sin elevar la voz, –pero esas chingaderas van y las hacen en su casa.

Siento que el gordo se va a caer en cualquier momento enfrente de mí. Que le va a dar un paro cardiaco y seguirá hablando y moviéndose en el piso, como si fuera un pollo al que le cortan la cabeza. Aconsejo a mis compañeros que mejor nos vayamos. Quieren pelear con Charly, pero el respeto se impone. Subo a la camioneta de Javier y acepto un par de llaves de coca, para entonarme.

El gordo y sus amigos vienen en una Ford Lobo blanca XLT, detrás de nosotros, siguiéndonos en una procesión de bares que dura toda la velada. En algún momento llegamos al Baretta, un tabledance y el billete grasiento termina en la tanga de alguna mujer.

Llego a la casa a las cinco de la mañana. Me late con fuerza el corazón. Todo da vueltas, siento nauseas y un miedo terrible de morir de pronto y porque sí. Lloro hasta quedar dormido.

9 de abril

Tengo días escondiéndome de Javier. Estoy cansado. Tengo una infección en la garganta, probablemente por la cocaína y la cerveza demasiado fría. Marcela me tiene preocupado. Ahora siento como nunca la necesidad de su compañía. Vivo aquí encerrado dando vueltas en mi cuarto. Mañana es domingo y no quiero ver a mi madre, me preguntará qué he hecho con mi vida. Desde que salí de la preparatoria vivo en una especie de inercia imposible de romper. Me dediqué a mi relación con Marcela y cuando se fue al cárajo yo seguí aquí, fumando, viendo por la ventana, absorto de mí, sin buscar un trabajo ni entrar a una carrera.

El niño, o niña, o lo que sea. He evitado pensar en eso. De algún modo he trasladado esa responsabilidad a algún rincón de la mente donde no pueda salir. Aun no descubro si me está afectando positivamente o no. Esta cuestión de no salir de casa puede evidenciarlo de algún modo. No estoy seguro. Sé que sería un padre terrible.

Siento una opresión en el pecho: la sensación física que deja la angustia.

11 de abril

Me he levantado más tarde que de costumbre, el cielo estaba hermoso, lleno de nubarrones. Es raro este cielo nublado en Chihuahua donde nunca llueve en primavera. El olor de la tierra mojada llega a mi ventana e invade las habitaciones, me produce una melancolía borrascosa, dulce. Siento como si mi cuerpo se comprimiera con cada respiro. Cosquilleo en las manos, los ojos húmedos. Quisiera correr, salir de esta casa, pero no sabría a donde ir. Quisiera tener un buen motivo para abrir la puerta y caminar.

Ayer le dije a mi madre lo del embarazo. Gritó, lloró, después se puso contenta. La frase con lo que resolvió todo iba más o menos así: “Cuando menos ahora te vas a poner a hacer algo… porque te vas a pones a hacer algo, ¿verdad?”.

Hoy por fin consigo que Marcela me conteste el teléfono:

–¿Qué quieres?

Le pido disculpas por mi reacción el otro día. Le dije que me asusté, que no supe como actuar.

–¿Por qué me llamas?

Sé que no puedo contestarle satisfactoriamente así que cambio el tema hacia cualquier cosa, no lo recuerdo. Hablamos durante mucho tiempo, reímos, como si el tiempo hubiera regresado a un momento mejor, a un lugar mejor. Su voz se escucha ligeramente deformada, con ese pequeño eco que regalan las líneas telefónicas. Esa voz parecía venir de otro lado que no era aquel auricular; de algún lugar en mi memoria.

De pronto puedo jurar que quisiera estar con ella por el resto de mi vida. Sé que es un arrebato, sé que me engaño, incluso la forma de decirlo “quisiera estar con ella el resto de mi vida” es un lugar común, mentira terrible y conciente, vulgar, pero quiero apostarlo todo en el momento, volver a aquel instante en que las cosas eran sencillas y todo parecía estar revestido de sentido.

–¿Que dijiste? –Me pregunta y cuando lo hace vuelvo al presente, a este lugar. Una ráfaga de viento entra por la ventana como si fuera una bendición, pero no hay vuelta atrás.

–Que te amo… –digo. Se escucha un televisor al otro lado de la línea pues ella tarda miles de años en responder, o así me lo parece.

–Eso es una estupidez.

–Cuando pienso en ti me lleno de angustia. Me da miedo no saber si estas bien.

–Se llama culpa.

–¿Y el niño?

–Supongo que está bien

Puedo imaginar sus pequeñas manos acunando su vientre, su vista que baja y se detiene en aquel lugar donde la vida se concentra. Casi puedo ver una sonrisa en su rostro blanco y luminoso. Imágenes preconcebidas de una mujer embarazada que me han dado la televisión y las películas, marcela ni siquiera tiene el vientre pronunciado aun.

No me necesita, no quiere, en realidad, saber nada de más de mí. Cuelgo el teléfono. Debería sentirme aliviado. ¿Por qué estas ganas de arrancarme la piel?

13 de abril

Escucho disparos de madrugada. Me tapo la cabeza con la almohada e intento conciliar el sueño. Me despiertan luces que juguetean en mi ventana, me asomo: una ambulancia, patrullas. Salgo a la calle. Juliana frente a un grupo de vecinas cuenta la historia. Javier está herido. Oyó los gritos y los disparos, una camioneta, dice, huyó quemando llantas, aun se ven las marcas en el asfalto. Dicen que le dispararon en el vientre. Juliana se ofrece a llamar a la esposa de Javier, que no se fue en realidad a Denver, nos cuenta, que está escondida en casa de una tía que vive en la colonia Campesina.

Regreso a mi casa con cierta nausea y me asomo de nuevo a la ventana. El corazón salta del pecho y el cielo sigue misteriosamente nublado. Todo es gris y rojo y los demás colores son olvidados por el paisaje. Ventanas, casas de ladrillo industrial, uniformes, laberínticas. Las sirenas siguen dando vueltas en silencio, la gente se detiene frente a la casa y mis vecinas siguen chismorreando mientras gesticulan incansablemente. Sacan en una camilla a Javier, quien le mienta la madre a todo el mundo. Los policías son lánguidos y melancólicos, traen libretas y apuntan miles de datos que a nadie le importan ni le sirven.

Estoy tan solo frente a esta ventana, con este diario, con este cuerpo que no siento como mío. Aun tengo aquella infección en la garganta, así que toso para aclararme la garganta aunque no tenga nadie con quien hablar, aunque nadie vaya a escuchar lo que tengo que decir. La miseria moral siempre viene acompañada de síntomas físicos, aunque sea algo ridículo, algo tan patético como un dolor en la garganta.

De alguna casa se escapa una canción, incluso a estas malditas horas:

Ya estaba el cuatro tendido
en el camino a aquel baile,
cayó en la peor emboscada
como le dijo su madre…

Aunque la tentación del símil sea grande, la verdad es que aquellas canciones no hablan de Javier. No hablan de ella, ni de mí, ni del hijo que nunca conoceré. No hablan de mi madre trabajando sin cesar, ni de las meseras soportando las sucias manos de sus jefes, ni del hombre quien, atemorizado por el cáncer, se cuelga en medio de la sala.

Nubes grises, rojos contornos. Sé que todo esto que relato es de lo más normal del mundo, pero este telón tendido sobre el cielo –este manto desgarrado- tiene que ser imposible.

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