El experimento

El paso del tiempo sobre un cuerpo que se instala frente a una computadora es transgresor, es fuente inagotable de frustración y desdicha, te atrofia el cuerpo, te somete a una realidad efímera donde no vives, solo observas pasar los acontecimientos de miles de personas afuera, como un gran circo, mientras engordas y el cuerpo se desproporciona, y las horas se escurren lentas como la lava de un volcán que ha estallado y busca incendiar todo a su paso. Creo en esto porque soy parte del mundo virtual, del ocaso del humanismo presencial.

Cierto día, ya cansado de mirar la vida del hombre literario en Facebook, de los escritores que andan de arriba abajo publicando, incansables, decidí dejarlos, no tomarles importancia, ocupar un botón para dejarlos de seguir. Esa fue mi apuesta, una idea que no va más allá de jugar mientras mueres lentamente frente a una pantalla.

Los tiempos muertos no los lleno con revistas de sociales, ni vídeos de yutubers mamadores, sino que tramo mis propias ideas y juegos para que no me aburra, además de verificar que la vida en estos rumbos no es más que displicencia.

Entonces, el experimento radicaba simplemente en tener de amigos a los escritores pero no seguirlos, no darles la oportunidad de verlos por ahí publicando todo aquello que hacen dentro del mundo de las letras, porque sabía que la vida era más que eso, pero así como un obrero de la construcción no se la pasa hablando de su trabajo, no sé porque la mayoría de los escritores de jactan de sus lecturas, publicaciones o ese tipo de cosas, aunque la realidad los agregué porque me importaba su mundo, pero me doy cuenta que todo es una mentira, que no necesito saber qué hacen o si han terminado o no una nueva novela, cuento o poema, ensayo o crónica. [Continuará]