Pantalla

Me sentí culpable de no ceder el lugar a la anciana de bufanda roja, ni al niño que traía una paleta de hielo en la mano. Ni a la mujer de zapatillas que se subió con dos bolsas y apenas si se podría detener para no caer. Estaba sentado justo atrás del chofer, a lado de una mujer obesa. Yo Iba en el lugar de los discapacitados, las embarazadas, los niños y ancianos. No en el asiento para trabajadores huevones. Por eso se me quedaban viendo, pero no decían nada. Simplemente los miré subir en lo que duró el trayecto. ¿Por qué no me levanté si nunca me había gustado ese sitio? Tampoco quería ir parado. Inventan asientos para personas especiales como si yo no lo fuera. Me localizaba en ese absurdo pensamiento cuando me llamó la atención la pantalla del celular del sujeto que se sentó a mi lado, después de que aquella masa mórbida se alejara de mí.

Era una pantalla estúpidamente grande. Mi mente comenzó a divagar en la forma en que las pantallas cambiaron el rumbo de nuestra vida, hasta que volví la mirada a la pantalla, para verla con mayor detalle. Ahí fue cuando reconocí el perfil del Facebook de mi novia. El sujeto estaba en sus fotos. Pensé que era una equivocación producto del dolor de cabeza intenso que traía, así que no hice nada. En un momento sentí una explosión interior que me impulsó a ver de nuevo la pantalla, sólo para cerciorarme que no era ella, pero al quedarme clavado sobre la luminosidad, me di cuenta del error.

Se mandaron besos. Se enviaron palabras. Ella dijo que estaba en la escuela. Él le dijo que pasaba por ella en su auto. Ella le dijo que lo esperaba. Él le escribió: te extraño mi amor. Ella no dijo nada, lo dejó en visto.

Aspiré y expiré un aire contaminado. El tipo guardó su pantalla gigantesca mientras se acomodaba como estúpido en su asiento. Estaba enojado. Quería decirle algo. Pero decidí no moverle más y esperar la oportunidad de revisar su celular.

La vi por la tarde en su casa. Actuaba normal, poniendo más ganas en los besos. Los percibía más húmedos. Lo tomé como buen augurio, pero ya me había tragado la píldora del odio y la desesperación.

¿Cómo saber si me estaba engañando de verdad o era un producto de mi imaginación? Nos estábamos besando cuando sonó su celular. Comenzó a vibrar justo el momento que comenzaba a tocarle las nalgas. Se separó de mí y fue a contestar. Estábamos en su cuarto, salió a su pequeño balcón. En ese instante me di cuenta del tamaño de la pantalla del celular de mi novia.

Cuando regresó me dijo que tenía que salir, que tenía que hacer una tarea con sus amigos. Tenía poco de conocerla y jamás me había mentido. Cuando me hice su novio me comentó que quería una relación seria. En ese momento sentí ternura porque era bonita, y yo un tonto en busca de amor. En media hora pasan por mí. Dijo. Me había olvidado del celular, me enfoqué a sus besos, mientras mis manos se deslizaban por su cuerpo. Estábamos acostados y sabíamos que no haríamos el amor. En un momento su celular comenzó a vibrar, nos separamos de nuevo. Entré al baño. Me siguió. Se comenzó a lavar los dientes mientras orinaba. Cuando terminé. Nos miramos a los ojos y bajamos juntos.

Salimos.

Afuera el aire corría a velocidad imperiosa, movía las pequeñas flores la jardinera. Dentro del auto estacionado fuera de su casa, estaban dos hombres, uno al volante, otro al copiloto. El que iba manejando era el mismo del micro, la misma chamarra, el mismo celular.

Me marcas al rato amor, me dijo. Claro. Le contesté. Y salió disparada al carro. Caminé de regreso a la esquina para agarrar el colectivo. Volvió el dolor de cabeza con una fuerte punzada en la sien, aluciné descender de un auto al niño gordito de la paleta de hielo, a la anciana de bufanda roja, a la mujer de zapatillas detrás una tipa obesa. Cuando se alejaban, un sujeto que hablaba por celular le hizo la parada a la micro a la que me iba a subir, entonces volví a mirar esa pantalla tosca que me regresó a la realidad.