Del posmodernismo a la posverdad

El Posmodernismo fue un movimiento contra la Razón, pero no en nombre de la imaginación, como en el Romanticismo, sino en nombre de las Razones, pues cada quien podía tener la suya, la de su etnia, la de su clase, la de su género, sin que hubiera ya una racionalidad común en la que pudieran aunarse todas. El alegato implícito en su nombre lo mostraba como poshistórico, pues ya no era posible la Historia, considerada una falsedad interesada de Occidente, sino las Historias de cada lugar, de cada tradición, de cada tribu arborícola o urbana, o la que cada uno quisiera inventarse. El mejor ejemplo de ciudad posmoderna es Las Vegas, con sus Venecias y sus pirámides egipcias. Todo en el mismo plano. El posmodernismo resultó liberador porque tras años de llevar siempre puesto el uniforme de las ideologías apareció con un vestidor lleno de disfraces. Uno para cada ocasión, en un coqueteo universal de apariencias, poses, posturas, imposturas. Rechazaba el canon de las “élites”, oponiéndole la cultura popular de los medios de masas. En tanto movimiento artístico el posmodernismo concluyó en la década de los 90, cuando gracias a Internet comenzaba su victoria inapelable y entrábamos de mano de las redes sociales, ahora de veras, en la posmodernidad.

Ideado por ingenieros militares y desarrollado por hippies adictos a la tecnología, Internet cumple los principales postulados posmodernos, es un anti-sistema comunicativo, creado expresamente para eludir las nociones de estructura y jerarquía, no está construido sino deconstruido, diseminado. Carece de orden, de canon, todo receptor es también emisor, todo vale lo mismo, todo está disponible. Fue el posmodernismo el que sembró la semilla de que no hay una Verdad, sino muchas, y que tampoco hay una vara para medir el valor entre ellas. Todo depende del relato, de la manera en que se cuente cada una y, puestos a prescindir de la objetividad, que mejor arma para impresionar las subjetividades que el impacto emocional, ya sea compasivo, aberrante o grotesco.

La posverdad ha sido la palabra del año para el Oxford Dictionary, que la define como el fenómeno que se produce cuando “los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales”. Las redes sociales son redes emocionales en las que las opiniones se transmiten por contagio. Han hecho que, más que a un cerebro, Internet se asemeje a un “corazón”, una víscera que exulta o que padece pero que no razona. No se distingue entre la noticia falsa y la verdadera por el mismo proceso en que ya no se distingue la realidad de la ficción. ¿Cómo distinguirlas en un mundo “virtual”? Sería un esfuerzo vano. Y en todo caso se prefiere el fake del mismo modo que se prefiere la ficción hecha un injerto con la realidad, como el rostro que en el selfie se presenta en primer plano ante el decorado del monumento. No se trata de los hechos sino de como te sientes con respecto a ellos y tu derecho efectivo a imponerles tu opinión. Un narcisismo que encuentra un espejo multifacético en las pantallas y que en un plano literario alimenta lo que ha dado en llamarse “narrativas del yo”, o narrativas del selfie, ya puestos. La posverdad no es algo que utilicen sólo los populismos, sean del signo que sean, también aparece en los ámbitos intelectuales donde menos podría esperársela.

Una singular manifestación de este fenómeno ha sido la publicación en 2016 de la novela de Elvira Navarro, Los últimos días de Adelaida García Morales, donde se “ficcionalizan” las jornadas postreras de la escritora sevillana, autora de El sur, a partir de una anécdota relatada a la autora. Presentada como un “falso reportaje”, la propia Elvira Navarro ha declarado que, amén de sentir una gran admiración literaria por Adelaida García Morales, apenas sabía nada de su vida e incluso prefería no saberlo, para tener así las manos más libres a la hora de componer su relato. La verdad de esos últimos días, que ni siquiera se había molestado en conocer, le importaba menos, o nada, que la oportunidad de hilar un discurso acerca de la precariedad de la cultura española a partir de una anécdota que presentaba a una gran escritora como una mendiga. Algo que, dicho sea de paso y aunque sea real la anécdota, es una rotunda mentira. Todo sin el menor respeto a sus vínculos familiares: su hijo, su familia en Sevilla, su ex marido, el cineasta Víctor Erice, que con razón ha protestado por este abuso. Pero eso sí, con una decidida voluntad de llamar la atención, Elvira Navarro, jaleada por la crítica “ilustrada” como una autora rigurosa y comprometida, incurre con esta ¿novela?, en un formidable fake. Nos muestra, sin pretenderlo, que el virus de la posverdad ha encontrado también arraigo en nuestras letras.

(Artículo publicado en el Anuario de Andalucía 2017)


Originally published at joseluisrodriguezdelcorral.wordpress.com on June 9, 2017.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.