Tópico y metáfora: las raíces

Las metáforas operan en el lenguaje común tanto como en el literario, pues forman parte del acervo del idioma y, a menudo sin ser advertidas, entorpecen las nociones que nos hacemos de las cosas. A su formidable capacidad asociativa debemos descubrimientos fulgurantes pero también, cuando no se las toma como lo que son, alguna necia servidumbre. El sentido figurado de la metáfora se alcanza por la imaginación y responde más a la noción de adecuado o inadecuado que a la de verdadero o falso. Las faldas de la montaña o la copa del árbol son una ayuda a la capacidad de representación; es obvio que las montañas no se ponen ni se quitan faldas ni tampoco los árboles consisten en recipientes de vino. Todos los días utilizamos cientos de metáforas semejantes sin que se repare en ellas, su carácter imaginario dejó de percibirse cuando se apagó el brillo del chispazo que las hizo surgir y permanecen incrustadas en el lenguaje devaluadas a la simple denominación, valga como nuevo ejemplo las patas de la mesa. A algunas de estas metáforas, sin embargo, se les otorga erróneamente un sentido literal; su alcance imaginario queda acuñado en un tópico y adquiere así una rotunda realidad que oculta su condición de mera figura.

Un buen ejemplo de esas metáforas tópicas son las raíces. ¿Quién puede dudar tras haberlo oído y dicho incontables veces, que tenemos raíces, como las plantas, pero inmateriales? Es algo al parecer muy atractivo, mis raíces, dice tanta gente, con el mismo orgullo que los aristócratas hablan de su linaje. A mí nunca ma ha parecido algo ni siquiera bueno. El significado más elemental de esta figura es nacer autóctonos, de la misma tierra, como las berzas y los alcornoques, y no poder moverte nunca.Todos los regímenes despóticos, desde el feudalismo, han estado siempre a favor de que sus súbditos tengan hondas raíces que les aten a la tierra. Una significación más avanzada es que no es necesario estar atado al terreno para gozar de raíces pues éstas se convierte en un patrimonio espiritual que te acompaña allá adónde vayas y te define con preferencia a cualquier otro rasgo. Por supuesto, y a pesar de su inmaterialidad, las raíces nunca son algo personal, que pueda elegirse, sino una herencia que no puedes rechazar salvo que reniegues de tu propia madre. Nunca son individuales, remiten siempre a un grupo social y sus costumbres. Antes te identificabas por la estirpe, ahora por la pertenencia a una determinada cultura, un país, una localidad.

En su acepción más amable ese arraigo no es más que la manera convencional de representar la hondura de ciertos afectos y relaciones, de una memoria compartida; otorgándole un sentido literal resulta una trampa cuyo significado es netamente conservador. Son lo nuestro, lo propio, algo entre ancestral y costumbrista que se pretende anclado tanto en la historia como en el inconsciente colectivo de la cultura popular. Las raíces son una metáfora nostálgica en un mundo cada vez más cosmopolita, nada tienen de malo como figura del apego a determinadas costumbres, pero sí me parecen perniciosas convertidas en imposición histórica o cultural. No es bueno mirarse demasiado las raíces, corre uno el riesgo de pasar del dicho al hecho y quedarse tan inmóvil como un vegetal.

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