Conquistador de lo inútil

Aguirre, la ira de Dios. Werner Herzog.

“Yo soy un Conquistador de lo inútil” W. H.

“América. Todo es ansia, jugo, sangre, savia, jadeo, sístole y diástole, alimento y estiércol, en el implacable ciclo de leyes cósmicas que parecen recién establecidas.” Abel Posse. Damión.


Abel Posse escribía Daimón como parte de su Trilogía de la Conquista, seis años después de la versión de Herzog. Y sin embargo, ambos autores entendieron la aventura de Aguirre como un viaje ominoso y suicida hasta aquel tiempo donde el hombre aún era presa entre las bestias. Ambos lo hicieron, si bien por el surrealismo barroco o el expresionismo, a través de una épica estrepitosa y fascinante de la derrota, repitiendo otros dignos antecedentes como Naufragios, de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, aunque éste último sin el pathos dionisíaco de estos conquistadores. Quizás por eso Herzog dijo años después que “lo que hacen estas personas es prácticamente una búsqueda automática de la derrota y la muerte. A veces pienso que Aguirre conduce deliberadamente a sus soldados a la destrucción. Y a su propia destrucción.” En vista de esta responsabilidad dramática, los crímenes de Lope de Aguirre, baquiano a los abismos, parecen menos bárbaros. Y sin embargo, cierto instinto a la hora del relato o cierta justicia divina, exigen que este Caronte merezca sus infortunios y que, a pesar de la inevitable aunque áspera dulzura de Kinski, no tengamos lástima por el Conquistador, sino fascinación.


La selva

El hombre debe tener consciencia del mundo los arquetipos, lo capte o no lo capte, pues en ese mundo él es todavía naturaleza y allí se hunden sus raíces. (…) Si las imágenes primordiales permanecen conscientes de algún modo, la energía que les corresponde puede afluir al hombre. Pero si ya no se consigue mantener la conexión con ellas, la energía que se expresa en esa imágenes vuelve a caer en lo inconsciente… C. G. Jung, “Arquetipos e inconsciente colectivo”

“En realidad, la selva son nuestros sueños, nuestras emociones más profundas, nuestras pesadillas. Posee cualidades casi humanas” dice Herzog. Es el mismo escenario de Conrad que después repite Oliver Stone; Marlow o Brandon. La selva guarda y administra los miedos más feroces: no a la muerte, sino al padecimiento exclusivo de ser devorados. Es un miedo individual en donde la soledad se muestra implacablemente efectiva. En ese momento somos únicos, la amenaza nos singulariza y separa. Pero adquirida cierta experiencia bajo la mecánica de la repetición, los hombres encontraron un lenitivo más o menos efectivo transformando ese pavor original, en patrimonio del olvido. Ese olvido lo devuelve en un oscuro impulso artístico.

Saturno devora a sus hijos por temor a ser destronado por ellos; el viejo mito que se repite en Teseo, en Ciro, en Jesús… Goya lo pinta con el color de la carne descomponiéndose y con trazos rápidos, con imprecisión de fugitivo. Los intestinos de los cuales se servían los sacerdotes paganos fueron los primeros laberintos. Allí se internará Lope de Aguirre, en un laberinto, en el vientre de una ballena verde que ya se lo ha devorado silenciosamente y le concede pasajes umbríos que se retuercen en vórtices y rulos, haciendo que la tropa pierda el sentido espacial y metafísico. Por eso Herzog habla de la dirección de la película, dada por la cámara: “Aguirre trabaja mucho con la orientación: el ejército avanza con un objetivo y un sentido de la dirección claros, pero en algún momento de la película se desorienta y al final avanza en círculos.”

“Saturno devorando a su hijo” Francisco de Goya.

Las escasas panorámicas de la selva herzogiana sirven de oráculo nefasto para adelantarnos la perdición de los hombres y comprender cabalmente la trampa en la que han caído. A partir de allí, sobretodo de la primer toma de la película, todo se volverá absurdo. Comprendemos, desde el inicio, la fatalidad griega de la historia: la inutilidad de aquella cuesta vacía, las rebeliones absurdas y la corrupción constante, donde el oro es oropel y la risa es histeria.

Para filmar el amazonas peruano, Kinski quería panorámicas de tarjeta postal, pero Herzog sabía que la selva debía ser, al fin y al cabo, la proyección oscura de los hombres y, sobretodo, de Aguirre. Es la historia de la soledad, de esa ira que se manifiesta en el dolor del hombre perdido en si mismo cuando la jerarquía de la espada ha dejado de ser un conflicto medieval, y es suplantada por el conflicto de la naturaleza y su doloroso recuerdo. Dios se ha ido, el poder de la Cruz se ha disuelto en noches salpicadas por los ojos de las alimañas que exaltan ese vacío desesperante. Nadie mejor que Kinski para dramatizar esa soledad inclinada hacia la total indefensión. El creó a un tullido que pudiera reunir en sus gestos el dolor de esa raza que sufre una involución tan sutil como dramática. Herzog cuenta que “hacia el final Aguirre se ve todavía más deforme. Kinski lo hizo a la perfección. Cuando aparece por primera vez camina como una araña, parece un cangrejo deslizándose sobre la arena.” El hombre es un animal y como tal, será devorado.

Aguirre, cuando ya todo está perdido, se confunde con el recuerdo de esa vertiginosa animalidad, se confunde con un millar de monos que conquistan al Conquistador y parecen tomar el gobierno de la balsa errante, único vestigio del hombre sobre los elementos, del hombre sobre el agua. Es la selva que se mete en el hombre y no el hombre en la selva. Ahora Lope de Aguirre es un primate entre primates, el emperador rodeado de chillidos y espanto que habrá de sucumbir a la Inutilidad de su ambición.

Vanitas

La iniciación en el Absurdo será terminal. Los españoles, después de todo, fueron expertos en las vanitas del s. XVII. Nada importa, Memento Mori, recuerda que vas a morir, ni los reyes ni el poder servirán porque la muerte, como diría Carlos Fuentes, “iguala a todos los hombres.”