La ausencia del Juicio

Violet Crawley. Downtown Abbey

RAMIRO A CAFFARO
Jul 22, 2017 · 7 min read

“What is a weekend?” Violet Crawley

El melodrama

No recuerdo muy bien en qué ensayo Vargas Llosa hacía una defensa de las telenovelas latinoamericanas. Tampoco recuerdo muy bien cómo lo lograba, pero tengo la sensación que me resultó más una justificación cultural que otra cosa; una finta, en realidad, a lo que suele aceptarse como intelectual. No obstante y a pesar de las intenciones, jamás pude entenderlo. Años después leo en el prólogo de Borges a La Piedra Lunar, de Wilkie Collins, que T. S. Elliot había declarado que “no hay novelista de nuestro tiempo que no pueda aprender algo de Collins sobre el arte de interesar al lector; mientras perdure la novela, deberán explorarse de tiempo en tiempo, las posibilidades del melodrama.” Borges termina el prólogo contándonos que Collins era amigo íntimo de Dickens y es precisamente en el país de Dickens, donde encontramos las posibilidades del melodrama resueltas con la elegancia de los buenos guiones. Downtown Abbey posiblemente tenga, como casi todas las series, dos temporadas de excedente donde ya gran parte de las historias dan vueltas en rizos sin novedades, mántricos y soporíferos, que terminan negociando la peculiaridad de la historia en favor de la predecibilidad del recurso, que no es otra cosa que el gobierno de la analítica (de usuarios de Netflix).

Hay muchas otras series que me parecen mucho más valiosas narrativamente y sobre las cuales posiblemente no escriba nunca porque están –como todo– excedidas de literatura, pero Downtown Abbey, a través de sus crisis y reveses, me dio la posibilidad de recuperar aquel incomprensible ensayo de Vargas Llosa, aunque creo yo gracias a fundamentos estéticos muchos más elaborados que las telenovelas latinoamericanas. Y digo estéticamente no solo por la impecable dirección artística de la serie, en todo su boato y sus detalles, en las texturas y los climas, sino porque un melodrama debe tener ante todo: una superficialidad amablemente declarada. Esta superficialidad no es otra cosa que la falta total de juicio, de “opinión”. No hay juicio hacia la nobleza inglesa de entonces (aunque pueda aproximarse a cierta idealización, posiblemente perdonable por ser ésta la idealización de los propios personajes) ni hay discusión de clases. No hay preguntas sostenidas, posturas asumidas o denuncias históricas de ningún tipo. No se permite ni permite tampoco que el espectador, propenso al análisis, descubra y se vea afectado por cierto matiz de parcialidad ética hacia los personajes, la historia o los acontecimientos históricos, harto conocidos por todos, repletos de culpables y víctimas. No hay argumentos psicológicos, sino apenas la convención del drama, que es el melodrama. La pericia de los guionistas está en hacer de esta superficialidad un motor alegre y tenso de complicidad con el lector para que la soncera se conjunta y por lo tanto libre de reproches.

El punto de fuga

En el caso específico de Downtown Abbey, hay un personaje que a mi juicio sostiene la estructura de la serie, haciendo una hendidura en la superficie del melodrama como un escalpelo. Ese personaje es Violet Crawley, Dowager Countess of Grantham (me encanta), maravillosamente construido por Maggie Smith, de quien sería un perogrullo decir algo más como actriz.

Violet Crawley no solo contiene la estructura narrativa de la serie como un personaje secundario pero poderoso, columna vertebral e invisible de los hilos que atraviesan en forma de incomprensibles y terribles vicisitudes a los personajes, sino que también se ha vuelto el último argumento de una nobleza que agoniza como tal. Sería hasta ordinario –precisamente– decir algo más respecto a este punto, que es lo suficientemente evidente como para evitarlo.

Violet Crawley, sin embargo, tiene otras responsabilidades y funciona más bien como el punto de fuga de la historia. En rigor es aquella que está y no está, un fantasma shakespeariano que entra y sale de los eventos para modelar la trama de los vivos como un deus ex machina casi victoriano. A la condesa no le ha pasado nada (si mal no recuerdo solo se enferma una vez y hasta de modo poco convincente), no es un personaje afectado por los fenómenos materiales, sino que se limita a que las cosas suceden a su alrededor, satelitalmente. Livia del nuevo siglo XX, manipula sardónicamente las cuerdas y se mantiene al margen de los acontecimientos, pronunciándolos a veces, incordiándolos otras. Pletórica de estilo y autoridad, en un mundo de infinitas y delicadas cordialidades, abre la puerta de golpe, empujada por una necesidad de la trama más que personal, y dice “I do hope I’m interrupting something.” Finura y oportunismo solo posible en la calidad interpretativa de Maggie Smith. Eso, desde el aspecto narrativo, desde lo metafílmico será la escotilla por donde respire la serie para mantenerla, paradójicamente, joven y tónica.

No hecha ya de maldad, sino de malicia, de juegos vetustos entre el honor y las responsabilidades de clase, entre la conveniencia y los salones de té, Violet Crawley hace posible que la superficialidad, de pronto, adquiera otro nivel y se proyecten las sombras. ¿Qué haría una historia sin sombras? En este melodrama, la condesa es la responsable de encarnar la única forma posible del juicio, a través del atrevimiento cortesano, para transformarlo en complicidad. Así, lo pasivo de un melodrama que usualmente fluye apático y atractivo, se vuelve activo y la serie adquiere un volumen que solo puede tener por ella y a través suyo.

Por supuesto que esto no solo es un mérito de quienes han escritos las memorables frases de la condesa repartidas en incontables páginas de internet y memes, sino de la propia Maggie Smith que las ha hecho carne y tiempo, con ese cariz y ese equilibrio tan particular de los ingleses, hecho de filo y finura, que hasta a uno le dan ganas de ser insultado. Rendirse es casi un halago.

Countess Violet: “You are quite wonderful the way you see room for improvement wherever you look. I never knew such reforming zeal.”
Mrs. Crawley: “I take that as a compliment.”
Countess Violet: “I must’ve said it wrong.”

Violet Crawley es el modo en que los ingleses se ven a si mismos con toda su agudeza necesaria y su necesaria ceguera, con toda la cerrazón de clase y la fuerza de esa misma clase. “What is a weekend?” dice altanera y calibrada perfectamente por Maggie Smith de modo tal que la ironía se aproxima a la soncera y la soncera a la crítica. La verdad, adulterada por el humor, se vuelve un clásico. Y la vieja condesa, con garbo taimado, es el muestrario de las oscuridades y las barbaridades de un pueblo que oscila entre lo inverosímil y la grandeza. En Violet Crawley hay esa nobleza y jerarquías, juventud y vejez, tenemos el poder del género (Downtown Abbey es una serie de notorios personajes femeninos y lívidos roles masculinos) y las tradiciones, bagatelas importantes y atrevimientos específicos. La condesa es la voz unificada del espectador y el narrador no ya como cómplices de la superficialidad en el melodrama, sino del drama.

Recuerdo un maravilloso documental de Scorsese, My Voyage to Italy, un bestial repaso de 4 horas sobre el cine neorrealista de posguerra, que todos deberían ver en algún momento. En una de las tantas escenas analizadas por Scorsese, el personaje de Sordi –estoy tratando de hacer memoria– intenta matarse tirándose de una terraza. Después de una caótica discusión por supuesto que familiar y muy italiana, con mucho drama y mucha espectacularidad (hay aquí una interesante observación de Arthur Miller que me la guardo para otro artículo más oportuno), Sordi se desprende del tumulto y corre hasta la baranda de la terraza, pasa una pierna del otro lado y justo cuando está a punto de saltar, lo detienen. Es este punto fundamental y casi fundacional, este detalle, el que analiza Scorsese retrocediendo la cinta una y otra vez. Hay un instante que no mide el ojo ni el tiempo, en que Sordi gira la cabeza para ver cuán lejos están quienes lo seguían para impedirle el salto. No lo mide el ojo ni el tiempo, pero Sordi, uno de los mas grandes actores que ha dado el cine, lo hace tan bien que nadie repara en la actuación dentro de la actuación. El drama se confabula infinitesimalmente con la comedia de un modo que solo los italianos saben hacerlo y gracias, en este caso, al enorme registro de Sordi. Si Sordi se hubiera demorado unos segundos menos para tirarse, dice Scorsese, lo hubieran alcanzado más tarde y el efecto hubiera sido ridículo y descubierto; unos instantes antes y se hubiera perdido en la sobre actuación. La genialidad de Sordi consiste en resumir el drama y el melodrama, la comedia y la tragedia en un instante imperceptible, en un guiño disimulado a los eternos trágicos y a los infinitos comediantes.

Maggie Smith, con un estilo inglés, acaso más austero y puntual, será quien resuelva todos esos instantes donde se juntan la comedia y la tragedia, en una confabulación con el espectador que ha logrado elevar la serie muy a pesar del melodrama.

“Principles are like prayers. Noble of course. But awkward at a party.”

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