Requiem para Mortlac

He aquí la historia de los Mortelac, una vieja familia conocida, cuyos orígenes pueden rastrearse hasta las Cruzadas. A la salida de una conferencia sobre los lazos repetitivos transgeneracionales, un oyente desconocido me propuso conversar y tomar una copa, porque quería hablarme de lo que mi enfoque había despertado en él: los acontecimientos de vida dramáticos que se reproducían en su familia de generación en generación.Cuando niño, había quedado traumatizado por la muerte de su hermanito. Me dijo que se llamaba, digamos, Jean de Mortelac y que desde que conoce la historia de su familia, una historia de más de mil años, en cada generación un niño de alrdedor de tres años moría en el agua, el lago, el mar, el estanque… Esta amenaza repetitiva lo angustiaba de antemano, al punto que había resuelto el problema no casándose y no teniendo hijos.
¡Ay, mis ancestros! Anne Ancelin Schützenberger

A través de este Requiem se cuenta y se investiga el desesperado linaje de los Mortlac, sus aventuras y sus desproporciones.

Han atravesado comarcas y reinos y se han visto arremolinados en intrigas cortesanas y en absurdas utopías alquímicas. Se han visto mezclados en latrocinios reales de cartas náuticas, cuerpos incorruptibles, leyendas de muertos que atraviesan reinos para encontrar sepultura custodiados por soldados fieles a la Corona de España, conspiraciones económicas, viajes iniciáticos en galera mercantes, juegos venecianos y caprichosos, versiones cuestionables de tragedias clásicas, estafas siderales y bocetos flamencos que parecieran ocultar las pistas inverosímiles y basales de todo este deambular.


Este libro es el primer tomo y abarca el período 1600–1800. Comienza en la corte de Rodolfo II de Habsburgo, en Praga, y termina en Jena, Alemania, alrededor del año 1792, previo a la llegada de Jean-Charles Mortlac a Moscú, años antes de la entrada de Napoleón a la ciudad. El disparador del misterio, como siempre pasa, ha sido otro misterio: el cuerpo incorruptible de un abad, descubierto en Heilig por la no tan azarosa profanación de las tumbas abaciales cercanas al monasterio.


El Requiem para Mortlac es un canto y ese canto es, en definitiva, una prolongada y contagiosa carcajada.

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