¿ABDOMINALES O CHOCOLATE ?

Había una vez una chica universitaria muy segura de sí misma. No era super flaca y no se parecía a las modelos que salen en revistas, pero era la más feliz del mundo. Se sentía orgullosa de su cuerpo, de sus camisas talla Medium y de su pecho 34 C. Se sentía sexy porque tenía curvas y carne en los huesos. En su opinión, ser flaca era para las cheerleaders del NFL y las actrices de “Friends”. Era la única latina de todo el departamento de jazz en la Universidad de Miami y ella le dejaba claro a todo el mundo que en Latinoamérica las mujeres venimos con nalgas, caderas, muslos y pechuga, como una cubeta de pollo de KFC.

Esa chica era yo antes de que el mundo adulto, la industria de la música y la opinión ajena me hicieran poner en duda todo eso que creía. Diez años más tarde, no puedo decir que sigo siendo la misma chiquita segura de sí misma, que adoraba su cuerpo tal como era. Soy todo lo opuesto. Me he convertido en la típica mujer que vive obsesionada con su peso, con hacer ejercicios, con estar a dieta, con ser perfecta. Cuento calorías, pasos, minutos y medidas todo el día. He intentado dietas locas como el Master Cleanse (sólo comes una mezcla de agua con limón, maple syrup y pimienta de cayena) y más de una vez he aguantado hambre bajo el pretexto de “no engordar”. Lo triste es que la mayoría de las mujeres que conozco andan en las mismas- infelices con sus físicos, tratando dietas nuevas cada par de meses (¡Paleo! ¡Weight Watchers! ¡Jenny Craig!) y archivando vestidos en el closet con una promesa silenciosa: “para cuando rebaje”. Yo no soy la única que no me siento suficientemente flaca, suficientemente linda o simplemente suficiente.

“¿Tú eres Raquel Sofía? ¡Yo pensaba que eras gorda, pero no, estás bien! Tienes que mantenerte así, no es tan difícil.”

Esto me lo dijo un colega (muy pendejo) en los Latin Grammys hace dos años. Me dolió, pero no me sorprendió. Como mujer en la industria de la música latina, estoy acostumbrada a este tipo de comentario, especialmente de parte de hombres que opinan que si no eres igual a una Kardashian eres básicamente un marrano. Unos chicos de la industria una vez me comentaron que si no tengo un six pack, debería ponerme una camisa que me tape si voy a hacer yoga. El otro día, una estilista me aconsejó que para tener un look más “impactante” tenía que ponerme extensiones y rebajar y hace un año, un diseñador puertorriqueño me aseguró que no podría usar sus vestidos porque él sólo trabajaba “tamaño modelo”. Así tengo mil ejemplos más, pero no hacen falta, el mensaje me ha quedado claro: tienes que ser más flaca.

¿Conocen a esas chicas que pueden comer lo que les de la gana y nunca engordan? ¿Sí? Pues yo no soy una de ellas. A mí bajar de peso me cuesta, me lo tengo que sudar. Pero, ¿por quién estoy sudando? ¿Por mí o por los demás? Yo amo hacer ejercicios, me encanta comer ensalada y tomar jugo verde. Por otro lado, también me encanta beber cerveza, comer papitas fritas y quedarme en la cama viendo Netflix. Todos debemos tener como meta ser más saludables, más fuertes y más ágiles, pero también todos debemos tener como meta disfrutarnos la vida. Esto es más fácil dicho que hecho, especialmente en una sociedad que nos ha hecho sentir que nuestro valor como mujeres está directamente atado a nuestro físico.

Les voy decir la verdad, estoy mamada de vivir obsesionada con mi peso. Siento que tengo tanto para ofrecer y tantas metas por alcanzar, que no puedo seguir castigándome por unas libras de más o de menos. Estoy empezando a pensar que tratar de ser perfecta es realmente una pérdida tiempo. Es una pelea que jamas voy a ganar. Es mi piedra de Sísifo. Entonces ya basta. Quiero ser saludable, quiero ser fuerte, quiero ser flexible, quiero correr rápido, quiero brincar alto, quiero pararme en las manos y tocarme la cabeza con los pies. Quiero viajar, dar conciertos, componer, grabar discos, escribir mi blog, aprender a cocinar tortilla española y a tocar mejor la guitarra. En la lista de cosas que quiero, tener abdominales o un “thigh gap” no están ni en el top ten.

Por eso me he propuesto a no darme tan duro, a no sentirme culpable después de comerme un pedazo de pizza, a ir al gimnasio porque realmente lo disfruto y a no compararme con más nadie. No va a ser fácil re-programar el chip en mi cabeza que me dice que tengo que rebajar para ser linda, para ser exitosa, para ser deseada, para ser aceptada, pero lo voy a lograr. He aprendido algo importante- la vida es demasiado corta como para decirle que no al chocolate.