¡Bolívar no hay sino uno! ¡La moneda se llama peso!

«…Hay que rescatar a Bolívar […] Por eso es que he dicho: hay que cambiar el nombre a la moneda venezolana…», (Renny Ottolina, «El Show de Renny», Caracas, 1972).

Miércoles, 5:25pm.

De nuevo las espaldas hacia el comunicador. Se voltea. Todos frente a él, viéndole con pausa, fijos los ojos en la pantalla. Sin señal. Llueve. Día frío en la ciudad. La ciudad de la furia, estática frente a sus pies. De espaldas. Se va. Como todos. Y el comunicador. Solo con la memoria. Sale a caminar. No sabe en dónde está.

¿Se repitió conmigo?

No eres el primero.

¿Vendrán más? ¿Cómo ella se salvará?

Le queda, todavía. Le queda. Vente ahora para acá. Descansa. Duérmete. Igual no la verás.

La ecuación es sencilla, si se comprende de dónde vinimos. Es el primer paso para saber hacia dónde nos dirigimos. Conocer nuestro pasado que es presente y es futuro, y luego existir. Porque eso es lo que somos. Esta es la variable, y todo lo demás es un mero producto notable en donde la Historia de Venezuela se puede hacer lineal, es decir, sin elevaciones hipérbolas que alteren el curso de su esencia plena.

Y precisamente fue Renaldo José quien, por poco, lograba reducir esa variación trigonométrica en la ecuación con su verbo tan clásico y tan poderoso, y con sus ideales y valores socio-culturales tan propios del venezolano con concepto claro de identidad, capaces de multiplicarse hasta trascender a futuras generaciones y prevalecer por siempre, volar por encima de las nubes, más allá del Churún-Merú… donde entonces confirmó en su corazón, alguna vez, el indecible amor platónico que le tenía a esta tierra de horizontes abiertos. Jamás había amado a nadie igual. Nunca.

Su pensamiento político, económico, filosófico. Su pensamiento, propio, había permanecido en los años setenta en todos los medios de comunicación del país. Renny invadía las pantallas de todos los venezolanos durante una hora y media, y además, en su medio preferido de toda la vida en donde había empezado con tan solo diecisiete años: la radio. Allí pasaba mucho tiempo hablando de economía, sin duda, una materia que le apasionaba y de la que él jamás se consideraba un pensador aunque, en efecto, sí lo era, a base de intuición natural acompañada de una ética y dignidad moral tan grande, capaz de desbordar los oídos sordos en las cocinas, oficinas, y televisores de las familias venezolanas. Quizás un logos tan pulido no debía ser para menos, como su conocimiento profundo de incontables tópicos relevantes, que les competía a la sociedad de aquel entonces, arrastrados desde la Hegemonía Andina, y que, hoy en día, nos siguen competiendo más que nunca, casi tanto recalcándolo como una metástasis que se propagaría, lento, en las venas cuarteadas, casi deshilachadas, hasta reventarse. Una de sus tantas preocupaciones por el país, en todos los sentidos y clases sociales. De manera que, el sistema educativo, siendo este el tejido más descuidado que ningún político se ha preocupado por enriquecer tanto como él, se haya convertido pues, en un tumor originado por aquella mutación maligna. Pero, como es de esperarse, lamentable fue que alguien como él no pudiese vivir lo suficiente como para hacer cumplir sus más grandes deseos y proyectos, dedicados solo a esta patria que hoy padece de un mal sin cura, cada vez más en expansión. De nuevo se impuso la suciedad de la política, aplastando ideales y amores a cualquiera que ose intentar cambiarlo todo para bien. De nuevo se impuso la ignorancia. De nuevo, el hambre, manipulada por el populismo, habló. Eliminar lo incorrectamente establecido en la sociedad contaminada de antivalores. Es la batalla que empezó Bolívar y que, algunos, pocos, han querido continuar, pero no los han dejado terminar. Teniendo en cuenta, claro está, que de eso también ya se han encargado los insurrectos: borrar de la faz de la tierra, lo que fue Bolívar. Tergiversar su palabra. Volverla contra nosotros. Agarrarle idea. Otros no la han sabido interpretar, por ello modifican cada uno de los factores operacionales y manipulan masas con valores absolutos imaginarios no aplicables. Para entender mejor: esa batalla, es la ecuación, sencilla, pero sin resolverse aún. El problema es que se espera que «alguien» sea capaz de terminarla, lo cual es erróneo. Lo cierto es que nadie tiene la respuesta, ni siquiera el mismo Bolívar, o el propio Renny Ottolina. Solo que la reducción, la intelectualidad, la formación, el respeto, los ideales, la modificación instructiva del sistema. No es la fórmula alcahuete de la resolvente, menos sería el cuadrado perfecto. Es el silencio del demos. Lo que nadie ha planteado. El silencio como primordial tonada, voz, camino.

Una parte de esta ecuación, era el pensamiento socio-económico y moral de Renny Ottolina con respecto a rescatar a Bolívar y su nombre, su legado y sus ideales. Uno de sus más fuertes anhelos era que, para empezar a respetar al Libertador, tenía que eliminarse su nombre de algo tan vil como el dinero. Como buen observador e impulsor de la opinión pública venezolana, mencionaba citas en sus programas a vox populi y con cortesía, mientras fumaba y seguía leyendo la prensa. Discutía distintas opiniones a manera de engendrar un intercambio de posiciones en un breve segmento de su programa dedicado al análisis, sin título, en donde invitaba a la audiencia a reflexionar sobre situaciones claves que perjudicaban al país en la época, prediciendo así los posibles daños sociales y económicos en ese presente vivido que afectarían a un futuro más próximo que tardío. En uno de sus últimos programas, trató a fondo este tema tan complejo y polémico, insisto, hasta nuestros días. El conflicto infinito que nos hace ser lo que somos: civilización y barbarie. (Gracias, Maestro. Gracias, en serio, Rómulo). Le refutó la premisa propuesta por el aquel entonces presidente de la Sociedad Numismática venezolana. Antonio Sívoli, la cual rezaba:

«que la moneda se llame Bolívar, nos hace recordar a cada instante, al difundirse por el mundo, algo que sentimos». Al leer esta frase, Renny comentaba: «Señor Sívoli, yo creo sinceramente que usted está equivocado. Porque yo quisiera saber si cuándo le dicen que algo cuesta siete bolívares, usted está pensando en siete libertadores. Todo lo contrario. El uso del nombre de Bolívar en algo tan vil como el dinero, significa que cada día su nombre pierde importancia, ¡es todo lo contrario! Nadie en el mundo entero cuando le hablan del bolívar, piensa en Simón Bolívar. Más bien piensan en cuál es la equivalencia en dólares de un signo monetario, que es diferente. Quienes tratan de acaparar bolívares, no están tratando de acaparar gloria, ni de acaparar libertadores de América, porque no hay sino uno. […] Que tenga la efigie de Bolívar nuestra moneda, esa es una cosa. Las monedas inglesas tienen una efigie de Isabel de Inglaterra y de Felipe, y no se llaman chabelas por eso. La moneda española tiene la efigie de Franco, y no se llaman francos. […] Se puso Bolívar a la altura de ser medida del papel toilette, y lo hacemos cada día pues, para horror nuestro. Cuando se separe el nombre de Bolívar de la moneda, ese día lo habremos ganado de nuevo. Sobre todo que habrá una campaña, que yo la concibo, en que cada persona que conteste un teléfono en oficinas públicas o en oficinas particulares, al contestar debe decir: ¡Bolívar no hay sino uno! ¡La moneda se llama peso! ¡Buenos días! Discúlpeme señor Sívoli, pero cuando aquí se diga millones de veces esta frase, ¿sabe cuál va a ser el resultado? Que la moneda se va a llamar peso, y que Bolívar, no va a haber sino uno, que es lo que yo quisiera…»

Renaldo José amaba, sufría y esperaba. Creía, por sobre todas las cosas, que, para esa época, en un corto plazo hacia el futuro, Venezuela iba a poder lograr con un minúsculo impulso (si se atacaba desde ya) dar un gran paso hacia adelante, abriéndose espacio en el mercado mundial, liderando los primeros puestos de desarrollo en toda Latinoamérica, siendo ejemplo como una vez lo fue de recepción cálida para inmigrantes de todas partes del mundo, avances, cuna del arte, centro turístico, referencia académica, la ciudad, pues, de otro tiempo. Y marcaría un límite (para mejor) entre el ayer y el hoy, pues las circunstancias estaban dadas para ello. Pero que «ese gran paso solo será dado en la medida que tengamos conciencia de nosotros mismos como país, y en la medida en que acudamos a nuestra historia para saber de dónde venimos y sintamos un apoyo para saber a dónde nos vamos a proyectar». Le oían, más no le escuchaban. De nuevo a espaldas del comunicador. Y su campaña, su deseo, su más profundo sueño, se vio sepultado en la tierra infértil de hoy.

Por eso, que estas líneas sirvan de resurgimiento crepuscular de ello, que llenen de honor su nombre y pensamiento, que sean discípulas de sus palabras olvidadas en la memoria escasa. Y que, sobre todo, se multipliquen.

A single golf clap? Or a long standing ovation?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.