El Criadero: Los Otros-NT (III)

Nuevo Testamento

(HA)

Fue por esos días que se estaba quedando en la casa. Me lo confesó. Bueno, yo lo descubrí, para ser más exacto. Admito que me emocioné porque era como si estuviese reviviendo otra vez aquellos tiempos de la infancia, nuestros juegos, las peleas, trasnocharnos hablando de las niñas que él veía en las fiestas, todo eso. Pero, no. HA había cambiado. Era otro. ¿A dónde murió el de antes? Así me acostumbré a ir quedándome solo. Un viernes. Yo en la puerta recostado, mirando cómo se peinaba en el espejo antes de irse a alguna fiesta con sus amigos infinitos de la calle (cosa que, por cierto, habría heredado tanto de NA, como de RD).

— ¿Te acuerdas cuando llenamos la casa de una telaraña con las cintas de cassette del tío H?

— No. No me acuerdo.

— Bueno, ¿y de la pista de carritos? ¿Los panas que se iban de viaje y simulaban la malta como cerveza? ¿Los dientes de la abuela como alerta que ya hay que dormirse? ¿La colonia del abuelo y su billetera llena? ¿La comida escondida en la madrugada? ¿El diario de la tía RD? ¿La canción de Pancho, el niño apurado en crecer que después se muere; en la camioneta que siempre ponía el abuelo de regreso de la playa, y no llegábamos despiertos a la casa? ¿Las obras de teatro a las que nos llevaba mi Mamá? ¿Las piedras que tirábamos para el barranco en la casa de la tía RM y que casi me mata una gigante que calló en el Jeep de tu mamá, mira que ese día te ibas quedando sin primo? ¿Las burlas que hacías de mi Mamá y de la abuela? ¿Los videos que grabábamos? ¿La máquina cuando veníamos de donde Norma y O se ponía a llorar porque no la dejábamos jugar, iba a la cocina y buscaba la escoba para pegarnos? ¿Las empanadas de queso en la tarde y las arepitas dulces? ¿Las servilletas de la abuela? ¿Los juegos en la computadora, tus aparatos que no me prestabas nunca por egoísta?

— No. No. No. A todo: ¡no! ¿Qué no entiendes que me interesa una mierda?

— Antes de que te vayas. Porque sé que ya te vas. ¿Qué es esto?

— Ah, ¿eso? Nada. Es del negro mojino.

— Pero, ¿para qué sirve?

— Te lo voy a decir, RA, pero, en serio, ni por el coño se lo vayas a decir a nadie, ni siquiera a tu Mamá. Es en serio. Te lo juro que te parto la cara. No vuelves a hablar…

Lo interrumpí.

— Si me terminas de decir…

— Es cannabis.

— ¿Qué coño de madre es esa mierda? Huele a culo. ¿Se come?

— No. Se fuma. Lo demás búscalo tú. Y después lo hablamos mejor.

Se fue sin darme más detalles. Dejó de venir por varios meses. Se había ido de la casa propiciándole a Doña R: maldita vieja loca de mierda estúpida coño de madre mal parida puerca inmunda (también insultando a mi Mamá). Esa fue su despedida. Magnífica. Con todo y a sabiendas de que Doña R lo había defendido como ni siquiera lo ha hecho por mí, cuando una vecina del edificio le ofreció dos cachetadas por jugar cerca de su carro con la bendita patineta.

Regresó después de tanto tiempo con el pelo hasta más abajo de los hombros. La peluza de durazno que él simulaba como barba (cosa que le da fuerza a mi teoría sobre los genes débiles que tenemos toda la segunda generación por culpa de la primera).

— ¿No te da miedo saber que te están observando?

— Ja, ¿cómo es eso, gafo?

— Pajúo, no te rías, es en serio, RA, ¿estás claro de los hombres reptil?

— No. ¿Te está afectando la marihuana?

— Acompáñame a las residencias.

Llegamos con el estómago lleno luego de ese almuerzo. Así que él me brindo la cajetilla de cigarros, y se sacó del bolsillo lo suyo para continuar la conversación.

— Tienes que agitarla para que toda la nicotina se venga abajo. Saben mejor. Hazme caso.

— ¿Y después?

— Bueno, yo tengo la costumbre de agarrar uno al azar (el de la suerte) y voltearlo de cabeza. Digo: ese es el último que me fumo.

— ¿Lo cumples?

— A veces sí.

— ¿Por qué ya no vienes a la cuadra?

— Ya tú sabes el porqué.

— Bueno, ¿por qué no hablas con él?

— Lo he intentado, RA, créeme. Lo he intentado y solo hablo con una pared. Me da la espalda. Pero, me enteré.

— ¿De qué?

— A él le importan más los hijos de su otra mujer que nosotros. D y yo. Es un mal padre, malo, RA, si supieras.

— ¿Te sientes abandonado?

— Sí. Por las dos partes. Hay noches en las que quiero saber por qué, y hay mañanas que no.

— ¿Y lo que te ofreció la tía, RD? ¿Podrías vivir allá, mejor, no?

— Nos cuestionan, RA. Ese discursito me lo sé de memoria, y sé que tú también. Sabemos que no todo es como parece. Al final del día hay que aceptarlos o alejarnos, ¿qué eliges?

— Alejarnos.

— ¿Ves? Menos mal que estás claro.

— ¿Y qué te queda? ¿Con qué contrarías la soledad?

— Te equivocas. No se puede contrariar a la soledad. Es como contrariarte a ti mismo. Tu hontanar.

— ¿Entonces?

— Entonces nada, RA. Nada. Aceptar. Seguir.

— ¿Por qué aquí?

— Porque no ve nadie.

— ¿Y cuál es el problema que vea alguien?

— El humo, idiota, eso se distingue. Mira, así es como se prende. Luego le vas sacando, poco a poco, así, ¿estás viendo? Sin precipitarse.

— Me quedo con los cigarros. La verdad no me llama la atención probarla.

— Bueno, tampoco es la gran cosa.

— ¿Entonces por qué te escondes?

— Por la gente, RA, la gente suelta mucha mierda por la boca. ¿Entiendes?

— Gente estúpida, porque aceptan este pedazo de cigarro, una botella de alcohol, y rechazan una mata de mierda que no hace más que hacerte reír, y reír, y reír.

— Ah, ¿lo investigaste? Hablemos ahora del papel.

— ¿Qué es eso?

— Te hace ver formas en el cielo. Una vez vi un ojo saliendo de la pared de mi cuarto que se iba a comer una cabeza de renacuajo.

— Ya estás viendo mucha televisión.

— No. En serio, gafo. El que se la pasa viendo televisión es D. Me da miedo cómo se queda ahí, hipnotizado. Da miedo, RA. Nos controlan.

— ¿Quiénes?

— Los Iluminados de Baviera.

— ¿Otra vez con eso? Tú y tu Nuevo Orden Mundial, ridículo, porque no existe, ¿oíste?

— ¿Tú qué sabes? Leyendo el libro del tío H que me llevé se me puso la piel de gallina, RA, te lo juro. Los pelos erizados. Temblé.

— No creas en esas teorías conspirativas. Te ves como un idiota. Va a temblar la casa si no regresamos ya con las bolsas del supermercado.

— Vámonos, pues. Pero, te voy a traer el libro cuando vuelva a venir, gafo.

Llegando de la universidad. Otro año más sin verle la cara, ¿o dos? Me decidí por esperar el autobús. Era de noche. Lo vi subiendo las escaleras y corriendo. Fui detrás de él. Me cansé. Apenas le toqué el hombro.

— Chamo, ahora sí es verdad, ¡tiempo sin vernos! Mírate, con bigote y pelo corto. Hecho todo un hombrón, vernáculo.

— Ja, muchacho gafo. ¿Qué más?

— Lo mismo. La universidad. El curso. Lo mismo. ¿En qué andas tú?

— Ahorita estoy ahí en el Akacentro. Venía de llevar estos papeles al despacho de una abogado amiga mi mamá, a ver si me da trabajo. Y acompañé a mi novia hasta la estación, en la transferencia, casi me quitan el reloj. Me salvé.

— ¿Cómo haces para que no te roben? Nunca pueden. No entiendo.

— Todo está en la mente, hijo.

— ¿Todavía cuarto?

— Sí. Qué te puedo decir. ¿Cómo es esa carrera? Tengo un hermano que se cambió para Internacionales, pasó por Derecho, y volvió otra vez a Comunicación.

— Nada del otro mundo. Es la constante búsqueda de la verdad. Más nada.

— ¿Y qué más quieres? En eso se nos va la vida, gafo,

— Y la muerte.

— ¿Cómo sabes?

— Porque en la muerte también se busca y no se encuentra.

— De donde venimos.

Abordé el autobús. Más nunca lo vi.

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(O)

Todavía recuerdo su mal aliento por la bacteria estomacal que tiene (helicobácter) Me aprendo esos nombres porque soy fanático de la ciencia médica. Desde niño. Pero no solo por eso, sino por el temor de que se me pegara, porque RM decía que eso se contagiaba por el aire. Y yo me la pasaba jugando con O todo el rato. Jugábamos a los novios, y por eso HA intuía que me gustaba O. No se equivocaba del todo. Éramos niños. Nos bañábamos juntos. Por eso me gustaba, porque era el primer contacto con el sexo opuesto que tuve, y desde niño. Montábamos las obras de teatro en la sala. Lo admito, yo las armaba. Casi que obligaba a O y HA para que actuaran porque yo no podía hacer todos los personajes al mismo tiempo. Respetábamos los tiempos. Mi guión imaginario. El montaje compuesto de sábanas, almohadas, ollas, cajas, chaquetas, sillas, cojines, cucharas, vasos. Era, en serio, una obra de teatro que no tenía nada que envidiarle a Aladín en el Trasnocho, mi favorita. Yo, era Aladín. O, hacía de La Princesa. Y, cuando le daba la gana, y no estaba de malas, HA, vestido como El Genio. Perdí la cuenta de las obras. Eran tantas. Desde cualquiera sacada de nuestra imaginación, hasta una adaptación a las tablas de una de mis películas favoritas: Charlie y la fábrica de chocolate. Por allí hay una fotografía de nosotros tres que, no sé quién la habrá tomado, bañados en talco y vestidos con la misma franela y el mismo color de medias, retrata una de nuestras producciones.

Ah, pero eso es pasado. ¡O, cómo has cambiado! ¿Acaso te has dejado llevar ahora por los ideales absurdos de los viejos? ¿Qué hay sobre nuestro pasado? ¿Se te olvidaron todos nuestros juegos, todos nuestros besitos de niños curiosos? Éramos los más cercanos de los cinco. ¿Ahora? Ahora casi que nos saludamos por obligación. ¡Y todo por los ideales tontos de los viejos tontos y sus historias que no conocemos! ¿Por qué no los dejamos a ellos pelearse y nosotros seguimos siendo amigos? ¿Por qué distanciarnos cuando ellos lo hagan? Me da risa porque (no es por nada malo, ni querer burlarme) tú, O, sí, tú, puedes llegar a ser subordinada, a veces, incluso, sin cuestionarte, presa de tu propio pensamiento. Sin signo. Sin lenguaje. Me explico. Si te digo, por ejemplo, dios no existe; alzas las cejas, y me contestas con indiferencia: ya vas a empezar tú, ateo, tú con tus creencias locas; ¿esa eres tú? ¿Te reservas, como un tabú, hablar de ciertos temas? ¿Por qué no te quedas conmigo en el centro? ¿Segura, que esa eres tú? No me parece O. No te reconozco así.

Ahora estoy viendo una nueva voz. ¿Será acaso su verdadera voz? Así suena la O de ahora, ¿así es ella? ¿Me dejará solo como HA?

— Quiero ser una piedra, como tú. ¿Cuál es la clave?

— Ja, si eres ridículo. Empieza por no hacerte películas.

— Imposible. Soy muy enamoradizo. Insisto, quiero ser una piedra.

— La frialdad no se construye. No les prestes atención y ya. No sé que más decirte. Ya va. Déjame contestar este mensaje.

Me quedé en silencio, mirando al piso, entrecortado. Ella levantó la mirada sin ganas.

— Ajá, ¿entonces? Ah, sí… bueno, chico, que no les hagas caso. Olvídate. ¿No puedes?

— No. Siempre pienso en ella. Ella. Todo es ella.

— Ay, mijo, sacúdete. Es bonito, pero, te hará quedar como un intenso. Además, ¿para qué ahorcarte en el mismo palo?

— Hasta ahí no llego. ¿Qué me crees?

— ¡Ja!, ay, perdón, yo solo decía. Tengo una teoría.

— ¿La de MA y H? Eso ya lo saben todos.

— No, idiota. La de la torta. Comes. Te empalagas. La dejas en el fondo de la nevera, diciéndote a ti mismo que te olvidarás de ella, pero, en tu fuero interno, allí, adentro, sabes que en cualquier momento la probarás de nuevo. Y así. Un ciclo.

— Ah, arrastrarse en los mismos parques. Parábola del tiempo.

— Por eso no me arrepiento. Somos radicales. Ya llegará.

— ¿Cuándo?

— Cuando no andes por ahí buscando, bobo.

— Pero, en serio, quiero ser una piedra a pesar de que no pueda volver a amar como lo hago ahora. Resetéame. Anda.

— ¡Ja! ¿Cómo dices? Mira que yo sí puedo amar, ¿oíste?

— Solo que no al mismo nivel. Es diferente. Eres una piedra. Pero eso tiene ventajas. No conoces el sufrimiento.

— ¿Acaso es necesario?

— Para amar, sí. Tu religión lo dice.

— Ya vas a empezar. Como con tu sospecha de los votos.

— No es sospecha. Ahora es convicción.

— ¿Basada en qué?

— Basada en revelación. Tu mamá me lo confesó.

— Acaso puedo tomar de las dos partes. Como con dios y la deducción.

— Te estarías contradiciendo.

— No. Porque hay pruebas.

— ¿Tienes certeza de que estamos hablando de esto ahora y no te estás muriendo en algún sueño?

— Sí. Son los bordes grises en esos casos, ¿o no?

— Depende. A veces vienen sin color. Como los daguerrotipos.

— Y capaz de revelarse antes de desaparecer al sol.

— También.

— Ya me imagino el panorama. Tú, y A, casados.

— No creo en el matrimonio. Es ella. Me dijo que no me acostumbrara a hablarle tanto, sino una sola vez al año, en tu cumple.

— Son iguales. Diría lo mismo. Lo sé. Es él. Me diría. Y yo en el medio.

— La he estudiado, leído. No le caigo bien.

— Ay, chico, te lo tengo que decir. Ella no quiere porque, me dice, O, por dios, si es tu primo, O, tu primo, no, imagínate. ¡Ja!

— ¿Y qué tiene de malo?

— Nada. Puede ser que te vea como un hermano. No sé.

— Ah, eso nunca lo sabré.

— Ni yo. Retomando, chico, ¿crees que, en serio, creyeron?

— Ella sí.

— ¿Quién más?

— Hay tres más. En total son cuatro.

— ¿Eres capaz de perdonar?

— Eso no. Existe lo imperdonable dentro de lo perdonable.

— De donde venimos.

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(D)

Empieza por respetar a tu tía, a mi Mamá. ¿Qué te ha hecho ella para que le levantes la mano? ¿Es allá, donde la desdentá, que te dicen que revires, que pegues, que conestetes mal, que insultes a los que más te quieren? Empieza por lo básico. Naciste un día de lluvia, pimo. Un día de lluvia en enero. Fui a verte. Estuve allí. Como también lo hice con MI, que también nació un día de lluvia, solo que en diciembre, ¿será porque murió Simón? Se podría justificar. Pero, en tu caso, pimo, no, no se puede. ¿Por qué llovía? Eran tus ojos grises, pimo, en serio, grises. ¿De dónde en la genealogía había alguien con los ojos grises? Será de aquel lado. Porque de acá. Nadie. Eras una bola. Coño, pimo, qué gordo eras. En serio. Te miro ahora y no lo creo. Porque ya casi que me alcanzas. Tengo miedo. Estás más flaco. Más alto. ¿Serás tú, el penúltimo, quien saque la estatura de los primeros ancestros? No sé porque es un mezclón. Eres parte, engendro, de esa masa. Recuerdo cuando me decías pimo, pimo, ¿te acuerdas? Me decías. Pimo, ¿qué es eso? Y yo sacudiéndome la nariz por la alergia. Es moco, D. ¿Moca? Fo. No moca. Moco. ¿Moca? Ah, y siempre llevas la contraria. En eso nos parecemos. Lo intenté. Intenté que te parecieras a mí. Que fueras más de acá. ¿No te gusta la guitarra? Disfrutabas de mis canciones. ¿Ahora? Ahora se te olvidó. Se te olvidó cuando querías que te enseñara pero por tu impaciencia desistías. No te dejabas. ¿El fútbol? ¿Seríamos, por fin, tres? No. Jugábamos y te molestabas conmigo porque no te dejaba ganar. Me pegabas. Te ibas. Te convencía y ahora sí te dejaba ganar. ¿Vas a jugar fútbol? No, porque mi papá no me lo quiere pagar. Ah, pero ya te lo pagó. ¿Y ahora? No me llevan a los juegos. Pero, ¿te gusta? Le estaba agarrando el gusto. Ellos hicieron que me terminara por olvidar comprándome la máquina que se enchufa. Y es mejor, porque así puedo descargar mis rabias matando personas sin matarlas, porque es un juego, porque es ficción. Pero, pimo, ya no te reconozco. Tengo miedo. Porque vas a crecer. Llegarás a mi edad actual. Y, pimo, solo me pregunto:

¿Me dejarás solo como HA y O?

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(MI)

Conoce a tu primo, MI, ven para que conozcas a tu primito. Se llama Caracas de donde vino, de donde vengo, de donde venimos, de donde vienes tú también. ¡Cuánto me costó tenerte, MI! Me hacías llorar. Ven, para que conozcas a tu primo.

Y la vi jugando con la puerta del cuarto. Me atormentó. Le tomé una fotografía, y ella me posó con la tapa del vaso en la cabeza como sombrero. Era ella. La única esperanza. ¿Me dejará solo también? Mi prima, MI, la última descendiente.

No la he vuelto a ver.

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