Cómo comencé a valorar los sacrificios de mi padre.

Era el año 2005, estaba en plenos 15 años de mi vida y con muchos deseos de tener muchas cosas. En ese año Youtube servía como entretenimiento para los adolescentes como yo con videos promocionales donde aparecían grandes astros del futból. Mis primos y yo todas las noches nos reuníamos en la calle de abajo para jugar tiros a gol tratando de igualar las técnicas de Ronaldo o Kaká. Recuerdo que fue un día lunes que esperaba que mi Papá me trajera un balón que le había pedido por la mañana, en realidad esperaba el momento de ver la camioneta volkswagen entrar por la calle y con ella mi balón de futból.

Llegó mi padre, bajó de la camioneta y muy emocionado sacó mi regalo y al verlo noté que era más chico de lo normal, que era un balón del número 4; mi Padre esperaba que le sonriera, que le agradeciera y lo abrazará; en cambio levanté la cabeza y azoté el balón haciéndolo rebotar por la mitad de la calle y le reclamé por haberme traído un balón de futból rápido, no recuerdo si lo maldije y me retiré con mis primos a jugar…


Tenía 16 años y cursaba el primer semestre del bachillerato, estaba en un buen lugar ya que mi papá accedió a pagar la colegiatura en una institución que tenía fama de ser cara, uno de mis caprichos. Para ese entonces yo tenía un fuerte complejo con mi apariencia física, ya que en la escuela me apodaron “el grano andante” porque tenía un serio problema con el acné. Me sentía ofuscado, triste, deprimido. Lo único que quería un chico de mi edad era ser guapo y llamar la atención de las chicas y tener un buen grupo de amigos.

Estaba desesperado tratando de investigar algún producto que pudiera desaparecer ese problema, intenté con varios de ellos y la respuesta era nula, al contrario, parecía que eso hacía que se proliferaran más los granos, estaba en una etapa triste en mi vida.

Un buen día, regresando de la escuela, vi la fachada de un centro médico que decía “Unidad Médica Dermatológica”, sabía que estaba frente a mi oportunidad de tener un cutis, por lo menos, normal. En la comida, le pedí a mi padre que me llevara, que se veía que había buenos médicos, le supliqué a pesar de sus primeras respuestas negativas. Al día siguiente me llevó en su camioneta. Entramos y en seguida un medico nos hizo entrar a su consultorio; me senté en un sillón reclinable, el médico me revisó la cara, me hizo unas preguntas, emitió un diagnóstico en menos de de dos minutos y me recomendó una crema bastante cara que podíamos adquirir en la farmacia de ese centro dermatológico…

Debo aclarar que somos una familia de recursos económicos limitados, mi padre ha trabajado duro y nos da todo lo necesario, buena educación, buen alimento y buen vestido, pero no tenemos para lujos extras como una consulta médica tan costosa.

Antes de salir de su consultorio nos dice que el precio de su consulta era de $700 pesos mexicanos. Mi padre abrió su cartera y le entregó el dinero… fue la primera vez en la vida que sentí pena con mi padre, era una cantidad exagerada para lo que había recibido en la consulta. Me pidió la receta para comprar la crema que me habían recetado, a lo que yo le respondí “No Papá, no quiero que compres esa crema, voy a buscar una manera más barata y natural para mi problema”.

Salimos de ese lugar con $700 menos en nuestro presupuesto.


Era el año 2010, me había ido a vivir a Los Cabos en Baja California Sur. Me encontraba durmiendo en el sillón de la casa de una familia que me había acogido durante un año. En medio de la noche, comencé a soñar con la calle de mi casa en Puebla, la casa de mis padres, caminaba por ella y llegaba a la entrada de mi hogar, recuerdo que veía la puerta con el vidrio roto que siempre había tenido, el cual yo había roto jugando al futból. Jale de la perilla que la habría y veía a mi padre de pie en la sala de estar, viéndome de frente, sólo de pie, con una expresión de cansancio. Caminé hacia él, teniéndolo al instante a un paso de mi, en ese momento le pregunto qué pasaba; no me dice nada, sólo levanta las manos y me muestra sus palmas, las tiene ensangrentadas, raspadas, como si lo hubieran arrastrado por una terracería. Vuelvo la mirada a su rostro y lo veo llorando, sin sollozar, sólo las lagrimas saliendo de sus ojos. En ese momento despierto.

Pienso toda la noche, recuerdo el esfuerzo de mi padre por ofrecerme una vida digna y comienzo a valorar en serio a mi Padre, deseo verlo, deseo abrazar a mi Papi, quiero ver a mi Papi.