La resurrección del Sami o el milagro de Pérez-Reverte

¿Qué no daría usted por tener la oportunidad de presenciar un milagro, digamos… una resurrección? Pues yo por un rato anduve con la ilusión de que me había tocado esa fortuna. Le platico.

Compré en Google Play Perros e hijos de perra, un libro de reciente aparición firmado por Arturo Pérez-Reverte y publicado por Alfaguara, hoy parte de Penguin Random House. Pues resulta que ahí me encontré con un cuento titulado Un chucho mejicano que, a medida que iba yo leyendo, me fue provocando una extraña sensación, como si fuera viendo a un difunto perrito baldado surgir del ectoplasma. O algo así. Me parecía que por las calles de la colonia del Valle volvía a caminar ¡un perro muerto, pero vivito y coleando! — bueno, no coleando, porque en su otra vida había perdido la cola, y así, con su dolorosa mutilación, resucitaba en las páginas milagrosas — . Sami… Sami… Sami…, una entrañable mascota callejera de propiedad colectiva… Y por fin me acordé: ¡El perro de Verónica Murguía!

Tratando de recordar cuántos años habían pasado desde que ese relato me conmovió, le marqué a Verónica, y ella me dijo que ya una amiga le había dicho de la aparición y me mandó su cuento, escaneado del número de noviembre de 1997 de la desaparecida revista El Laberinto Urbano. ¡En efecto, el Sami había resucitado 17 años después con todas y cada una de sus peripecias, y hasta con las mismas palabras! ¡Milagro, milagro, como Lázaro!, exclamé. Porque, oiga usted, no por ser perro el resucitado, su reincorporación al reino de los vivos resultaba menos milagrosa. ¡Un taumaturgo, el Maestro (con mayúscula) Pérez-Reverte! ¿Y cómo no iba a ser milagroso? ¡Un autor que tiene piso en el monte Parnaso, multipremiado, miembro de la Real Academia Española!

Permítame, amigo, que lo haga partícipe de mi emoción.

Todavía estaba yo obnubilado con mi revelación, cuando un amigo al que le hablé de ella me dijo “qué milagro ni qué ocho cuartos; lo que me estás describiendo es, ni más ni menos, un plagio”. ¡Ay de mi milagro, de mi epifanía! ¿Un plagio? Pues ni modo: ya que don Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española, me fui a ver su diccionario (el de la Academia):

plagiar.

(Del lat. plagiāre).

1. tr. Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias.

¡Caramba! Mi amigo tenía razón: la Real Academia sienta entre sus sillas a un plagiario, y Penguin-Random House lo publica; así, de ese tamaño. Pues otra vez para arriba del cuento: me devolví a constatar que don Pérez-Reverte afirmaba haber escuchado la historia de boca de su amigo Sealtiel Alatriste. ¡Qué tupé — me dije, ya consciente del delito — , citar como su fuente a quien se vio envuelto en uno de los mayores escándalos por plagio que haya habido! ¡Afirmar que todos los detalles que copió del cuento de Verónica se los relató su amigo, nombres, frases, secuencia y pormenores del texto original incluidos, en torno a una botella de tequila que ya iba “por debajo de la línea de flotación”! Y claro, él los recordó, ¿no? Ni aunque el tequila hubiera sido chino. Ahora resulta que Alatriste estuvo en la veterinaria y que Perezetcétera vio al perro en la Del Valle. Sí, ajá, cómo no: a un animal que murió en el ‘98.

Qué relato cantinero ni qué la canción: el cuento firmado por el señor Arturo Pérez-Reverte fue escrito con el de Verónica Murguía frente a los ojos; le copió desde el nombre del perro, con todo y ortografía, hasta las palabras. Dios los crea… O bien Alatriste, continuando en las andadas, le pasó al otro el ejemplar de El Laberinto Urbano donde se publicó el cuento, o de plano le dio — o le vendió, que es lo mismo — el cuento ya reescrito. Comoquiera que haya sido, quien firma es Pérez-Reverte. Dice este individuo que el mismo Alatriste que dizque le contó la historia también le prestó su apellido para uno de sus personajes; pues de una vez le debería haber prestado las comillas de las “citas al cuadrado” que le dieron vergonzosa fama.

Total, habrá pensado Pérez-Etcétera, al otro lado del Atlántico… un cuento de una escritora que ni conozco (no le habría hecho mal leer El País para enterarse de que Verónica recibió el Premio Gran Angular de manos de la entonces aún princesa Letizia). Con un poco que le cambie y un par de referencias a la mexicanidad que le añada, ya estuvo; ni quien se dé cuenta. Y si se dan cuenta, yo tan famosote, ¿quién va a osar meterse conmigo?

Los amigos le insistimos a Verónica en que debe demandar al perpetrador. Le decimos que en su columna quincenal de La Jornada y en todos sus actos muestra siempre su conciencia cívica; que tiene la obligación moral de prevenir que Pérez-Plagiarte a otros.

Ella aún lo está pensando. El atropello le duele más por el Sami y por su historia de amor que por ella misma. Si Pérezetc. hubiera podido entender esa relación, capaz que hasta habría hallado inspiración para un cuento propio. Mire usted lo que dice Verónica en su relato: “Salí de la clínica con un papel en el que se lee ‘Paciente Sami Murguía’. Orgullosísima.” Y oiga lo que me dijo por teléfono:

“Tengo mi foto con el Sami de hace casi dos décadas, y estoy furiosa no por mí, sino por él. Estaba yo transida de amor por ese perro. Le tuvieron que poner una sonda cuando lo curaron, y yo lo tuve que detener mientras se la ponían. ¡Por Dios santo, yo lo tenía que taclear para ponerle supositorios! Y aunque era un perro manso y buena onda y todo, pues a nadie le gusta que le pongan supositorios: luchaba por su alma, y yo lo tenía que taclear. El perro tenía que tener analgésicos, antibióticos, ¡todo un rollo! Yo estaba enamorada del Sami, aunque él me ignoraba. Hasta mi amiga Paloma me dijo: ‘Oye, se me hace que tu perro está medio pendejo, porque mira, le haces cs cs, y se va para otra parte.’ Yo le decía: ‘pero si me debes la vida, Sami; en tu certificado médico dice que eres mío.’ Pero él pensaba: ‘pues tu certificado dirá lo que quieras, pero a mí me vale madre’. Todos lo adorábamos, y mucha gente se acuerda de él. Murió en 1998. Lo mató un pesero, y el dueño de un taller mecánico correteó al chofer y le puso una madriza. Lo enterraron debajo de una higuera. Me choca que ese señor se haya apropiado de la frase de que éramos una comunidad sentimental y extravagante, porque ésa es MI descripción de MI comunidad que se formó alrededor del Sami. Si me quiere plagiar lo que pienso de los políticos mexicanos, digo, yo encantada, pero que no me plagie mi historia de amor. Y también me da coraje que la avergonzada fui yo: ahí estaba, sentada en la mesa del comedor, toda roja.”

A mí, en cambio, lo que más ofensivo me parece, es que además de plagiar a Verónica, la haya convertido en personaje incidental de su propio relato — “y la escritora Verónica Murguía, que también vive allí”, dice de pasada y con enorme cinismo — . Por obra y gracia de la arrogancia que viene de su prestigio, Pérez-Etcétera la transmutó de sujeto en complemento circunstancial. Vaya ultraje; vaya desvergüenza. Ojalá que los amigos la convenzamos y sí demande; por lo pronto, yo ya le tengo un abogado que es un verdadero pit bull.

Pues así es, estimado amigo: me tuve que olvidar de milagros. Si hubiera sabido que estaba comprando un libro que ostentaba como propio algo escrito hace diecisiete años por otra persona, nunca habría pagado, ya no digamos los ciento veintinueve pesos que costó: ni diez centavos. No volveré a gastar en nada que Pérez-Plagiarte publique y echaré sus libros fuera de mi casa; al fin que necesito espacio en los libreros, y por lo general prefiero leer originales. En algún lugar de esa cosa que lleva su firma — es muy aventurado llamarlo “su libro” — , dice ese sujeto que ha tenido cinco perros. A estas alturas, me pregunto cuántos de ellos, y de todos los que vienen en el libro, se deberían llamar Lázaro.

Pérez-Reverte dice en el apéndice que le colgó al cuento de Verónica: “Ése es el milagro de Sami: los hizo a todos mejores, y lo saben.” Qué cosa: en él, el milagro obró al revés, porque el Sami lo hizo peor, si no es que ya lo era y no lo sabíamos.

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