La Calle. (cuento)

(Ilustración: Eric Zampieri)

El pequeño caniche olisqueaba con desconfianza el asiento de la plaza. El sonido de niños, jugando a unos metros de ahí, no conseguía despertar del profundo sueño que se apoderó de Sebastián. La canosa mujer, con un aristocrático gesto de desaprobación, gritó con voz flaca:

- Terri… ¡Terri..! ¡Vení acá..! vení que nos vamos a casa… — El perrito corrió presto al lado de su dueña, quien al pasar junto al vigilante no escatimó su mirada de disgusto y agregó:

- Aquí no se puede estar, con tanto vago suelto-.

El vigilante era un hombre mayor que, con un notorio rengueo al caminar, evidenciaba el alto costo que puede pagar el desempeño del deber policial en una ciudad como Córdoba. Se acercó al vago que dormía bajo el asiento y con dos golpes firmes de su cachiporra en la madera vieja logró despertar al plácido durmiente.

Sebastián se despertó sobresaltado. Un intenso fogonazo de luz le quemó los ojos al tiempo que oía una voz dura recriminarle:

- Pendejo de porquería, ¿Pero se puede saber qué mierda hacés durmiendo en la plaza a esta hora?

- ¿ Qué hora es? — preguntó un poco desconcertado Sebastián.

- Son las cuatro de la tarde — ladró el vigilante mientras miraba lentamente de pies a cabeza al niño que se cubría de la luz del sol con su mano. — ¿Cómo podés dormir con el calor que hace?- insistió el hombre.

- Lo que pasa es que el marido de mi vieja me echó de la casa, anoche …“ — respondió Sebastián bajando la mirada, como con vergüenza.

“Otro más” pensó el vigilante, y no pudo detener esa sensación de ternura que provoca el conocer la situación bien de cerca.

- Bueno, vamos… No podés estar tirado en la plaza… andá a dormir a otro lado — evitando mirar al niño mientras se incorporaba.

- Sí, ahí me voy…- murmuró Sebastián mientras enfilaba hacia la calle. Pero de repente el grito seco del vigilante lo paralizó.

- Nene, pará… vení acá — Sebastián sintió algo helado en la espalda y se dio vuelta lentamente.

- Se te quedó esa bolsa — agregó el hombre señalando la bolsita de plástico de supermercado que sirvió de almohada durante algunas horas.

- Uy, que boludo… ¡gracias jefe!” — contestó el chico, mientras tomaba el paquete y se despedía con un gesto del viejo policía.

Cruzando la calle, el interior de Sebastián se regocijaba sin alegría. “ Nunca falla lo del padrastro hijo de puta” pensaba mientras esquivaba los autos que salían del semáforo en rojo. Y la mugrienta bolsa amarilla de supermercado se sentiría atesorada como nunca lo fue antes… Sin darse cuenta, Sebastián la llevaba pegada a su pecho.

Ya caminando en la ancha vereda de enfrente, Sebastián tomó conciencia de la imagen de la que era protagonista. La pistola calibre 45 que envolvía el pullover de gastado hilo morado dentro de la bolsa había sido partícipe de un hecho singular en su vida la noche anterior… Conoció lo que muchos pasan una vida entera sin conocer. Vio morir a una persona.

Los recuerdos venían como un torbellino desordenado de sensaciones… Olores, colores y sonidos que su adrenalina se encargó de amplificar a niveles inimaginables. La prisa, los gritos, los insultos parecían cobrar vida nuevamente en su cabeza. La lluvia incesante…

Se suponía que sería simple. No hay demasiada complicación en robar un almacén que atiende un viejo decrépito a las once y media de la noche. Además, él no iba a hacer casi nada, sólo iba a estar parado en la puerta para avisar si venía alguien, sólo tiene once años… Era dos años menor que Carlos, su mejor amigo. Carlos ha robado antes y sabe cómo hacer las cosas bien, pensó Sebastián. También Daniel, el hermanastro de Sebastián, que le lleva cuatro años.

No. Todo mal.

El policía que se bajó del patrullero para comprar los pebetes no necesitó una calculadora para entender la imagen del chico gritando hacia dentro del almacén mientras se daba a la fuga en la dirección opuesta.

Todo fue muy rápido. Quizá fue la imagen del policía desconcertado mientras desenfundaba, la que obligó a Daniel a dispararle cuando salió del almacén. La noche con su oscuridad, llena los sentidos con cosas que no vemos, pero que podrían estar ahí si las dejamos.

Los otros dos agentes sólo atinaron a protegerse en los asientos del patrullero al escuchar los disparos. Miguel Gutiérrez, policía de oficio que tenía tanta experiencia en estas situaciones como centímetros de diámetro su voluminosa cintura, contó hasta tres antes de abrir la puerta y “rodar” fuera del vehículo, con su arma ya desenfundada.

Carlos, gritando enloquecido, salió después de Daniel y sin mirar vació el cargador de su 45 contra el patrullero mientras corría hacia la oscuridad protectora de la plaza que estaba frente al almacén.

Gutiérrez es una persona fría en su labor, incapaz de perder la calma en una situación de riesgo. Gajes del oficio, que le dicen. La tenue luz de los faroles no eran de mucha ayuda. La oscuridad que gobernaba la escena devolvía más y más sombras… Formas irreconocibles que se movían histéricamente. Era todo lo que Gutiérrez necesitaba.

El pulso no tembló, el ojo no pestañeó y el gatillo se accionó dos veces. Los aullidos de dolor fueron dos.

El cuerpo de Carlos se desplomó a un metro del improvisado escondite de Sebastián. El niño giró el cuerpo de su amigo para ayudarlo pero descubrió el borbotón de sangre que emanaba la herida en el pecho que había atravesado a su delgadísimo amigo. No entendió la gravedad de la situación en la sangre, pues se mezclaba con el barro. Sólo la comprendió al levantar la vista y encontrarse con la aterradora mirada del amigo de toda la vida… recién ahí comprendió. Sintió cómo sus brazos se aflojaban y perdía la fuerza en sus puños. El espanto que afloraba de esos ojos negros, que parecían titilar de miedo y de dolor, le provocaron a Sebastián la mayor sensación de impotencia que alguna vez pudo experimentar en su vida. El brillo en los ojos de Carlos se apagó. La desesperación arqueó el cuerpo de Sebastián y su mano tomó la 45 que aún empuñaba su amigo. Intentando detener un pedazo de él a su lado, evitando que la noche se lleve al único pibe que lo defiende en los picaditos de potrero, al que le enseñó a “pitar”. Al que le enseñó… a secas.

Gutiérrez ya corría todo lo rápido que sus cuarenta y siete pirulos le permitían a su redondeado cuerpo. Los gritos de — Quieto ahí, policía… carajo — no pudieron evitar su resbalón en el barro, y la posterior y ridícula caída. La reglamentaria voló de su mano hacia los yuyos mientras oía los gritos desgarrados de uno de los delincuentes que se dirigía hacia donde él estaba.

- ¡HIJO DE PUTAAA! — aullaba Sebastián, que sentía volar sus pies mientras corría dispuesto a volarle la cabeza al asesino de sus secretos y sus travesuras. — ¡HIJO DE MIL PUTA! — fue la sentencia final antes de oprimir el gatillo a quince centímetros de la frente de Gutiérrez.

Gutiérrez vió a la roja muerte en los ojos desencajados de Sebastián. La sintió eléctrica en su cuello y en su espalda. El sonido metálico, seco, del percutor impactando contra el metal retumbó con más intensidad en su cabeza que en toda la plaza. Y reverberó una segunda vez, y una tercera y una cuarta. Y luego sobrevino el dolor del futbolero puntapié que le propinó Sebastián al notar que el arma ya no tenía balas.

Dolor. Frío. Eco de pisadas en barros y charcos que se alejan con trancos muy largos. Olores nauseabundos. Y un pensamiento. “La puta… ¿estoy vivo Diosito..?”. La lluvia le responde.

Sebastián está agotado. A duras penas logró escapar anoche del rastrillaje que la policía hizo en el barrio donde sucedió todo. Seguramente corrió toda la noche hasta que el amanecer lo delataría con una arma que se veía muy grande en su mano… había que esconderla.

La calle enseña cosas básicas. Coherencias que no percibe alguien que nunca ha tenido que vivir un día para sobrevivir el siguiente. El chico sabe que un arma que ha sido disparada contra policías no puede ser abandonada así nomás. Se genera algo místico alrededor. El fierro “quema”.

Sebastián ha llegado hasta el centro. Siente que flota en el aire. Los sonidos, los colores y los aromas no pertenecen a su mundo. Una profunda tristeza invade su pecho al recordar el temor que expresaban los ojos de Carlos cuando lo miraban… Ni siquiera había notado que Daniel también estaba muerto. Sólo atesora la sensación de que un poco de su amigo estaría aún en el interior de la bolsita amarilla que sostiene sobre su pecho.

Llega a la esquina mirando el suelo. Continuando la vereda, descubre la gastada senda peatonal que se le presenta como un puente sobre el concreto del asfalto sugiriendo una vía de escape a su pesar. Levanta la vista y observa que el semáforo peatonal aún no habilita el cruce. Las cabezas se van amontonando al borde de la vereda mientras esperan que el tráfico disminuya pues, realmente, ¿quién le hace caso a los semáforos?. Sus ojos verdes miran con párpados cansados a las personas que se disponen a cruzar desde la otra vereda. Ve ancianos. Mujeres bellas sin hermosura. Hombres con saco y corbata, y maletín. Niños ricos. No niños como él… ricos. Y, seguro, de otro lugar del planeta. Entonces descubre una mirada que le ocasiona un estallido de terror en el pecho.

Gutiérrez lleva a su nieta en brazos. Hoy fue rechazado su pedido de renovación del crédito que mantiene con una compañía financiera. Crédito que quería utilizar para pagar el cumpleaños número tres de su adorada nieta. Pero el destino estuvo en su contra esta semana. El incidente de anoche, el favor a su hija de cuidar a la nena aprovechando el día libre que le dio el capitán en vista de lo que sucedió, y la mirada desinteresada de ese estúpido empleado administrativo negándole la renovación tan esperada… Todo era rojo, todo era furia, impotencia, tristeza.

La criatura sentía placer en los brazos de su abuelo. Su cara rechoncha tenía numerosas protuberancias para retorcer y tironear. Y el duro rostro del policía daba lugar a la ternura sin fin que lograba el contacto cálido de las manitas de su nieta. Hasta que un bocinazo lo hizo volver a la realidad mientras esperaba para cruzar la calle.

Sebastián quedó paralizado. Miró hacia atrás pero se había amontonado demasiada gente como para escapar. Además pensó que era obvio que el policía ya lo había visto. El semáforo cambió y el cielo se desmoronó al producirse los dos flujos de peatones que iniciaban su cruce, empujándolo al vacío.

Su pecho estaba a punto de explotar, sus piernas no se movían porque él se lo ordenaba… se habían masificado con el resto del movimiento de los peatones… sólo por eso estaba aún en pié. El temor quiere obligarlo a no mirar los ojos del policía, pero el odio intenso no se lo permite. El rostro de Sebastián no expresa nada, sólo sus ojos parecen tener vida en este instante. La figura redonda del policía se acerca y él intenta empuñar el arma. Pero no, hay demasiada gente, y su mano queda detenida en la boca de la bolsa amarilla. “No, me cago, no puedo tener tanta mala l…” piensa, y la desilusión completa su rostro cuando recuerda que la 45 sigue sin balas…

La nena notó un endurecimiento repentino en el rostro de su abuelo. Gutiérrez reconoció una figura que jamás olvidaría. Una mirada que alteró sus escalas de valores y sus sentimientos hacia la fuerza a la que le dedicó su vida. El mismo pibe de anoche lo vuelve a mirar a los ojos. Con una mano entrando a una mugrienta bolsa. Nunca estuvo tan indefenso. No sólo no tenía su arma, sino que tampoco tenía la seguridad que le permitió disparar dos tiros en dos segundos, y dar en dos blancos consecutivos, nunca más la tendría. El seco sonido del percutor que no lo mató, definitivamente quebró algo más íntimo y fundamental.

Pero la impotencia dio paso al terror al notar Gutiérrez que no estaba solo. Los castaños rizos enrulados de su inquieta nieta se chocaban graciosamente contra su ancha nariz y le provocaron una increíble sensación de soledad mientras comenzaba a cruzar la calle. Hay mucha gente alrededor, pero Gutiérrez sólo ve a su nieta. Y al chiquillo. La primitiva matemática del policía calcula si su cuerpo será lo suficientemente grueso como para detener las balas que podrían dañar a su adorada nieta. El suelo de la calle derrite las pisadas que se hacen infinitas. El corazón de Gutiérrez late como nunca lo ha hecho. El aire ya no es el mismo. Falta. Y el calor de verano se transformó en un infierno húmedo.

Aire. Aire.

El instante se puede quebrar en mil pedazos. Sólo las miradas penetrantes de ambos personajes mantienen la fluidez de la escena. Saben que uno puede morir, pero ninguno sabe si el otro no lo va a matar primero. El asfalto, la ropa pegajosa, el aire… todo quema. Se ha elevado la temperatura a mil grados.

Los ojos.

El pánico de Sebastián se descontrola por completo y sus labios dan forma a un ridículo gesto curvo que asemeja a una sonrisa tímida. Gutiérrez está a punto de dejarse caer al piso para cubrir a su nieta. Horrorizado percibe que el sádico le ofrece su mejor sonrisa. Lo único que sus crispados nervios coordinan es a responder con una sonrisa leve, con un dejo de complicidad, mientras desvía la mirada hacia el frente y apura el paso.

Sebastián llega a la otra vereda y el mundo nuevamente emite sonidos, olores y colores… camina muy lento pues está a punto de desmayarse por el terror que aún conserva dentro.

Camina más lento ahora. Respira. La mirada del niño maduró a la del hombre en tan solo un simple cruce peatonal. El chico de unos quince años que cruza delante de él, no soporta conservar la vista sobre los ojos de Sebastián y desvía la mirada a una vidriera. Medio con desdén, medio con temor.

Sebastián percibe la forma dura y barroca del arma en el interior de la bolsita amarilla y piensa “ Acá está todo bien…”.

Posiblemente no se deshaga de la 45, después de todo…

FIN.