Me quedé atrapado en la estación de Metrobús Durango


Al vivir por varios años en la Ciudad de México, es natural darse cuenta que el clima tiene su propia rutina. La terquedad con la que el clima sigue sus patrones puede ser enviadable. Particularmente para quienes nos terminamos desvelando por escribir una idea. O aquellos que nos gusta dormir esos 15 minutos más en la mañana. Que siempre terminan siendo 45 minutos.

Y a pesar de que el clima se mantiene dentro de ciertos parámetros, a veces nos termina tomando por sorpresa. Es altamente probable que en mayo vaya a llover en la tarde. Es áltamente probable que terminemos varados en una estación de Metrobús sin paraguas. Cargando la laptop, como fue mi caso en la estación del Metrobús Durango.

A veces la lluvia es lo suficientemente ligera como para pretender caminar tres cuadras. Pero a veces hay una pared de agua que cae enfrente de la salida de la estación del metrobús. Caminar tres cuadras bajo esa circunstancia te asegurará terminar empapado. La sobrevivencia de tu laptop y de tu salud no la garantarizará nadie.

Y es en esta situación cuando se presenta uno de esos problemas cotidianos que terminan por sacarte de la rutina. Puede ser que estes absorto con ideas del trabajo o de tu novia, pero estar varado en la estación de Metrobús Durango hará que estes presente en el momento.

Mi inclinación natural fue esperar un rato a que bajara la intensidad de la lluvia. La ciudad continuaba con su dinamismo mientras yo permanecía estático. La gente por alguna razón estaba más seca de lo que la situación ameritaba. Supongo que habían tomado sus precauciones.

Me dispuse a leer un libro sobre la filosofía estoica. Los estoicos tienen algunos tips útiles para afrontar ese tipo de situaciones. Como por ejemplo la visualización negativa, que consiste en pensar que la situación podría estar peor. Por ejemplo, la tormenta me pudo haber sorprendido caminando y ya habría estado empapado.

Mi nueva afición a meditar, que empecé hace 22 días me sirve bien para eliminar la desesperación y ansiedad que normalmente esta situación presupondría. Hasta que pasan 40 minutos y me doy cuenta de que la lluvia probablemente seguirá una hora más y que los recursos mentales y espirituales no serán suficientes para solucionar la situación.

La segunda opción, dado que esperar no funcionó, era correr y encontrar una serie de resguardos en mi camino. Sería la versión inversa del niño saltando entre charcos y salpicando a la gente: el adulto invadiendo paraguas ajenos. Sin embargo, al observar que la gente con paraguas tampoco tenía tanto éxito en escaparse de la lluvia, me di cuenta que esa no era la opción.

Por lo tanto, la tercera opción es la opción que naturalmente tomaría un niño. Salir a mojarse, saltar de charco en charco y pasar un buen rato bajo la lluvia. Si bien llegando a mi departamento me podría haber bañado para evitar un resfriado, mi laptop seguramente no iba a tener la misma suerte. Tuve que descartar esa opción.

La cuarta opción, era tomar el metrobús al metro Sonora y esperar un rato en el Sanborns de Galerías Insurgentes. Pero últimamente he pasado tanto tiempo en cafeterías que arriesgar la laptop podría ser considerada como mejor opción.

La quinta opción era salir a la banqueta y rápidamente conseguir un Taxi que me llevara al departamento. Afortunadamente, las estaciones de Metrobús o son un salto al vacío o un gran ventanal de vidrio. Pude ver que quienes compartían mi situación y probaron esta opción no habían sido muy exitosos. Todos los taxis iban llenos. Esta opción quedó descartada.

Mi última solución no existía hace tres años. Y si por los taxistas fuera, no existiría nunca. Terminé pidiendo un Uber. Eso si, con la tarifa a 1.4X más de lo normal y con 20 minutos de espera. Pasé una hora varado en la estación del Metrobús, pero únicamente me mojé lo suficiente para reacomodar mi peinado y llegar seco y con estilo a mi departamento.

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