Reconstrucción

Al inicio de este año describía a México como un compuesto de individuos egoístas, incapaces de empatizar y sensibilizarse ante los problemas de otros. Hoy me alegra enormemente no tener razón.

Hace una semana, el pasado martes 19 de septiembre a las 13:14 horas México se sacudió con fuerza, en su geografía, pero especialmente en su conciencia.

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Inmediatamente después del movimiento comenzaron a llegar rumores de colapsos, ¡cayó un edifició a unas calles!, ¡hay gente atrapada!. Antes de cualquier pronunciamiento oficial, antes que cualquier autoridad se movilizara, la gente comenzó a correr a los lugares donde se sabía pasaba algo y era imposible no obedecer el llamado de aquél enjambre solidario que se adentraba sin miedo en un siniestro velo de polvo que lo nublaba todo. Sin siquiera haber superado el mareo una enorme maquinaria removedora de piedras y salvadora de vidas ya se encontraba instalaba sobre los escombros, sacando a las primeras personas sin esperar a que alguien más lo hiciera. Su mecanismo se componía de larguísimas cadenas humanas que abarcaban avenidas y calles completas, llevando por un lado enormes piedras, mientras al mismo tiempo otra línea acarreaba rápida y eficientemente los primeros víveres en dirección contraria, adelantándose sabiamente a las largas jornadas que se adivinaba vendrían.

Un hombre con su caja de bolear en el suelo, entregaba una enorme piedra a una modelo, que a su vez la pasaba a un oficinista en traje, que sin haberse quitado la corbata ni arremangado la camisa transportaba la roca a manos de la conserje de un edificio vecino para apenas poder sostenerla hasta que un joven se acercara para finalmente tomarla, arrojarla y repetir el proceso frenéticamente durante horas, una y otra vez, y con una eficiencia admirable.

Piedra por piedra, objeto por objeto era transportado por las manos de cientos de hombres y mujeres con historias tan distintas entre sí, que en ninguna otra circunstancia hubiera sido imaginable verlas trabajando tan unidas.

Rebecca Blackwell/The Associated Press

Entre toneladas de escombros, varillas retorcidas, astillas de muebles, ropa rasgada, lágrimas, sudor y sangre, decepciones, ilusiones, renaceres y esperanza, entre incontables esfuerzos, México encontró una sociedad imponente, enorme y extrañamente ejemplar, que se encontraba ahí, enterrada profundamente en nuestras conciencias y que hoy está de pie, desempolvándose y lista para avanzar. Como una madre que nota cuando a su hijo comienza a cambiarle la voz, nos encontramos ante un México que muestra madurez, que es capaz de organizarse, de donar, transportar, distribuir, gestionar, levantar, limpiar, rescatar, controlar, respetar, entender, compartir, aprender, capaz de desbordarse en y para sí mismo. México se levantó con su verdadera estatura, así, con “M” mayúscula, seguido por su minúsculo gobierno, que al lado de él lució pequeñísimo e insignificante, pero sobre todo, temeroso de su tamaño y resuelto a obedecerlo. Y así fue, México tomó el control y orquestó su propio rescate.

AP

Hoy sabemos que somos capaces de tomar al país entre nuestras manos y moldearlo. Ahora que nos sabemos capaces, podemos ir comenzando desde hoy a construirnos un gobierno a la altura de esta sociedad y que verdaderamente nos represente, que sea capaz de entregar cuentas, de garantizarnos seguridad, de educar mejor, de proveer mejores servicios de salud, de destinar sus recursos a sus verdaderos fines, y que de una vez por todas se obligue a que se comience en serio una verdadera lucha contra la ya insoportable corrupción.

Una semana después la alerta todavía resuena, el temor sigue latente, muchos aún no logran conciliar el sueño, la pena pesa y esa nube de polvo apenas termina de disiparse, pero es emocionante pensar en lo que viene ahora que toda una generación se dio cuenta que funcionar en conjunto es posible, que este ímpetu septembrino puede inyectar la potencia que hace falta para la reconstrucción, la profunda, la que hace falta, la que de verdad pondrá en marcha a este México que hoy luce enorme.

No son escombros lo que queda, es terreno fértil para recomenzar.

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Adonde yo soy tú somos nosotros.
-Octavio Paz.

#FuerzaMéxico
#Reconstrucción

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