Evita vive

Por MARÍA MORENO

Decir que Evita vive no significa renegar de su muerte. Tampoco invertir su áurea en un futuro imaginario que la apropiaría para una causa: “Si Evita viviera sería montonera”. Ni materia útil para una fábula edificante, ni juicio político desde la subjetividad de un presente del que ella no es responsable.
A Evita no se la desenmascara, se la inventa en función de un proyecto. Para eso vale la pena ir hacia ella a través de su sistema de objetos, de aquellos con los que se construyó una iconografía clásica.

LA CABELLERA
Su cabellera es una idea. Oscura, acompaña su historia cuando vive entre las sombras de la bastardía y de la, también oscura, vida artística. La tintura rubia remite a la falsificación de una estrella de Hollywood pero más tarde tendrá un sentido: Julio Alcaraz -el peluquero- pone esa cabellera a tono con las veladas en la Ópera y el Vaticano, rizándola sobre la frente o retorciéndola en bananas que se detienen antes de desnudar la nuca. Los sombreros adornados como huertas, el peinado barroco, son de la época en que aún aspira a la integración, cuando es la concubina notable que calla menos por pasividad que por exceso de atención.
Se dice que cuando un hombre deja de amar a una mujer, se lleva a otra mujer la luz de su deseo, por eso en nuestra imaginación, la Otra es siempre rubia. Evita, iluminada por el amor del pueblo sería rubia más allá de todo artificio. 
Entregada a su misión, busca la identificación de los trabajadores usando ese pañuelo paisano que protege durante las tareas en las que se evaporan sustancias dañinas. Según el estilo peronista se lanza a hacer primero lo que quiere que sea imitado. El trabajo será para Eva un ejemplo con la misma mística del general Rosas cuando seducía a los gauchos siendo el primero en la destreza de la doma y la pialada. Cuando la misión se hace el ser de Eva, ella cruza ascéticamente su cabellera sobre la nuca. Es el peinado que eligen los que han renunciado a la seducción: lejos de la intimidad que derrama los cabellos sobre los hombros, se quiere inabordable. Ningún semiólogo de entonces debió advertir en esas trenzas fuertemente enlazadas su semejanza con el escudo nacional, con los laureles por su forma, con las manos por su estrechamiento de unidad. 
De ese peinado no se suelta un pelo, tiene ya la consistencia anticipatoria del bronce.

JOYAS, CONDECORACIONES, ROPAJES
No los usa por privilegio sino como representación. Si ella llegó abre el camino a cualquiera. Porque ella, una cualquiera, es reina ante los reyes, incluso los de la Iglesia. Evita asegura que cuando muera esas joyas, esos ropajes, servirán como garantía al pueblo para la adquisición de bienes. Así completa la operación mítica: lo que ella tiene no lo tiene en lugar de ellos, es algo que ella tiene de ellos, que han sido usurpados, y que les será devuelto luego del pasaje purificador por su cuerpo de “plenipotenciaria”, de “ministra de los humildes”.

LA MUÑECA
En un pobre día de Reyes Juan Ibarguren regala a Evita una muñeca que le ha costado más barata puesto que le falta una pierna. “Ha caído de un camello, pobrecita”, explica. La muñeca fallida es cubierta por un vestido de fiesta y Evita -cuenta su hermana Erminda- la querrá más que a ninguna. Como si fuera más fastuosa por más falta, pero Evita ama sin interpretar. Muchos años más tarde Evita se reproducirá en una muñeca semejante. Si la muerte la trabaja por despojamiento, espiritualizándola, el trabajo de la taxidermia la devuelve pequeña y perfecta. “Está tan entera como cuando estaba viva”, dice el profesor Ara.
A través de la ciencia, Evita le ha birlado su muerte a la naturaleza reproduciéndose en un facsímil acostado como la Bella Durmiente. Con ese fetiche se aspira menos a una ilusión de eternidad que a volver infinita la mediación de su cuerpo entre el poder y el pueblo.
Luego de varios raptos, puesta de nuevo ante los pies de Perón en su exilio, una Isabel de segunda palpará el dedo cortado, comprobará la herrumbre de las horquillas, esa mejilla mustia por alguna casual exposición al aire libre y se lamentará porque la inolvidable es un ícono que aun deteriorado ya no volverá a ser nunca un cadáver.
No se embalsama para sepultar y, sin embargo, como una nueva burla a la oligarquía, en la Recoleta, el cadáver de una ilegítima no envejece.

PLENIPOTENCIARIA
Diplomacia y vínculo de plenos poderes pero también un sueño: que el poder se realice a partir de una suerte de plebiscito perpetuo, pierda su abstracción y opere a través de un cuerpo presente. Durante el renunciamiento, el pueblo le dice no a Evita en un diálogo que ahora sólo se ha vuelto habitual en un ámbito radicalmente distinto, el de los recitales de rock and roll. En la estrategia de Eva como gobierno le importa -en contra de la tendencia a los programas globales- lo particular de la desdicha argentina: el trasplante de hígado a una niña de ocho años, una pierna ortopédica, el incendio que se lleva las herramientas de una empresa casera, la falta de dentadura postiza, el deseo de una bicicleta. Si se trata de poner el cuerpo, el límite es la muerte. En el final, Eva se desangra.

LA MÁQUINA DE COSER
La madre, allá en Los Toldos, “cosía” para afuera. A veces había que levantarla de la cama entre todos, las llagas le cubrían las piernas. Sin embargo Evita reconoce en la máquina de coser la superación de la esfera doméstica en beneficio de una pequeña industria no incompatible con la casa. Regalándolas en cantidades desde la Fundación, hace que las mujeres, al dar abrigo fuera de sus hijos, conozcan la primera forma de libertad: el dinero.

POBRE CHICA, HUMILDE MUJER, MUJER DE PUEBLO
El protocolo de una exigencia, el rendezvous con el que el subordinado inicia su discurso, sea de reclamo como de intimidación, de saber sin poder a un poder sin saber. Duchas en esta fórmula eran Sor Juana y Mariquita Sánchez y la usaban para enmascarar con muletillas retóricas sus transgresiones. El nombre de esta figura retórica: modestia afectada.

LA URNA
La abrió a las mujeres “por Perón y para Perón”. Era su manera de enunciarlo y de conseguirlo. Que no fuera por ellas es algo que murió con su conciencia, que fuera para ellas es lo que ellas deberían ganar en el futuro.

LA VOZ
La actriz modula una dulzura persuasiva, una firmeza mediante la cual no hace más que remedar a la de Catalina la Grande, la de Juana de Austria, la de Isadora Duncan (personajes que ha hecho en la radio). Ebria de su personaje, incorpórea en un sueño de fusión con quienes la escuchan, esas cuerdas se quiebran por el peso múltiple -durante la escena del renunciamiento- de las voces populares. Entonces Eva rinde su voz.
Nunca su “Por Perón y para Perón” sonó más precario. En su deseo de aceptar el puesto que le concedían, la ambigüedad marcaba sus palabras “sigo prefiriendo ser Evita” pero también “Yo haré siempre lo que diga el pueblo”, “No me hagan hacer lo que nunca quise hacer”, pero nuevamente “Como dijo el general Perón (comprometiéndolo) yo haré lo que diga el pueblo”.
Esa voz que ya no puede tener un timbre, una particularidad, puesto que se va fundiendo en la historia, tiene una extraña semejanza con la de una de sus rivales: Victoria Ocampo.

EL ODIO
El odio es precursor del amor, aquello que permite expulsar del yo lo que amenaza su integridad. En el campo social, odiamos a nuestros enemigos mucho a antes de amar a nuestros amigos. Para Franz Fannon, en nombre de los condenados de la tierra, el odio es un sentimiento prerrevolucionario. La violencia de la voz de Eva como la de las Madres de Plaza de Mayo atormenta porque no cederá hasta que se cumplan sus demandas, la justicia ofendida no podría jamás expresarse en retórica dulzura.

EL OLVIDO
Evita vive. Es decir, ésta es una ficción alrededor de su anatema sobre el olvido. “Soy de las que no olvidan”, dice.
En principio se trata de su novela familiar: el 8 de enero de 1926 Juan Duarte muere en un accidente de automóvil y sus restos son velados en Chivilcoy. El féretro y la violencia separan a las dos familias del muerto: de un lado, Estela Grisolí y sus hijos, del otro Juana Ibarguren y los suyos.
Este gesto de apropiación de un vínculo no bendito, al irrumpir su madre en la casa de la familia legítima, es el verdadero acta de nacimiento de Eva que, como Jesús y como Adán, no tiene padre. Por eso más tarde ella, al borde de ser Perón, hace desaparecer el acta de los registros de Los Toldos (1919) y la sustituye por una ubicada en Junín (1922). Por una suerte de partenogénesis administrativa se da un padre, y ese será el único intento de blanqueo de un origen que convertirá en bandera de desagravio. Para saber quién es, Evita sólo cuenta con la palabra de su madre y su propia memoria. Es así que el bastardo se erige en guardián del recuerdo y todos sus actos se fatigan en una reparación posible: la Ciudad Evita, la Fundación Eva Perón, el monumento a Eva Perón… Es necesario multiplicar el nombre que la ley ha legitimado menos como propaganda que como confirmación infinita que purifique esa mancha original.
Mientras tanto: “Soy de las que no olvidan”, y ese apotegma llevado a la vida política significa una fanática división entre los leales y los traidores, un continuum de odio hacia los enemigos, pero también esa necesidad de ir uno por uno hacia los descamisados redistribuyendo a lo Robin Hood los bienes usurpados, en una economía utópica, sometida a la prueba de verdad porque ella, Evita, pone el cuerpo hasta perderlo.
Otra genealogía de la justicia ofrecía Perón al afirmar: “Señores, ante tanta insistencia les pido que no me recuerden lo que hoy ya he olvidado. Porque los hombres que no son capaces de olvidar no merecen ser queridos ni respetados por sus semejantes y yo aspiro a ser querido por ustedes”.
Fatídicos como suelen volver los textos del pasado quitados de contexto, este adquiere una alarmante anticipación. En un artículo memorable, escrito por Ramón Alcalde en la revista Sitio de noviembre de 1987, luego de la promulgación de la Ley de Obediencia Debida, se leía que el indulto es el acto por el que un presidente, investido con las potencias de un monarca absoluto, libera de la pena a un condenado otorgándole su gracia o clemencia. Este indulto puede ser -señala Alcalde- una prudencia o una imprudencia. Y es inimaginable el indulto a un condenado que se jactase de la acción por la que fue penado, anunciara públicamente su decisión de vengarse o su voluntad de seguir realizando esa acción siempre que le pareciera conveniente. Semana Santa y otras fechas inconmutables muestran que aquellos a los que se libera de la pena no se hallan cristianamente apenados. (Nos referimos exclusivamente a los indultados por la dictadura militar y sus obedientes). Del mismo modo la magnanimidad de la amnistía -sigue Alcalde- solo puede aplicarse desde un poder vencedor absoluto, donde un adversario de antaño se ha visto reducido a la impotencia o eliminado el motivo de enfrentamiento “mediante alguna reestructuración del estado de cosas inicial”. De lo contrario se convierte en irresponsabilidad. De ahí que el olvido, Eva lo sabía bien, dé lugar a la repetición.
Eva no indulta y si, luego del levantamiento del 28 de septiembre de 1951, no está en la balaustrada del balcón presidencial es porque ya sólo sobrevive de transfusiones de sangre. Luego usará fondos de la Fundación para comprar cinco mil pistolas automáticas y mil quinientas ametralladoras para ser entregadas a los obreros en caso de repetirse el suceso. Más allá de lo aventurado del gesto, y tal vez porque ella homologaba en la palabra “oligarca” a todos los enemigos del pueblo (incluso a los que se alejaban de él como los intelectuales), no podía soñar una paridad que supusiera una conciliación.
Para una iconografía de la resistencia: Evita, vestida por Paco Jamandreu y un “sencillo” collar de perlas, en un tarot popular donde la carta de La Templanza ha sido levemente modificada: las corrientes antagónicas no se juntan en un río común, las jarras que Evita levanta permanecen en alto esperando el fallo de la Justicia, donde el perdón se convierte en el protocolo para con los arrepentidos y definitivamente vencidos.

Escrito en 1989

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