García Lorca, el vanguardista

(A propósito de una nueva biografía de Federico García Lorca que apareció en 2001 escribí este texto para el suplemento Cultura del diario Clarín)

Un par de semanas antes de su muerte, Federico García Lorca tuvo una pesadilla que lo horrorizó. Había soñado que un grupo de mujeres ataviadas con velos oscuros lo amenazaban con crucifijos negros.

Eran los primeros días de la insurrección de Franco contra la República Española y en todas partes se empezaban a conocer las atrocidades que estaban cometiendo los falangistas en los sitios que habían conquistado. Ya los fusilados sin juicio y los torturados hasta morir se contaban por miles. Granada, la patria chica del poeta, en donde se había recluido Federico para escapar de las convulsiones políticas que conmovían Madrid, estaba bajo el control de la Falange.

Federico García Lorca de niño

Durante los primeros días de agosto de 1936, una patrulla falangista había requisado en dos oportunidades la Huerta de San Vicente, que pertenecía a la familia del poeta, buscando una inexistente “radio clandestina que permite al degenerado homosexual Federico García Lorca comunicarse con Moscú”. A pesar de que desarmaron hasta el piano y no encontraron nada que incriminase a García Lorca, en represalia se llevaron detenido al casero y lo torturaron tan salvajemente que sus hijos no lo reconocieron cuando volvió un par de días más tarde.

No se trataba sólo de una guerra civil más: había comenzado una cruzada religiosa fanática, alimentada por el odio y una crueldad sin límites.

Según Lorca, sueño de una vida, la nueva biografía escrita por Leslie Stainton, a comienzos de 1936, el escritor — que estaba por cumplir 38 años— ya se había convertido en el símbolo de la España republicana y progresista: por su obra innovadora, por la popularidad que había alcanzado, porque cada estreno suyo se convertía en un campo de batalla ideológico y por su estilo de vida, demasiado desprejuiciado para conservadores que añoraban la Edad Media.

Stainton consultó un centenar de cartas a las que hasta ahora no habían podido acceder sus otros biógrafos (debido, especialmente, al explícito contenido sexual de las mismas), y obtuvo importante información nueva en entrevistas con decenas de conocidos del poeta que le contaron cosas que antes habían callado.

García Lorca con Salvador Dalí

El Lorca que aparece en esta nueva biografía no se opone al esbozado en mil otros retratos, pero ahora se comprende mejor la gran importancia que tuvo para su obra (y en especial para sus trabajos más innovadores) su progresiva aceptación de su homosexualidad (que llegó a un desenfadado orgullo en sus años finales). También permite comprender mejor la importancia capital que tuvieron los viajes a América que realizó durante la última década de su vida.

A 16 kilómetros de Granada y a 48 del Mediterráneo se encuentra el pueblo de Fuente Vaqueros. Allí, en el corazón de Andalucía, en la medianoche el 5 de junio de 1898 nació uno de los grandes poetas del siglo XX: Federico García Lorca, el mayor de los hijos de Federico García Rodríguez y de Vicenta Lorca. Dada la época y el ambiente rural, su familia era excepcionalmente liberal: desde niño sus padres apoyaron sus intereses artísticos, su apego por las fantasías románticas.

Muchos años más tarde Lorca recordaba una noche de su infancia, cuando su madre le leyó Hernani, de Víctor Hugo: “Me sorprendió que las mucamas lloraran porque yo no entendí el argumento, pero gocé intensamente de esa atmósfera poética”.

Desde niño intuía que iba a ser artista, pero no sabía que iba a ser escritor: creía que iba a ser músico. De pequeño aprendió a ejecutar en el piano las obras más complejas: ya en su primera juventud maravilló con sus conciertos hasta a los músicos más exigentes, como Manuel de Falla, que llegaría a ser su amigo. Aunque escribía versos desde que aprendió las primeras letras, le llevó casi 20 años descubrir que la poesía era su destino.

Lorca con Barradas y Buñuel, entre otros, en 1923

En 1920 ingresó a la Residencia de Estudiantes de Madrid, que era un equivalente provinciano de Oxford o Cambridge (cuando pasaban por la capital española, Einstein o Le Corbussier daban conferencias en la Residencia). Allí conoció y se hizo amigo de dos de los más grandes artistas españoles de su época: Salvador Dalí (que también fue uno de sus primeros amantes) y Luis Buñuel. En la Residencia, como en todos los lugares que frecuentó, era el centro de atención.

A pesar de que era un mal alumno -apenas si aprobó trabajosamente sus estudios universitarios para conformar a su padre-, era popular y querido entre los estudiantes y profesores. Se pasaba horas en los bares, bebiendo y charlando y cantando y tocando el piano y recitando sus poemas. La vida de café le parecía esencial para un artista: “En los cafés aprendes más que en los cursos, los debates son más interesantes, los intercambios más generosos y además todo es más placentero”, le comentó a un amigo que le recriminaba su incapacidad para seguir la carrera universitaria.

A los 20 años ya no podía negar que le atraían los hombres exclusivamente, pero todavía no sabía cómo sobrevivir al desprecio de la mayoría: por entonces en los países latinos, pero especialmente en España, los grupos religiosos habían impuesto la idea de que la homosexualidad era algo tan horrible y extraño a lo humano que ni los más afeminados se reconocían homosexuales.

Sin embargo, la hipocresía que veía a su alrededor le exasperaba más que el tener que ocultar sus deseos: la mayoría de sus compañeros de la Residencia tenían habitualmente relaciones homosexuales, pero las “disculpaban” como una “fase de su vida que superarían”. Como los muchachos de los internados ingleses de la época victoriana, los jóvenes madrileños de la época de Alfonso XIII creían que el homoerotismo que caracterizaba su vida diaria era el precio que tenían que pagar por su educación selecta, antes de convertirse en lo que ellos suponían que eran “varones de verdad, los que se casan y tienen hijos”.

A diferencia de Dalí, la homosexualidad fue el tema central de la vida y del arte de García Lorca. Esto lo entienden mejor los biógrafos del poeta granadino que los críticos literarios, para los cuales la sexualidad de Lorca es algo externo a la obra.

Su poesía está tan ligada a su sexualidad que su liberación erótica antecede -y es causa- del increíble salto hacia adelante que experimenta su obra. Cuando Lorca va a Nueva York y a Cuba, ha publicado ya una obra maestra, el Romancero gitano, pero casi todo lo demás que había escrito hasta entonces estaba muy lejos de esa cima. En los Estados Unidos y en Cuba Lorca experimenta un destape emocional, sexual y existencial que lo transforma: desde su hermano e inseparable compinche Paco hasta Buñuel -que desaprueba este destape-, todos coinciden en que Lorca vuelve completamente cambiado: de aspecto, de carácter y también cambiada su escritura.

Ya no oculta sus conquistas masculinas o apenas sí lo hace: a veces, sus amigos lo encuentran en su departamento desnudo junto a otro joven -el poeta Luis Cernuda, por ejemplo- y “riendo les dice que estaban practicando lucha griega”. Ha comenzado a escribir las que serán sus mejores obras, tanto en teatro como en poesía; sobre todo el que él mismo consideraba su mejor poema: “Oda a Walt Whitman” (que no casualmente es un canto al amor a los muchachos).

Tras este destape también escribe su obra teatral más vanguardista, que no pudo ser estrenada sino más de cuatro décadas después de la muerte del poeta y todavía entonces desató polémicas: se trata de El público, cuyo tema también es la homosexualidad y el doloroso juego de máscaras en que se convierte la vida cuando está dominada por la hipocresía. Lorca es cada vez más estéticamente osado: se adelanta dos décadas al teatro del absurdo, a Beckett, a Pinter. En carta a uno de sus amigos le comenta, a propósito de esta obra: “Voy a superar a Oscar Wilde; al lado de lo que estoy escribiendo, su teatro parecerá la obra sosa de una viejita fláccida”.

A la vuelta de su primer viaje comienza a escribir las obras teatrales que le ganarán una popularidad estruendosa: La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre y, sobre todo, Yerma (la más polémica, la más amada y la más vilipendiada, la más compleja, la que le valió elogios de Dalí -después de siete años de distanciamiento- y de la mayoría de los artistas de Europa). También escribe, pero no logra ver estrenada, Doña Rosita, la soltera.

Un año antes de ser asesinado por el grupo de fanáticos falangistas que comandaba Ramón Luis Alonso, Lorca mantuvo una conversación íntima (como nunca había sostenido con nadie que no fuera homosexual) con el director teatral Cipriano Rivas Cherif. “Desde mi infancia sólo me atraen los hombres; nunca conocí a una mujer y no me importa”. Rivas Cherif le dijo que se estaba perdiendo conocer a la mitad de la humanidad. Lorca le respondió: “¿Acaso los heterosexuales no renuncian a la otra mitad, no crees que se están perdiendo la posibilidad de encontrar otros sentidos, de conocer la multiplicidad de la vida, de descubrir el misterio?”.

Lorca, según contó Rivas Cherif 30 años después de esa conversación, continuó así: “A mí no me gustan los afeminados, no me atraen, pero ellos también tienen derecho a ejercer su elección; en el fondo, lo que creo es que el amor por el mismo sexo es un acto poético; ya que implica una nueva moral, la moral de la libertad, y eso es lo que he tratado de expresar en mi poesía”. Lorca elogiaba que “en una pareja del mismo sexo no hay regateos estúpidos; no hay roles… sólo goce mutuo”.

A mediados de los años 20 había logrado el reconocimiento por Romancero Gitano. La crítica y el público madrileños lo habían reverenciado por ese libro: gracias a él conoció por primera vez la popularidad. Pero, según Lorca, “no habían visto más que lo superficial; una especie de reivindicación de la cultura popular andaluza, aunque se les había escapado que era poesía universal, para nada local”.

A pesar de que ya había empezado a ser reconocido antes de viajar a Buenos Aires, fue en la capital de la Argentina que García Lorca encontró su apoteosis. En el teatro Avenida, la compañía de Lola Membrives puso en escena varias de sus obras teatrales y conmovió al público porteño hasta tal punto que Lorca se transformó en una celebridad absoluta. Estaba agotado por la cantidad de invitaciones que tenía.

Victoria Ocampo, siempre preocupada en cazar celebridades, lo invitó a una cena íntima a la luz de las velas e intentó llevárselo a la cama: Lorca huyó horrorizado. A pesar de eso, la escritora no le guardó rencor y fue su primera editora rioplantese al publicar el Romancero en Buenos Aires. Durante los meses que Lorca permaneció en el país su libro de poemas agotó dos ediciones. Las entradas para sus conferencias se agotaban en minutos y era tal la demanda que tuvieron que transmitirlas por radio, lo que por entonces era toda una novedad: tuvo un público tan masivo que se decía que nadie en Buenos Aires se quedó sin oírlas.

Menos Borges (que lo malinterpretó hasta el punto de calificarlo de “andaluz profesional”), en Buenos Aires todo el mundo admiró y adoró a García Lorca. Eran tantos los banquetes en su honor y tantas las invitaciones que recibía a diario que confesó que a veces no sabía dónde ni con quiénes había estado. Sin embargo, sí sabía quienes eran los muchos muchachos que frecuentaban su cuarto en el hotel Castelar, en el que solía recibir a la prensa en bata de baño o directamente desnudo, si estaba por afeitarse.

Lorca se enamoró de Buenos Aires. En las cartas a sus padres, además de contarles que estaba ganando mucho dinero por primera vez en su vida, no se cansa de ensalzar a la capital argentina: “Es una ciudad maravillosa; es como me gustaría que fuera España: cosmopolita, llena de amigos, desprejuiciada, tumultuosa, desbordante de vida y de cultura. Mientras que en Madrid silban y patalean cuando no entienden una obra, en Buenos Aires te agradecen la dificultad, les gusta exigirse, son un público maravilloso. De Londres, de París y de Nueva York me fui casi disfrutando la partida, pero sufriré mucho al dejar Buenos Aires”.

El poeta del cante jondo, el que había escrito Poeta en Nueva York, el artista que había dicho que tras el respeto mojigato hacia el arte se escondía la hipocresía (“los sonetos de Shakespeare, las obras de Miguel Angel o de Leonardo, lo que de más sublime tiene del arte de Occidente no se puede entender ni disfrutar si no se reconoce primero que es el fruto del amor entre varones; por eso siento que se odia al arte cuando se finge alabarlo al mismo tiempo que se vilipendia ese amor sublime”), el artista más interesante que dio España en los últimos dos siglos fue apresado por una patota de falangistas en agosto de 1936. Federico García Lorca fue arrastrado a su muerte a golpes: fue arrojado rodando por las escaleras de la casa en la que se había refugiado. Sus captores llevaban cruces colgando del pecho y rosarios en sus bolsillos. Eran las cruces negras de la pesadilla del poeta.

Cuando la dueña de casa le preguntó al grupo cuál era el motivo del arresto, uno de ellos contestó: “Sus obras”. Al principio se lo encerró en el edificio del Gobierno Civil, en el centro de Granada. Pero unos días más tarde se lo sacó de allí: fue el 18 o 19 de agosto -aún hoy se desconoce la fecha exacta-.

Se sabe que salió alrededor de las tres de la mañana. Iba esposado junto a otro hombre, Dióscoro Galindo González, un maestro rengo del pueblo que acababan de apresar. Con una custodia de cinco hombres, los dos detenidos fueron llevados a unos 10 kilómetros de la ciudad, a las colinas de la Sierra Nevada. Era una noche sin luna. El auto en que viajaban se detuvo en una construcción del siglo XVIII que se había transformado en un puesto falangista.

Uno de los guardias los llevó junto a otros dos detenidos. Al principio les mintió: les dijo que al otro día serían enviados a pavimentar una ruta. García Lorca entró en confianza con el joven guardia, que se llamaba José Jover Tripaldi, y le convidó los cigarrillos que le quedaban. Entonces el joven falangista se quebró y les contó que los iban a fusilar en un rato.

Lorca quedó tan aturdido como si le hubiesen dado un golpe fuerte en la cabeza. Trató de rezar una plegaria, pero no pudo. “Mi madre me las enseñó todas, ¿sabes? -le dijo a Tripaldi -, y ahora las he olvidado.” Ahí rompió a llorar y entre lágrimas agregó: “¿Estaré condenado?”. Fue lo último que dijo. Poco después, junto a una hilera de olivos, hablaron las balas.

Se lo enterró en una de las tantas fosas comunes que hay en el camino que va de Víznar a Alfacar. Su cuerpo nunca fue encontrado. El 19 de agosto de 1937, exactamente un año más tarde, su amor de los últimos años, el ventiañero Rafael Rodríguez Rapún, murió luchando por la República cerca de Santander.

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