Lenguaje inclusivo:

Una solución falsa para un problema que no existe

¿De qué hablamos cuando hablamos de lenguaje inclusivo? La pregunta es pertinente porque se usa la expresión “lenguaje inclusivo” para significar distintas cosas. Algunos de esos sentidos se ajustan perfectamente a la dinámica propia del castellano, pero hay otros que se oponen radicalmente, hasta el punto de plantear que nuestro idioma ya no sirve para expresar la cultura de nuestra época.

UNO

Veamos primero los significados que se ajustan a la dinámica del castellano.

Si con lenguaje inclusivo se quiere aconsejar un uso del castellano que no discrimine a las minorías, a las personas con discapacidad o a los que padecen tal o cual enfermedad, podemos ver que hoy es muy poca la gente con cierto predicamento social que podría oponerse a esto. La mayoría de las guías de uso del castellano tienen en cuenta esta cuestión.

Hasta hace un par de décadas era normal usar “mogólico” como palabra despectiva (para magnificar el significado ordinario de “tonto” o “imbécil”). También se usaban palabras comunes (judío, gordo, puta) como insultos. Hoy el uso de todos esos despectivos está mal visto socialmente. Esto sucedió luego de una amplia campaña de concientización sobre el efecto nocivo que tiene usar esos términos como despectivos sobre las comunidades estigmatizadas. Por supuesto que no vivimos en un mundo perfecto: mucha gente sigue usando esas palabras como despectivos, pero eso solo es común en ámbitos cada vez más minoritarios (y cuando sucede en los medios de comunicación o en instituciones poderosas, inmediatamente ese uso causa rechazo).

Otro sentido que se suele dar a “lenguaje inclusivo” apela a un uso del lenguaje que visibilice a las mujeres. ¿Qué significa esto? Muchas cosas. En el sentido estricto es generar (y usar) palabras femeninas para profesiones que hasta hace poco tiempo no contaban con personal femenino: por ejemplo, “legislador” se complementará con “legisladora” (diputada, senadora, concejala y hasta presidenta -no necesaria porque “presidente” es neutro-, pero fue pedido por el colectivo feminista y aceptado por la mayoría, ya que no genera ningún problema en la estructura de la lengua).

Si el significado de “lenguaje inclusivo” fueran solo estos dos que acabo de señalar (un uso no discriminatorio con las minorías y los desaventajados, y una política de visibilización de las mujeres cada vez que el contexto lo requiera o lo permita) no habría ninguna discusión lingüística. El castellano, como todo idioma vivo, vive cambiando y todos estos cambios -que provienen del uso- son completamente lógicos, normales, cotidianos.

Todas las lenguas aceptan cambios (a veces muy radicales) en el nivel léxico, a nivel de los fonemas y a nivel de ortografía. También (y de manera más general y común) en el nivel del uso de la lengua. Por ejemplo, todos los idiomas permiten introducir neologismos (en castellano: astronauta, oftalmólogo, disquete, whisky, fútbol) cuando aparecen prácticas que antes no existían. También cambia la forma en que pronunciamos las palabras: en latín se decía “nocte”, de ahí pasó por varios estados (nojte, noite) antes de llegar a nuestra actual “noche”.

Insistimos: todas las lenguas aceptan cambios. Pero solo los aceptan en el nivel del léxico, de la fonética y de la ortografía. En el nivel gramatical no los aceptan. Cuando un idioma acepta cambios gramaticales deja de existir y nace un idioma nuevo. Cuando los pueblos del occidente del Imperio Romano dejaron de declinar las palabras pasaron del latín al francés, al rumano, al catalán, al italiano, al portugués y al castellano. Un cambio gramatical creó otros idiomas. Fue un proceso inconsciente y llevó siglos. No se conocen cambios gramaticales que permitan seguir hablando la misma lengua. Tampoco se conocen cambios de idioma que hayan surgido de una militancia ideológica.

DOS

Veamos ahora la nueva forma en que se habla de “lenguaje inclusivo”: la creación del neutro para usar como genérico, cuando se incluya en una frase a varones, mujeres y todas las identidades sexuales que se quiera.

El castellano no tiene género neutro. Eso no es algo de la cosmética del idioma. No es como cambiar una palabra aislada, incorporar una palabra nueva o ver cómo se transforma (a través de los siglos) la pronunciación de determinados fonemas. Crear un género neutro para remplazar al masculino genérico es un cambio de la gramática: es decir, de la estructura que le da sentido al idioma y que nos permite entenderlo.

Si esta operación -crear un género neutro para referirse a un grupo que incluye diversidad sexual- lograse funcionar dejaríamos de hablar castellano y pasaríamos a hablar otra lengua. Si esta operación fuera exitosa no habría ningún problema, pero recién la veríamos dentro de más de un siglo (contando con que la aceleración de Internet y una posible dictadura de la gente políticamente correcta lograse obligar a todos a hablar en esta forma neutra).

La opción hoy es: ¿seguimos con el castellano o pasamos al género neutro e inventamos otro idioma?

¿Por qué convendría seguir con el castellano? Porque es el idioma más inclusivo que jamás existió. Lo hablan 570.000.000 de personas desde que nacen, desde analfabetos pobres a catedráticos ricos. Se lo habla en más de 30 países, en cientos de culturas distintas, en miles de contextos lingüísticos diferentes. No existe nada parecido al castellano: no son culturalmente semejantes ni el inglés (el idioma más hablado por los que aprenden una segunda lengua) ni el chino mandarín (el idioma más hablado -algo más que el castellano-, pero solo por una parte de los chinos y por nadie fuera de ese territorio acotado de China).

¿Cuál sería el problema que tiene el castellano para que la gente partidaria de crear un género neutro quiera cambiarlo en su gramática? Según los militantes del género neutro (o “lenguaje inclusivo”), el masculino genérico es un resabio machista que debe ser eliminado de la lengua. Esa es la posición que sostiene la gente que apoya lo políticamente correcto. Creemos que se debe a la ignorancia de la gramática castellana.

¿Por qué decimos esto? El masculino genérico no viene del castellano medieval ni del latín, sino del indoeuropeo. Viene del fondo de la generación del lenguaje. Por eso todos lo tenemos en nuestra cabeza antes ya de “aprender” a hablar castellano.

No sabemos cuándo las lenguas que dieron origen al latín y a las lenguas latinas comenzaron a tener términos marcados y no marcados para significar lo particular o lo general, pero sabemos que hace por lo menos 5000 años eso ya estaba en el indoeuropeo, la lengua que dio origen al ruso, al alemán, la sánscrito, al griego, al rumano y al castellano. Posiblemente eso sea mucho más antiguo y remita al origen del lenguaje humano porque esas normas gramaticales están en nuestros genes: nacemos sabiéndolas. Nadie nos las enseña.

TRES

El masculino genérico para significar un conjunto (“todos somos humanos”, por ejemplo) forma parte de una sólida estructura gramatical (es decir, inconsciente y que ya tenemos al nacer en nuestro cerebro) que tiene también al singular como genérico de la cantidad y al tiempo presente de los verbos como genérico de la temporalidad.

Si decimos “San Martín cruza los Andes en 1817 para liberar a Chile” hay 570.000.000 de hablantes del castellano que entenderán esa frase (a pesar de que usé el presente y no el pasado para hablar de una acción pasada; porque el presente puede estar en el lugar de los demás tiempos verbales, ya que es el tiempo no marcado).

Si decimos: “El libro es el mejor soporte cultural que se inventó antes de Internet” hay 570.000.000 de hablantes del castellano que entenderán esa frase (y no creerán que estoy refiriéndome a un libro en particular). Eso es posible porque el singular es la cantidad no marcada en nuestro idioma. Y eso lo tenemos en el cerebro aunque seamos analfabetos.

Si decimos “Todos los que hoy viven tienen más expectativas de vida que los que vivieron hace dos siglos” hay 570.000.000 de hablantes del castellano que entenderán que en esa frase se incluye a todos los seres humanos sin distinción de género, sexo, condición racial o económica.

¿Entonces cuál es el problema con el masculino genérico? Desde el punto de vista gramatical del castellano y desde la comprensión de los hablantes no hay ningún problema. Pero para los militantes de género sí la hay porque detestan que esa generalización se haga en términos de algo que odian: lo masculino.

Pero el masculino genérico no es masculino: es neutro (aunque también masculino; sí, es complejo, y por eso genera tantas confusiones). Se llamó masculino porque incluye en su designación a los varones. Quizá la designación hoy se vea como machista. Pero el masculino genérico incluye un 99% de palabras que no tienen sexo: libro, lecho, árbol, teléfono, cuadro y grifo no tiene pene. Son masculinos por arbitrariedad de la lengua.

Muchas de esas palabras son femeninas en otros idiomas. En castellano se dice “la cama” (en femenino) y en francés se usa “le lit” (en masculino) y así ad infinitum(el “cuchillo” no tiene pene ni la “cuchara”, vagina). También entre los seres animados, el masculino genérico (o el femenino) no significa sexo: El elefante (dicho siempre en género masculino) es macho o hembra y La jirafa (dicho siempre en género femenino) es macho o hembra.

En su ignorancia, los militantes de lo políticamente correcto han confundido “género gramatical” con “género sexual”. Pero en el gramática del castellano no hay varones (ni mujeres ni trans ni ninguna identidad sexual que aparezca alguna vez).

El “lenguaje inclusivo” cuando quiere desterrar el masculino como genérico solo se basa en su ignorancia de la gramática del idioma y en su odio al varón. De esta mezcla explosiva surge un idioma artificial que no habla nadie (ya que aun no ha sido documentada ni una sola persona que hable en neutro “inclusivo” las 24 horas del día, todos los días y en cualquier situación). Es solo una protesta, una militancia.

Si esa militancia es una forma de sentirse bien con las propias ideas y su uso es por parte de los militantes, no hay nada que agregar: tienen todo su derecho de manifestarse cómo quieran.

Pero si se pretende suplantar el castellano por la nueva lengua artificial, y se lo hace a través de la imposición en el ámbito escolar y de la coerción política, ya podemos hablar de totalitarismo.

Igual, toda la historia de los idiomas demuestra que no importa qué salvaje haya sido un poder, jamás nadie logró imponer un lenguaje artificial al conjunto de los hablantes de una lengua natural.

Visto desde esta perspectiva, el “lenguaje inclusivo” es realmente una solución falsa a un problema que no existe.