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La furgoneta callejea por la parte vieja sin un destino claro. ¿Saben que les sigues o simplemente se han perdido? Te planteas volver y el volante se te escurre de los nervios. Entonces, la furgoneta sale de Yepes por la puerta de Ocaña y se dirige hacia la misma ruta que tomaste el día del accidente. Continuas tras los rubios por la carretera comarcal de Noblejas. Van a toda velocidad y tu Seat reacciona a duras penas. En un bache abrupto la suspensión falla y se te desnivela el coche con un chirrido que no anuncia nada bueno. Temes que el maletero se haya abierto con el golpe. ¿Seguro que lo cerraste al encontrarte a Pancho? Te imaginas a Clara volcando del coche y cayendo al asfalto. En ese momento los rubios desaceleran. Están muy cerca del punto de tu accidente y girarán para meterse por una senda que atraviesa un campo de olivos. Tomas más distancia para no poner en peligro tu posición, pero la necesidad de respuestas te hará ser imprudente. Seguirán por un camino pedregoso durante cinco minutos. La furgoneta termina parando en una caseta abandonada. Alrededor, en el suelo, un círculo con piedras blancas delimita una pequeña plataforma. Los dos rubios salen de la furgoneta. O, más bien lo que queda de ellos, porque su apariencia ya no es humana. Su cuerpo es alargado, la piel purulenta y gris, y al caminar balancean, como las trompas de un elefante, sus seis extremidades. O quizás son ocho, no estás seguro. Abren el portón trasero y descargan un anillo metálico. Parece pesado y su tamaño es tal que podría pasar una persona por él. Sin embargo, lo levantan con soltura hasta colocarlo de canto sobre la plataforma. Tú también bajarás del coche para acercarte más. Consigues ver un mando de control que sobresale de la plataforma. Uno de los rubios acciona una secuencia con todas sus extremidades. Se mueven a tal velocidad que sus movimientos cortan el aire con siseos que parecen balas. El anillo se enciende y cambia de color. El suelo vibra como si algo lo estuviese resquebrajando. Un fulgor te ciega durante unos segundos. Cuando consigues ver de nuevo, descubrirás que ahora son cuatro rubios. Gritas asustado. Se dan la vuelta y miran hacia ti. …


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Llegas a la cochera. Al sacar las llaves del Seat se te resbalan por el sudor y caen al suelo. Ves un hilo de sangre en la tierra. Abres el maletero. Se atranca. Lo empujas hacia arriba. Con fuerza. De pronto se abre con un clack. Un sonido de ruptura, un sonido que te duele como si te hubieran partido las piernas. Frente a ti, amordazada y sin ropa está Clara, con la santa reliquia entre sus pechos. La observas durante un rato. Todavía tiene una preciosa piel pálida y blanquecina pero sus ojos abiertos miran a la nada. Coges una lona y la tapas con cuidado de no tocarla. Hay restos de sangre y todo indica que has sido tú. Piensas en tus sueños, en las visiones, en tu accidente. Piensas en los extraños extranjeros y te preguntas cómo has llegado a esta situación. Oyes unos ruidos y cierras con prisa el maletero. Es Pancho, en estado de pánico. Mueve la cola y te mira con terror. …


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Despiertas sin resaca, con un recuerdo sencillo que se fragmenta en trizas antes de que lo puedas capturar. Es tarde, por lo que vas directo al encierro de toros sin pasar por la diana. Los llamáis toros, pero en Yepes el presupuesto sólo da para novillos. Eso le tranquiliza un poco a Virginia, a la que nunca le agradaron tus exhibiciones varoniles. Siempre te colocas en la cuesta de Fuente arriba, acompañado de Miguel. Esta mañana, sin embargo, no hay rastro suyo. Clara de nuevo, supones. El chupinazo te trae de vuelta al encierro. Los morlacos avanzan con la pasión propia del macho inmaduro. Los esperas con el capote que te regaló tu abuelo mientras preparas mentalmente los quites. Pero, a un par de metros de ti, los morlacos reculan. Berrean, con la respiración descontrolada. Te fijas en el que parece el líder. Sus cuernos son finos y sus puntas apuntan hacia fuera. Evita tu mirada. Los roles se han invertido y sabes que ninguno de los novillos va a embestir. Amagas un quite y escapan espantados. Te quedas de rodillas, con tu capote, esperando que termine el encierro. …


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La fiesta oficial no ha empezado todavía, pero huele ya a calimocho en las calles repletas de vecinos. Al llegar al Ronqui te encuentras con Jorge, Vicente y Miguel, que van por su segunda caña.

— Mira que esperáis… — les dices.

— Igual que los jabalíes con los que te cruzaste. ¿Seguro que no ibas mamado? — ríen.

Pides una cerveza al tiempo que llegan Virginia y Clara. Virginia te da un beso en la mejilla antes de besar a los demás. Clara hace lo mismo pero deja a Miguel para el final. …


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Una bombilla de luz incandescente es un emisor de cuerpo negro. Eso lo sabía bien Fede tras diez años en la mayor fábrica de bombillas del país. Fede, antropólogo de ideas brillantes pero tendencias depresivas, no encontró un trabajo de lo suyo y su madre le enchufó en la fábrica. Trabajaba en el turno de noche comprobando la calidad de los filamentos de wolframio para que la durabilidad de las bombillas llegase a las mil horas que determinaba la compañía. Entonces, el trabajo era agradable.

Todo cambió cuando, en plena crisis energética, se prohibieron las luces incandescentes por ser un despilfarro de energía en forma de calor. La fábrica se adaptó a los LED con dificultad y, tras varios EREs, se transformó en una ensambladora. Recibían los circuitos integrados con los LED desde Shenzhen y se dedicaban a poner los conectores y el encapsulado. Todo el proceso lo hacían unas máquinas, también chinas. A Fede no le despidieron y le dejaron como supervisor de aquel ensamblaje automático. Así pasaron días, semanas, meses. Hasta que Fede empezó a tener ensoñaciones. Las primeras veces no fue un acto voluntario. En el box de pruebas, el encendido y apagado rítmico de las bombillas surtía un efecto hipnótico. Era como el parpadeo de los ojos del que cuando uno se percata no puede dejar de pensar. Sus ensoñaciones progresaron de colores simples a complejas estructuras de luz. “Si la oscuridad es la fuente de las pesadillas, la luz es la de mis sueños”, le gustaba pensar. Al sincerarse una noche con los compañeros de trabajo le tomaron por loco. …


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La banda está poniendo a punto sus instrumentos. El alboroto de la gente resuena en las paredes con más intensidad de lo habitual y la acústica de la nave no ayuda. Son los nervios. Desde la muerte repentina hace dos semanas de Pelitos, el director de la banda, no habéis ensayado. Y a Tormeloso, sustituto temporal de Pelitos, el puesto de director le viene grande. Cuando te ve, se acerca y pregunta por tu estado de salud. Le respondes que andas mejor, con «ganas de cazar jabalíes». Tormeloso sonríe y antes de irse te ajusta la corbata con dulzura. …


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Subes al cuarto y te pones el uniforme de la banda. Ese traje azul con la corbata y el saxofón realza tu figura. Sales de casa y te fijas en las banderas españolas que pueblan los balcones de las casas, incluido el tuyo. Están ajadas, faltas de color. Sientes, también, que las aceras se encuentran más sucias que de costumbre y te das cuenta de que en Yepes las cosas van a peor. Al poco, observas que la gente con la que te cruzas te mira. Tú mejor que nadie sabes lo incómodo de esas miradas en los pueblos. …


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En la comida te esperan tu madre y tu hermana pequeña. Tu padre está, como casi siempre, de viaje. Es difícil seguirle el rastro porque cada día tiene nuevas ideas en la cabeza. En esta ocasión se trata de un negocio de venta de perfumes. Siempre te preguntaste cómo es tan ingenuo para no darse cuenta de que sus iniciativas no van a ningún sitio. Pero, esta vez, ves un poco más allá y te percatas de que a tu padre no le importa si sus negocios funcionan o no. …


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El calor de mediodía es insoportable y la corrala es un secarral, pero a tu perro Pancho no parece importarle y salta de un lado a otro. Siempre que Pancho te ve corre hacia ti para lamerte y, más veces de las que te gustaría, se mea en tu pierna de la excitación. Pero hoy, cuando Pancho detecta tu presencia se pone a ladrar y se esconde en un recoveco. Vas a buscarle y te pones en cuclillas frente a él. Al acariciar su hocico tu visión se nubla.

Apareces desnudo en la oscuridad del campo. Una manada de jabalíes se mueven a tu alrededor, en círculos. Se levantan sobre sus patas traseras y dan pequeños pasos para controlarte. Están acercándose. Sientes el vaho cuando respiran y te cruzas con sus ojos. Son blancos, sin iris ni pupila y en nada se parecen a los de unos jabalíes. Sacuden arrítmicamente sus cabezas con violencia, como si estuviesen poseídos. En cada giro expulsan litros de una saliva densa y putrefacta, que brilla roja al contactar con el suelo. Ese cerco de luz es lo único que te separa de esas quimeras. La piel te quema y notas una opresión en el ombligo. Sus gruñidos absorben tus gritos. …

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Borja Morales

Me gusta la ciencia ficción, los gráficos por ordenador y los videjuegos. ¡Ah, también me gusta escribir! https://www.borjamorales.com

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