La Ciudad

Un torbellino asciende por el cráter y escapa del barro. Desde la altura, el viento observa la carretera desfigurada por las cicatrices de los bombardeos. Y entonces, se lanza hacia adelante. Atraviesa los escombros grises, cortando el cielo con un silbido. Deja detrás una polvareda que se pega al acero del hormigón armado y al latón de los casquillos de bala. Una fila de postes escorados agitan sus cables a su paso. El viento asoma por una esquina, callejea en eses las travesías y esquiva los arcos y las bóvedas derrumbadas. La ciudad está desierta. Entre las ruinas del antiguo zoco, el hollín cubre las paredes y el olor de las maderas calcinadas se propaga por la corriente que arrastra el viento. En el suelo hay jirones de telas descoloridas. El viento se escabulle por una rendija, entre los muros de ladrillo, hasta llegar a una plaza en la que se eleva un árbol sin hojas. Frente al arbol, el viento se toma su tiempo. Como si de un ritual se tratara, palpa la corteza del tronco, se desliza por las ramas acariciándolas y luego las mece. Cuando se da cuenta de que el árbol no responde, el viento pierde el interés y su atención vira al edificio del final de la plaza. Sus paredes son de un azul ajado, como todo en esa ciudad. Entra por la puerta sin cristales. Se arremolina por las escaleras de caracol y sube hasta el salón de la tercera planta. El espacio es amplio, y el viento se anima creando pequeños torbellinos que levantan papeles y cartas sin remitente. Pasa al dormitorio. El aire está cargado en esa habitación. El viento lo siente. Unas manchas tiñen de rojo las sábanas de una cama partida. Algo no va bien, necesita respirar. Busca un hueco que en su día fue una ventana y sale disparado.

Es mediodía y el sol calienta la ciudad como un horno. El viento asciende en espiral y observa por última vez lo que queda de los edificios. Tejados reventados, balcones derretidos. No puede mantener la mirada más tiempo y decide seguir su camino, abandonando la ciudad a su suerte.