La resiliencia se construye

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Tuve que conocerla, tuve que aprender a armarla, a crearla, a construirla cuando viví la experiencia del cáncer de mi hija. Ella ya no estaría, la leucemia se apoderó de su cuerpo en un 98% después de un transplante de médula y la quimioterapia no daría resultado, no había nada más que hacer, que esperar el día para despedirnos y tuve que ayudarla a que me dejara, a que se fuera en paz y así sucedió pero pensé que era el fin de mi vida también.

Luché cada mañana por despertarme, por levantarme, por arreglarme y sonreír a mi otro hijo que me esperaba para comenzar un nuevo día con él; quería recuperar a su madre a la que había perdido por más dos años de tratamiento y ausencias. Seguramente él me dio fuerzas, seguramente su amor me ayudó.

Dejé pasar el tiempo, los días, los meses, sin encontrar un camino en el que me sintiera bien para caminar aunque fuera a paso de tortuga y al fin una mañana pensé: ––Quizá es el momento de enfrentar mis miedos y dolores y de devolver lo que recibí de los voluntarios de hospital: dedicación, cariño, humor, tiempo de compartir; e ingresé como voluntaria. Tuve tanto miedo al volver, se me removieron sentimientos, emociones y desahogos profundos. Y Wilson, el director de la fundación en la que comencé a participar, me miró un día y me dijo: — Sé que podrás, que serás capaz de coordinar el primer programa de investigación de las familias oncológicas porque necesitamos datos que hablen de la realidad del cáncer en nuestra comunidad.

¡Qué reto puso en mi manos! y le agradezco haber creído en mí, cuando ni yo podía hacerlo.

Volví semana a semana para hablar con los papás, con las mamás con las que nos identificábamos casi sin hablarnos, y descubrí que no solo ayudaba compartiéndoles mi historia, sino que me ayudaban también. Fui semana a semana para abrazarnos; para llorar y emocionarnos juntos. Las llamadas por teléfono y las conversaciones largas, las visitas a los hogares, a los albergues, al hospital, esas confesiones de sentimientos, todo fue llenándome tanto. Nunca fueron solo datos, fui construyendo amistades verdaderas y fui cambiando mi dolor de angustia a un dolor con esperanza. Sigo llorando cuando un niño se va y sigo riendo cuando niño se cura; sigo viviendo pero ahora tengo una razón, ahora me siento viva con ganas de continuar mi viaje por esta vida y la razón empezó ahí; después de mi hija, en los corredores del hospital.

¡La resiliencia se aprende, todos podemos!

Hay que al menos intentarlo; es la decisión lo más difícil, el sacudirse es lo que más cuesta. A veces nos acomodamos al dolor y esperamos el milagro de que pase, o nos atormentamos porque un puñal nos deja presionado el pecho y no podemos sacarlo; pero el dolor no se irá jamás, y no debemos luchar para que se vaya; debemos luchar para aprender a vivir con él pero en paz. Vivir un duelo en paz significa que encontremos un camino que seguir, que lo encontremos mirándonos hacia dentro, porque ahí debe estar la razón para continuar y que nos permita volver a sonreír. 
Se puede, es posible…