Se siente feo.

Dan ganas de hacerte bolita sobre tu colchón y esperar que entre más cobijas tengas encima, más alejada estarás del dolor.

Sensaciones que te producen un vacío donde solías tener el estómago y nada logra llenarlo; ni siquiera un pastel.

Tantas lágrimas que intentan borrar los recuerdos pero lo único que consiguen es hacerte sentir una porquería.

Un dolor en el pecho, casi como si te faltara el corazón; pero lamentablemente, ahí está.

Dan ganas de dormir 30 años y que al despertar, los recuerdos no duelan tanto. Pero duermes 2 días y al abrir de tus ojos, el olor que tanto te gustaba de él, sigue impregnado en tu almohada.

Sientes la necesidad de que alguien te abrace y no te deje ir jamás, pero no lo consigues y terminas aferrándote a ese osito afelpado que te obsequiaron hace 10 años.

Tienes tantas ganas de gritar, pero abres la boca y nada. No hay nada que decir.

Y vuelves a llorar, aunque ya no hay suficientes lágrimas.

Y es de esas veces que sientes tan feo, que ya no sientes nada.

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