Vayan a un aula y, luego, opinen

Que todo o casi todo lo que se publica en El País relacionado con la innovación en el sistema educativo aparezca en la sección de Economía debe de responder a algún motivo. No puede ser algo casual. Lo último se titula «El fin del profesor “funcionario”».

Con ese titular, la periodista Ana Torres Menárguez presenta la última propuesta, esta vez proveniente de una universidad con vocación de puntera, la Carlos III de Madrid, para acabar de una vez por todas con el fracasado y obsoleto sistema educativo español. Se trata del Laboratorio de la Nueva Educación, un máster con el que se pretende formar a los profesores «del futuro». ¡El futuro! ¿Y cómo lo harán? Pues bien, no está del todo claro, puesto que los contenidos del máster terminarán de definirse con la participación de los alumnos. Y es que en el innovador y futurista Laboratorio de la Nueva Educación, donde se han fijado como objetivo formar a los profesores «del siglo XXI» (los demás supongo que seremos los anticuados, con olor a naftalina y un listado interminable de refranes del tipo «Niño gordo, pequeño y feo: capón gordo y sin recreo»), son capaces de predecir el futuro pero no de establecer unos contenidos. Tú paga, que los contenidos que te enseñaremos también los pones tú. ¿La UC3M o Ikea?

No sé si tiene sentido (o tiene todo el sentido) entrar a comentar la mención de la Fundación Qatar en el artículo. Esta fundación tiene en su seno una organización llamada WISE (Cumbre Mundial por la Innovación en la Educación). Supongo que el acrónimo está escogido para que signifique «sabio». Curioso, puesto que proponen que la labor del profesor ya no va a ser la de transmitir conocimiento, sino la de orientar con creatividad al alumno para que este descubra el conocimiento a partir de distintas fuentes. Pero, si resulta que los conocimientos académicos, según el documento La escuela en 2030, ya no serán tan importantes en el futuro, entonces, ¿la idea es que los alumnos aprendan cosas, independientemente del método, o no? Yo ahí me pierdo. Una organización que se hace llamar «sabia» concluye, tras una encuesta, que el principal desafío de los sistemas educativos de todo el mundo es la calidad de los profesores (su desprestigio, la falta de apoyo de las familias, los recortes, la burocratización, la falta de ayudas a su formación académica supongo que no son problemas reales). Luego difunde la idea de que en el futuro los conocimientos no serán tan necesarios y, finalmente, que si se necesitan conocimientos es mejor que el profesor no los imparta (¡oh, la dictadura del profesor que enseña cosas!), sino que el alumno debe descubrirlo por sí mismo, orientado creativamente por el profesor, a partir de diversas fuentes. Podría detenerme en todo, pero entonces esto, que ya es largo, se haría interminable. Solo una cosa: si el conocimiento ya no será útil, ¿para qué adquirirlo, sea como sea? Bueno, y otra: ¿es que acaso a todo el mundo le ha sido útil todo lo que ha aprendido en la escuela? El conocimiento no es útil, si con útil entendemos que tiene una utilidad práctica e inmediata. Es bueno, sin más, por millones de razones que trascienden la mera utilidad. Quien no entienda esto es mejor que no hable de educación.

Sigamos. Los docentes del máster serán «profesionales en activo de distintas ramas». No sé si habrá algún profesor de Primaria o Secundaria. ¿Lo hay? Y si lo hay, ¿por qué no aparece en el artículo? ¿Es que van a enseñar a innovar en educación profesores que no son profesores de niños o adolescentes?

María Acaso, profesora de la Complutense, dice que si Giner de los Ríos (fundador de la Institución Libre de Enseñanza, figura muy reconocida en la UC3M) conociera este proyecto, le gustaría mucho. Bueno, si a Giner de los Ríos le gustaría que llevase su sello un máster que cuesta 5.500 euros (sí, que ya sé que hay becas) y que no tiene los contenidos aún establecidos porque se pondrán según los intereses de los alumnos, entonces Giner de los Ríos tampoco debe ser una referencia en la educación. Ya está bien de utilizar argumentos de autoridad como si todo valiese al nombrar los muertos.

Pero cuidado, que llega el director de la ILE, Carlos Wert, y sentencia: «Si veis en la escuela niños quietos, callados, que ni ríen ni alborotan, es que están muertos». No, señor Wert. Usted puede que no haya pisado un aula en su vida. No lo sé, pero cuando mis alumnos están quietos, callados, y ni ríen ni alborotan, están prestando atención. Algo muy importante, que le sirvió a usted para llegar a ser director de la ILE. Alborotar, reír tonterías de un compañero, jugar con el spinner cuando el profesor está explicando algo no es estar más vivo que los demás, sino que es una falta de educación, una pérdida de tiempo, desaprovechar la oportunidad de aprender algo. Por favor, dejemos ya de fomentar la tontería. Además, en clase los alumnos también ríen, levantan la mano impacientes, se pelean por participar, hablan (y muchas veces se excusan con que estaban hablando de algo relacionado, y lo mejor es que es verdad) y sí, a menudo, si las cosas marchan bien, están callados, con los ojos fijos en los gestos y la forma de hablar del profesor, absorbiendo como esponjas conocimientos que, útiles o no, les resultan interesantes porque son nuevos para ellos. ¿Qué puede tener contra ello un especialista en educación? ¿En serio a estas alturas tenemos que defender los profesores esos momentos maravillosos en los que nuestros alumnos prestan atención, toman nota y levantan la mano porque algo no les ha quedado claro o les ha surgido alguna duda nueva, producto de su mayor conocimiento?

El artículo ya casi termina, citando al autor de La educación en la encrucijada, Mariano Fernández Enguita, que dice que el profesor está acostumbrado a las rutinas escolares. Bueno, el trabajo del docente rutinario, lo que se dice rutinario, no es. Es de todo menos eso. Desde que entro a trabajar a las 8:15 hasta que salgo a las 14:30 me han pasado más cosas a veces que en todo un fin de semana. Situaciones de lo más variopinto que hay que resolver en un santiamén, con determinación y cometiendo muchos errores de todo tipo que intento recordar para no volver a cometerlos. No, rutinario no es. Pero, además, estamos acostumbrados a la tranquilidad de contar con un público cautivo. Bueno, como decía antes, da mucha tranquilidad cuando los alumnos están cautivados, pero no, a nadie le gusta tener un público cautivo, en ninguna de sus acepciones. Si es una persona, se supone que es un preso de guerra. Si es un animal, está privado de libertad. Y podría ser también infeliz o desgraciado. No, no nos tranquiliza pensar que nuestros alumnos están privados de libertad. De hecho, los conocimientos que tratamos de impartirles deben ayudarles a ser libres. Pero llega la guinda, la diana preferida de El País y los gurús de la nueva educación neoliberal: la carrera funcionarial. Bueno, ya estamos todos. Ahora resulta que nuestro sistema educativo es de mala calidad porque los profesores de la pública son funcionarios. La seguridad económica con la que cuentan todos estos vendehumos es mayor que la de cualquier profesor funcionario, y no creo que consideren que su trabajo es malo por ello. Entonces, ¿por qué el hecho de ser funcionario iba a perjudicar la calidad del trabajo del profesor?

Y ya termino. Llegan los módulos (¡no los llamemos asignaturas, por Dios!). Aquí hay de todo, es mejor leerlo por uno mismo, pero me voy a detener en el de Cuerpo. Dicen que en la escuela no se habla de inteligencia emocional… A ver, vamos con calma. En la escuela hay que enseñar conocimiento. La inteligencia emocional debe enseñarse sobre todo en casa, en la calle, en el deporte, con la música, con los amigos… Y sí, en la escuela también se enseña inteligencia emocional. Sí, sí se hace. Y que no se habla del problema del porno… Pues depende de dónde y de qué profesor. Y sí, yo sí he hablado con mis alumnos de todo eso, y no he pagado un máster de 5.500 euros. No necesito pensar que estoy innovando para darme cuenta de que a mis alumnos les viene bien hablar con un adulto de cosas de las que no hablan con sus padres. Experiencias: quieren formar alumnos que quieran seguir aprendiendo durante toda su vida. Bueno, no veo nada de malo en aprender durante toda la vida. El problema es que lo que esta gente pretende es que los trabajadores del futuro estén dispuestos a adaptarse continuamente a las exigencias del mercado laboral, a lo que el capital les pida bajo amenaza de morirse de hambre. La formación continua es eso, y no otra cosa. ¿Que los alumnos de ahora lo van a necesitar? Sin duda. ¿Que es bueno estar toda la vida aprendiendo cosas nuevas? Claro. ¿Que lo que se esconde detrás de todo esto es el hecho de que la formación de fuerza de trabajo tendrá que correr a cargo de los trabajadores, y que nunca será suficiente? Esta es la clave. Preséntenlo como el desafío del futuro, pero lo que es en realidad es una distopía que no me apetece vivir. Igual se defienden diciendo que el sistema educativo debe tener como principal objetivo la formación de «capital humano». Entonces ustedes no están hablando de educación, de conocimientos, de formación integral de las personas, de empoderamiento, sino pura y llanamente de Economía, y, con un lenguaje pretendidamente innovador, están fomentando un sistema económico que ya hace aguas por todas partes y lleva ya mucho tiempo demostrando que no es ningún éxito.

El último módulo se llama Herramientas. Rodríguez de las Heras dice que los alumnos de hoy son «casi hackers». Podrían haber puesto esto al principio y así nos habríamos ahorrado leer el resto del texto.

Vayan a un aula, y no del Estudio a poder ser, y observen.