Alma de Fénix

Entré a la casa de mis amigos como una exhalación. Augusto y Genoveva detrás de mí. Miré el reloj de la cocina. Pasaban de las 12. Mientras, me senté apresuradamente y notablemente apesadumbrada en un taburete de la barra. Para ser más exactos, me dejé caer en él.

Genoveva estaba de los nervios. Augusto también. Y no era para menos. Habían presenciado de la forma más cruda cómo me rompían el corazón en semi-público. Casi me rompo el dedo corazón (qué irónico) al bajar de golpe y con rabia la tapa del piano. Yo me mantenía (y aún lo hago) serena. Bendita fachada. Me despistaba con el título de algunos libros de la estantería más próxima. Raquel, respira hondo. Que no se te agüen los ojos. Haz como que no te importa. Ea. A otra cosa mariposa. Geno, seguía con sus nervios de punta buscando algo por los cajones y puertas de la alacena. Tú ajena a todo. Augusto se había sentado a unos taburetes de distancia y se revolvía el pelo compulsivamente. Como si despeinarse el flequillo solucionara algo.

-¿Estás bien, Re?- Me preguntó Geno, haciendo que la mirara directamente.

Ella ya tenía en sus manos algunas gasas y una botella de alcohol.

-Genial, ¿no me ves? Sólo algo magullada.- Mi ironía se mezcló con mi ambigüedad. Estaba algo más que magullada.

-¿Te habrás roto la falange? Se está poniendo morada la punta del dedo.- Me miraba a los ojos intermitentemente, mientras inspeccionaba mi mano dándole vueltas para ver el dorso y el envés.

-Geno, es sólo sangre trillada, no te preocupes.- Dije abriendo y cerrando la mano, para que viera que estaba bien.

Aún seguía limpiándome el dedo, de algo inexistente, porque la herida no tenía salida, cuando Augusto, con la mano en la cara tapándose casi totalmente los ojos, con gesto de desconcierto, habló.

-Es que aún no me lo creo Re.- Dijo con la mirada perdida. -No es normal.

-Es que no ha sido normal, Gus. Ha sido épico.- Dije con una sonrisa torcida. Una punzada molesta en el dedo llamó mi atención. -Mierda…

Volví a mirar a Geno. No sé en qué momento cogió una aguja y me había pinchado la cutícula de la uña. Apretó suavemente para sacarme la sangre trillada, que manó negra como un pozo del infierno. Como me sentía yo.

-Deberías llorar, chillar, algo…- Me recomendó Geno.

-Si no me ha dolido tanto, no exageres.

-Si lo decía por… Ya sabes, no por el pinchazo.- Me miraba preocupada.

-Repito. Si no me ha dolido tanto, no exageres. Que cuando te pones en plan “mami”, eres peor que yo.- Intentaba bromear, para quitarle hierro al asunto.

Augusto, aún cavilando en su mundo seguía intentando hilar lo que había pasado.

-Es que no tiene explicación. Estabáis tan bien. Le cantas una canción preciosa, y a él, de repente, se le va la pinza y te suelta eso. Este tío es gilipollas integral.

-Bueno, bueno, bueno. Menos lobos, caperucitas mías. Que no se acaba el mundo.- Les dije a ambos mientras Geno me ponía una tirita en la punta del dedo.

Se instauró un silencio sepulcral en la sala. No quería (ni quiero) compasiones de nadie. Aunque fueran mis amigos.

-¿Vamos a tomarnos una copa?- Dije sin mayor preocupación.

Los hermanos se miraron, y como buenos gemelos, diría que se habían comunicado telepáticamente.

-Ay Raquelita…- Odiaba ese diminutivo, pero se lo dejé pasar. -Tú siempre con ese espíritu de “nada puede conmigo”. Ese “alma de fénix”. Te pueden dañar miles de veces, que miles de veces con el corazón nuevo. Con el precinto de garantía. A estrenar.- Ya Gus estaba divagando.

-Pero Gus, ¿tú sabes lo sensible que se está con el alma nueva? ¿Lo vulnerable? Como una serpiente cuando cambia de piel.

-Gracias por el símil, Geno.- Me reí de forma oscura. Y seguidamente ironicé. -No me quieras tanto.

-Es que no sé lo que pasa con ellos.- Insistía Augusto en su discurso, -Les cuesta un mundo que les digas lo que sientes, y cuando por fin te abres, se acojonan o te hacen esto. Es incomprensible.

-Probablemente, al abrirme a ellos, mi interior les asuste.- Dije hablando medio seria, medio en broma.

-¡JA! Eso no te lo crees ni tú, preciosa. -Añadió Genoveva mientras guardaba todo en el botiquín.

Augusto se había acercado a un mueble y había sacado una botella de ginebra. Y mientras la zarandeaba de una mano a otra, suavizó el gesto y me dijo sonriéndome:

-Que no se diga que no te complacemos. Sus deseos, son órdenes señorita. -E hizo una reverencia bastante teatral.

Ah. La copa. Ya ni me acordaba de que la había sugerido. Nos servimos y pasamos al sofá del salón, dónde caí pesadamente.

-Pues mira que parecía tan buen chico. Tan noble. Tan “tu complemento ideal”. -Genoveva ya hablaba como si hubieran pasado 2 años.

Y lo agradecía. Como agua de Mayo. Hace más llevadero el dolor. Y eso me ayudaba. Me ayudaba mucho.

-Quizás por eso prefiero a los chicos malos. -Sentencié. -No te dan sorpresas. Y si te sorprenden, es para mejor. Eso que te llevas…

-NO ME LO PUEDO CREER. -No gritó, pero la voz grave de Gus resonó. -¿En serio estás queriendo decir lo que yo creo que estás queriendo decir?

Augusto había pensado demasiado. O era efecto del alcohol ya.

-¿Sabes Gus? Ya que todo el mundo cree que sabe cómo me siento, ¿por qué no darles la razón? -A Augusto se le empezaron a abrir los ojos como platos.

Quizás fuese un acto de rebeldía, resentimiento o posiblemente, yo también divagaba sobre qué hacer. Le empecé a dar vueltas a mi copa. Como si al agitar el líquido transparente se desvanecieran mis “neblinas mentales”.

Entonces lo vi claro.

-Venga, levantaos. Es hora de renacer de mis cenizas

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