Café con leche y dos de indirectas por favor…
Voy a empezar a creer que eso de que tengo cara de libro es cierto. Que me leen los pensamientos en el rostro. Y es que mi expresividad al igual que muchas veces es una buena aliada, en ocasiones puede ser mi enemiga.
Las tardes de confidencias las tengo un poco dadas de lado, dado que las circunstancias impiden a mi mejor amiga reunirse conmigo durante estos días. Y hay ciertas cosas que me callo, elucubro sola, y el resultado es que, en medio de mis actos autómatas, me termine riendo sola y como una niña pequeña que acaba de hacer una travesura.
Pero mis demás amigos, los que me conocen de hace años, también comparten mis confidencias. No de un modo tan explícito, pero lo que no saben, se lo imaginan, y si me sonrojo o me callo, saben que otorgo.
-RAQUEL- me dice de un golpe seco pero entre risas.
-¿Qué demonios quieres?- Le respondo -¿Por qué me llamas por mi nombre?- Añado con un ligero matiz de molestia.
-Pero Re…- Estalla en carcajadas -Llevo como 5 minutos llamándote y nada, tú en tu mundo.
Me doy cuenta por las miradas divertidas que me dedican los demás, que es cierto. Me río de mí misma y regreso mi mirada al café que estaba tomando en esa terraza.
-La hostia, esta vez ha sido como de submarino…- empieza a comentar Javi a los demás de forma simpática.
-¿Qué?- Inquiero.
-Que estabas profunda, profunda, Re- me contesta Sofía directamente.
-Lo que pasa- empieza a decir Augusto de una manera muy marcada y teatral, como diciendo un discurso de campaña electoral -es que esta señorita de aquí estaba en otros lugares en cuestión…
Y habiendo dicho esto, hace un paso de baile que le sale totalmente natural. Todos comienzan a reírse con ganas y yo tímidamente también. Entonces me miran y vuelven a reírse.
Vale.
Ya entendí. Estoy del color de una amapola. Me levanto apresuradamente recogiendo mi taza y la de Augusto de paso. Necesito una excusa para abandonar la terraza.
-¡Eh! Que no he terminado…- intenta quitarme la taza de las manos.
-Taaaaaaarde- le canturreo camino a la cocina.
Y desde la puerta de la terraza, hablando para los demás pero con la intención de que yo lo escuchara, Gus dice:
-Ahora resultará que a esta descarada le dan vergüenza estas cosas…
Necesito sacar mi habilidad de cambiar de tema súbitamente de dónde sea. Pero lo único que consigo sacar es risitas socarronas. Desde luego, menuda tarde que he tenido. Kaw, desocúpate prontito.