El festival en China donde se comen a los perros y lo que dice de los carnívoros occidentales

Es fácil condenar el popular festival de carne de perro en China, cuando tenemos tantos festivales basados en comer animales en el continente Americano.

Uno de los perros que fueron sacrificados en Yulin para consumo humano durante el polémico festival. (Foto por Wu Ong /EPA)

Probablemente no estaba en tu calendario. Pero entre el 21 y el 30 de junio se efectuó en Yulin, China el Festival de Lichi y Carne de Perro. Aunque está decreciendo en popularidad, comer carne de perro se mantiene como una práctica bastante común a través de Asia. En la provincia Shaanxi, es más que común: es un manjar considerado fundamental en la identidad culinaria de la región.

Esta predilección dietética ha constituido un problema para los canes asiáticos. En años pasados, más de 10,000 perros —algunos callejeros, otros criados en granja, otros posiblemente robados de sus dueños— fueron sacrificados para satisfacer los paladares de los asistentes al festival, ansiosos por probar platillos como “perro tostado” y “olla ‘e perro”. La creencia predominante de que el sabor de la carne mejora cuando el animal es muerto de manera violenta no ha beneficiado la imagen del festival alrededor del mundo y, con reportes de matanzas horrorosas, este año han decrecido la cantidad de perros asesinados así como los asistentes al evento. De todos modos, los más grandes aficionados a la carne de perro, continúan defendiendo el festival a toda cosa, en términos tanto culinarios como culturales.

“Si el festival de carne de perro de Yulin no fuera real, los filósofos lo habrían soñado”, dice Bob Fischer, un filósofo de la Universidad Texas State y autor de Las complejidades morales de comer carne de perro. De hecho, la carne de perro presenta a los occidentales con una encrucijada perfecta. Enfrenta una iluminada expectativa de tolerancia cultural — ¡vive y deja vivir! — contra nuestro profundo apego emocional a los perros como animales de compañía — una afinidad que hace que comerlos se vea, cuando menos, moralmente repugnante.

Condenamos fácilmente el festival de perros (porque tenemos perros como mascotas) mientras celebramos un festival de cerdos (porque usualmente no tenemos cerdos como mascotas y enloquecemos por el tocino).

La inhabilidad de reconciliar estos sentimientos dominantes nos coloca a quienes queremos condenar el festival de — y asumo que se trata de muchos de nosotros — en una situación complicada. Claro, está bien argumentar que el respeto cultural por la identidad culinaria de la región no tiene por qué extenderse a aceptar la carne de perro. Pero tal argumento tiene implicaciones que afectan nuestra inmediatez. Implicaría disminuir nuestros prominentes festivales de comida basados en animales, a pesar de su poderoso apego a la herencia culinaria. Hable con alguien de Maine sobre clausurar el Festival de Langostas de Maine, ahora con 69 años de realizarse, y verá que la conversación no dura mucho. La oposición moral al Festival de Yulin demanda más de nosotros que eliminar eventos locales. También exige un nivel de consistencia ética que pocos de nosotros estamos preparados para asumir a gran escala. Considere, por ejemplo, por qué deberíamos oponernos a la Feria del Cerdo en una localidad cercana vs. el Festival de Perros en Yulin. Filosóficamente hablando, el hecho de que los perros son mascotas mientras que los cerdos (generalmente) no lo son, es irrelevante. Lo que es moralmente relevante es que un cerdo no sufre ni más ni menos que un perro. Son criaturas inteligentes casi al mismo nivel (de hecho, el cerdo es más inteligente); tienen conciencia de sí mismos; reaccionan de manera similar y recuerdan el dolor; y disfrutan de vidas sociales activas. Desde una perspectiva ética, entonces, matar a una especie no es más o menos moralmente incorrecto que matar a otra.

Basado en los actuales hábitos alimenticios, los occidentales no están remotamente cercanos a abrazar tal lógica. Fischer explica que el festival de Yulin “evidencia claramente las inconsistencias de Occidente respecto a los animales”. Insiste especialmente que, “no hay una razón particularmente buena para horrorizarse por la carne de perro, mientras se saliva por el tocino”, anotando que “nuestra respuesta parece doblemente hipócrita cuando recordamos que casi 1.2 millones de perros son sacrificados cada año en los refugios”. Podemos pensar que es moralmente problemático comer perros pero, como Fischer nos recuerda, “no nos importa matarlos cuando se han vuelto inconvenientes”.

Entonces, ¿por qué no los comemos en casa? Por la cultura. Cultura — especialmente la cultura culinaria — es un poderoso y seductor fenómeno cultural que es básico en la felicidad humana. Lo que pocas veces consideramos, sin embargo, es que la cultura puede servir como un medio legítimo de exoneración moral, una especie de cobertura para un pensamiento perezoso y amoral que nos permite comer cerdos, amar perros y descansar tranquilos.

Los entusiastas de la comida occidental se han apoyado en una permisiva tendencia para asegurarnos que tenemos derecho de consumir cualquier comida que consideremos integral a la identidad regional — una identidad que, de alguna forma u otra, trasciende los juicios morales que reservamos para situaciones no relacionadas con la comida (¿conoce algún occidental tolerante que aceptaría la mutilación genital en otros países?). Este derecho, además, viene sin la necesidad de honrar los deberes que nuestros sistemas morales nos piden reconocer. Entonces, condenamos fácilmente el festival de perros (por que tenemos a perros como mascotas) mientras celebramos el de cerdos (por que típicamente no tenemos a cerdos como mascotas y amamos el tocino). Así que la cultura, sin mejor razón que la tradición (la cual es una peligrosa justificación para cualquier cosa), sobrepasa el raciocinio moral.

“Es conveniente pensar que lo correcto e incorrecto definen nuestros propósitos, que si está bien consumir un animal depende del rol que le hemos asignado — comida o compañía”, dice Fischer. Pero así no funciona la moralidad — especialmente cuando se trata de comer perros. Si quiere condenar el festival de Yulin sobre la base de que la tolerancia cultural no debe de extenderse al sufrimiento canino, puede hacerlo. Pero también tiene que colocar un espejo en nuestra cultura culinaria y condenar los igualmente barbáricos festivales de langostas, cerdos, serpientes, lagartos y pescados. Hacer lo contrario es condimentar la cultura regional con una pesada dosis de hipocresía, sino hasta una agregada pizca de xenofobia.

Este artículo fue escrito por James McWilliams y publicado originalmente para PSMag. Traducción por René Montiel Ü.