La bola siempre al 57

Zurda europea, picardía latina. Combinación perfecta para el fútbol. Es la única persona que ama más ese deporte que yo. Mirada perdida, parece que no sabe que hacer cuando le llegue el balón y un segundo después ya lleva un túnel y un sombrero. No es ni Messi ni Cristiano, pero tiene un poco de ambos, sobre todo cuando arranca.

La primera vez que jugué contra él fue en el 2004, el primer partido entre secciones del séptimo año. Viernes 1:00 pm a la hora de la clase de Orientación. Ya los de esa sección me habían dicho: "cuidado que tenemos a Alvarito". Me lo presentaron. No caminaba normal, era despistado, flaco, despeinado y sonrisa tímida. No era más alto que yo. Vacilamos antes del partido como hacemos los fiebres, dimes y diretes entre amigos.

Llegó el partido. Mi primer partido en ese gimnasio que tanto me habían comentado generaciones pasadas. Nos ganaron, pero bien podría decir que él nos ganó. Entre los pasillos del colegio su caminar era torpe, pero conduciendo el balón era un pez en el agua. No había nadie más ágil. No vi nunca a nadie más ágil en ese gimnasio. La pelota, su mejor cómplice. No sonreía con los labios, lo hacía con los pies. Nunca una bola por pérdida. Egoísta cuando ameritaba, compañero siempre.

No parecía buen bailarín, pero sus fintas y amagues le auguran un buen futuro en los salones de baile. No ha encontrado mejor pareja que la bola. El cariño es mutuo, ella se duerme cuando él la toca y cuando pone el pase al compañero mejor ubicado se oye al balón quejarse, como cuando dos amantes se alejan.

No llegó a primera división por caprichos de la vida. Él no se perdió de la élite del fútbol. La élite del fútbol se perdió a ese crack silencioso. El mejor jugador que he visto en vivo y tras de eso tengo el lujo de llamarlo amigo, de esos que caben en una sola mano. Mejor futbolista que nada…o bueno casi nada. Es mejor amigo que todo.