El libro es representación

Este viernes celebramos en el Museo una mesa redonda para presentar el plan de producción de aplicaciones y publicaciones digitales. El acto se abrió con la presentación de la nueva aplicación sobre el Retrato de Giovanna Tornabuoni de Domenico Ghirlandaio, desarrollada desde las áreas de Pintura Antigua y de Publicaciones. Se trata de una bella aplicación con contenidos de gran calidad destinado a un público con interés en conocer a fondo la obra, su autor o el personaje representado, un público con conocimientos de la historia del arte que reclama contenidos de enfoque académico. Pese a no participar en la producción de esta aplicación, el museo quiso contar con la participación en esta mesa redonda del Área de Educación. Entre las muchas cuestiones tratadas -y no podía ser menos por la calidad de contenidos y el preciosismo de la edición- surgió el tema de si la publicación tradicional en papel estaba o no estaba amenazada por las publicaciones digitales. Un tema muy en la línea del debate sobre la virtualidad del museo y la obra de arte que ya traté en un post anterior. Se trata de un debate que me apasiona. Y no sólo por lo que tiene de predicción del futuro con lo que conlleva de utopía o distopía según los puntos de vista. Me interesa especialmente por el contexto en el que el debate se produce, esto es, inmersos en un proceso de transición hacia nuevos soportes de la cultura distintos a lo que a día de hoy llamamos libro. Y digo nuevos soportes ya que creo que el libro no es el único soporte de saber que está viviendo estos cambios, otros soportes como los tradicionales en los que almacenábamos la música, o los museos donde atesorábamos el pasado, también están sufriendo profundos cambios, que como es el caso del libro, van más allá de una manera de entender el hardware, el objeto, lo físico; hasta alcanzar el mismo concepto de museo, libro o arte.
Creo que el libro, tal y como lo conocemos, no desaparecerá, pero su función, la de fijar y transmitir el conocimiento, cambiará radicalmente o, al menos -y este es un asunto que no es novedoso- tendrá que compartirla con otros medios y soportes. El libro, como objeto desprovisto del monopolio sobre la función, acabará siendo una pieza de museo y el primer paso será la paulatina desaparición de su tipos de libros, como podría ser el caso de los libros de bolsillo, y una mayor atención a los libros de autor, a libros sacralizados por la edición. Y entonces, cuando el objeto, el misticismo del olor a papel y tinta, sea más importante que el propio contenido, el libro morirá. La supuesta muerte del libro -y por tanto, la amenaza a otros soportes de nuestra cultura como son los museos-, es una especie de premonición agorera que nos inquieta y lo hace porque pertenecemos a culturas que basamos muchos de nuestros pilares fundacionales y construcciones míticas en el objeto llamado libro: libros sagrados, constituciones escritas, la propia educación… Pero no nos asustemos: valores, mitos o cultura no son objetos inanimados, no son las románticas imágenes que tenemos de estos, la cultura no son los libros, la cultura somos nosotros mismos. El libro, o el mismo museo, es sólo una representación y el hombre, como ya ha sucedido en otros momentos de la historia, solamente está indagando otras representaciones. No sobrevaloremos el libro como objeto o el museo como espacio, nuestra cultura no se encarna en ellos, son sólo una representación. La cultura solamente se puede reencarnar en el ser humano.
Imagen: Decoración con exvotos de un libro armenio del siglo XVII
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