Corinto

Llegué a Corinto casi a mediodía, un poco mareado por el viaje pero con ganas de almorzar. El bus había salido unas tres horas antes de la terminal después de casi cuarenta minutos de demora. El ayudante del conductor, un tipo seco con un palillo en la boca, no daba razón del retraso. Simplemente se asomaba por la puerta del bus a recontar las cabezas, hojeaba una valera de papelitos azules que tenía en el bosillo de la camisa y volvía a salir en silencio a la estación. Ya me habían advertido que era más rápido tomar un bus hasta otro pueblo y de ahí seguir en willis, pero la verdad no tenía prisa y prefería evitar el regateo. Arrancamos con un corcoveo hidráulico y una sacudida brusca de toda la carrocería, y no tardamos mucho en tomar la carretera angosta que sube hacia el norte del departamento.

Lo que vi durante el viaje fue bastante aburrido: pocos pueblos con nada de encanto, muchos despeñaderos, y algunas fincas que iban reemplazando lentamente el cultivo de café por el de guayaba. En el único peaje se subió un hombre con una canasta amarilla llena de bolsitas de papel marrón. No le presté mucha atención: iba desde la terminal con los audífonos puestos, subiendo y bajando el volumen según el ruido, y mirando distraído por la ventanilla. Sólo después de que se bajó y el bus siguió carretera arriba vi a una señora sacando pandebonos pequeñitos, no más grandes que un mamoncillo, de una de esas bolsitas de papel. Me arrepentí de no haberle comprado al tipo de la canasta y me obligué a girar la cabeza hasta que la señora terminó de comer.

El bus nos dejó sobre una de las calles principales de Corinto, enfrente de la oficina de la agencia de transportes. (“Oficina” tal vez le quede grande a ese mostrador de plástico que compartía local con un puesto de chance y una vitrina llena de accesorios para celular.) A medida que nos bajábamos del bus noté que todos mis compañeros de viaje estaban casi uniformados. Los hombres, completamente afeitados salvo un par de bigotes, llevaban camisa de manga corta metida dentro de pantalones de paño que resaltaban su barriga. Las mujeres tenían el pelo corto, poco maquillaje y blusas con estampados de flores que contrastaban con el bolso pequeño y oscuro colgado del hombro.

Pregunté por el parque de Bolívar y me dijeron que caminara tres calles cuesta arriba. Cuando llegué pude ver cómo el cielo amenazaba con lluvia y una brisa firme movía los pocos árboles de la plaza. Fue acá donde comenzó Corinto dos siglos antes, cuando don Ezequiel Gutiérrez López llegó con sus mulas cargadas de ollas, trapos, sillas, bacenillas y mujeres embarazadas, huyendo del hambre y las órdenes de captura. Así me lo había contado mi abuelo, un viejo grosero y antipático que había vivido en Corinto hasta que la pereza de trabajar lo arrastró a vivir en la ciudad con mis tías.

Cuando era niño y me traían al pueblo a visitar a alguien o a recoger algún certificado de la notaría, me sentaban en la misma banca del parque, dándole la espalda a la iglesia. Ahí pasaba horas tirándole maíz crudo a las palomas, o chupando paletas de mango biche llenas de trocitos verdes de fruta congelada. Las paletas venían acompañadas siempre de una bolsita de sal. Nunca supe si la base del helado era de limón, de mango licuado o de otra cosa.

Me acerqué a un soporte de cemento con una placa metálica donde se resumía la historia de la fuente del parque. Había sido encargada en época de bonanza a un taller europeo (no mencionaba el país) a mediados del siglo XIX. Tardaron unos tres meses en traerla desde la costa, desarmada y encaramada en varias mulas. Ya con las piezas en Corinto, los artesanos locales tardaron un año en ensamblarla e instalarla en la mitad del parque de Bolívar. Decía la placa que desde entonces funcionaba siempre, sin descanso, como la gente de Corinto, pero ese día estaba apagada. Bastaba ver los restos de polvo y las hojas secas para convencerse de que llevaba al menos una semana sin funcionar. Un grupo de tres ángeles bailando en la base de la fuente se veían entumecidos y tristes; las bocas de dos leones por donde debían salir los chorros de agua se abrían inútilmente en un bostezo más cansado que hambriento.

Mientras detallaba la fuente, un perro entre rubio y marrón se paró a mi lado. Cada que lo miraba sacaba la lengua y jadeaba, dejando ver una baba espesa que le cubría casi todo el borde de la boca. No tenía nada para darle, entonces empecé a alejarme sin mirarlo, buscando entre las casonas del parque un restaurante donde almorzar. El perro me siguió un rato, pero al final se cansó y se fue trotando a un basurero al otro lado del parque.

La casa donde estaba el restaurante se veía por fuera como las otras casas grandes del pueblo. Las paredes de bahareque estaban pintadas de blanco, no sé si con pintura o cal. El alero, de guadua limpia y tejas de barro, sobresalía firme y recto como una cachucha nueva. Los acabados de las puertas, ventanas y balcones eran todos de madera pintada de amarillo, con adornos naranja de flores talladas a mano. Junto a la entrada principal había un escaparate pequeño de madera y vidrio protegiendo una hoja impresa con el menú del día.

Atravesando el zaguán se llegaba al patio central de la casa. Estaba enmarcado por columnas delgadas de madera, también pintadas de amarillo, que sostenían el corredor del segundo piso. Todas las columnas tenían colgadas materas de alambre y plástico negro de donde salían flores pequeñas de colores y algunos helechos que bajaban despelucados. Me senté en una de las mesas del corredor y me rasqué la cabeza distraído, esperando a que alguien viniera a atenderme. Se notaba que era martes y muy pocos turistas estaban de paso por el pueblo. Sólo una pareja rubia y muy blanca intentaba descifrar el menú en una mesa al otro lado del patio.

Después de un rato llegó la mesera. Era joven y simpática, con un cuerpo bronceado y firme. Llevaba una camiseta blanca de cuello en V que le resaltaba el escote. El nombre del restaurante se deformaba por la curvatura de la teta izquierda. “Bien pueda, caballero”. Sonriendo sin coquetería, me entregó una hoja con el menú, la misma del escaparate de la entrada. “Hoy sólo tenemos el menú del día, la carta funciona sólo los fines de semana. Tenemos sopa de colisero o salpicón, y de seco, carne de res o de cerdo con arroz, papa chorreada y ensalada. Jugo de mora o limonada. Si quiere le cambiamos la carne de cerdo por chicharrón, que nos acaba de llegar”. Yo intentaba leer el papel mientras la escuchaba. No entendía la necesidad de imprimir el menú. ¿Sería para los turistas que no entendían el acento? ¿Estarían estrenando impresora?

Pedí el salpicón y el chicharrón mientras le devolvía la hoja y una sonrisa torpe. Me quedé mirándole el culo mientras llevaba mi orden a la cocina. ¿Será que trabaja aquí todas los días? Pensé en ponerme los audífonos otra vez y escuchar música un rato, pero preferí prestarle atención a los goterones que empezaban a caer en el patio.

Cuando la mesera me trajo el salpicón, aproveché para preguntarle por la fuente del parque. “Ah, es que estamos en sequía desde hace com’un mes y el alcalde mandó a ‘pagar la fuente.” Levanté la cejas, sonriendo ahora más confiado, y le señalé el patio. “Jajaja, no, eso es un espantabobos. Espere y verá que en veinte minutos ya está otra vez todo despejado”. Solté una risa sencilla y corta de aprobación. Ella se dio la vuelta y me dejó solo con el salpicón.

Cuando salí a la calle después del almuerzo, el sol ya se veía nítido por entre las nubes, ahora mucho más delgadas y escasas que las anteriores. Doblé en una esquina donde quedaba una taberna vacía y empecé a caminar por una de las calles del costado del parque. A pesar de que insistía en su trazado recto, la calle angosta subía y bajaba ceñida a la indiferencia de la montaña. Cada casa competía con sus colores vivos, naranja, verde, azul, vinotinto, amarillo, todas limpias y recién pintadas. Desde algunas ventanas me miraban señoras ancianas, apoyadas con pereza en los balcones. No aparentaban mucha curiosidad, pero igual me seguían con los ojos a medida que avanzaba por entre los niños jugando fútbol y los pocos carros parqueados al lado de la acera. Posiblemente ya adivinaban que estaba buscando el cementerio del pueblo, uno que queda al final de esa calle en una loma que domina el centro de Corinto. De pequeño me gustaba mirar el valle desde el cementerio cada que acompañaba a mi familia al entierro de un familiar o a traerle flores a la abuela. A pocos metros de las últimas tumbas comenzaba el voladero, tan pronunciado que el cementerio mismo parecía un balcón sobre el vacío. Al fondo se abría un cañón amplísimo, defendido por dos montañas verdes llenas de fincas que le hacían el quite a los despeñaderos.

En el cementerio me recibió la capilla principal. Estaba toda pintada de blanco. Algunas personas insisten que tiene estilo neoclásico, por sus columnas lisas y la disposición de las sillas; otros que tiene estilo neogótico, por la forma de las ventanas y los acabados del techo. La única decoración era una cruz grande de madera colgada sobre el altar vacío de mármol blanco. Me pareció curioso que casi todas las ventanas no tenían vidrio, dejando entrar la brisa de la tarde con una suavidad un tanto melancólica.

Salí de la capilla y empecé a recorrer las tumbas. En total en el cementerio no había más de una decena de mausoleos pequeños y poco ostentosos. Había también unos cuántos ángeles de yeso, todos con algo amputado por el tiempo. La única tumba que quería ver era la de mi abuela, pero no lograba encontrarla. Sentía que en esos años alguien había redecorado todo, moviendo los planchones de cemento y desdibujando los senderos anteriores. El sol brillaba ahora con fuerza en un cielo casi despejado. Tenía que entrecerrar los ojos para poder leer los nombres y las fechas de cada lápida. ¿Dónde estaría mi abuela? Noté que una tumba estaba mal sellada y una nube de mosquitos diminutos se peleaba por entrar.

No tardé mucho en aburrirme. Pensé que era una pena que éste no fuera uno de esos cementerios famosos, con mapas donde marcan los puntos de interés. Salí a la calle y busqué dónde esconderme del sol. A media cuadra del cementerio había un bar con dos puertas abiertas. La última lágrima, ponía el letrero azul con blanco, patrocinado por una marca de gaseosas. Adentro, detrás de un mostrador de madera, atendía un señor muy delgado y con pocas canas. Si me hubiera preguntado su edad, no hubiera tenido nada para decirle. Todas las mesas estaban vacías, salvo una donde un anciano dormía la siesta frente a una copa vacía de aguardiente. “Muy buenas, bien pueda siéntese. ¿Qué le provoca?”. Pedí una cerveza y me senté en una mesa cerca de la puerta.

El señor trajo la botella fría, la dejó sobre la mesa y comenzó a conversar, siempre de pie. “Tiene familia de acá, ¿cierto?”. Enumeró datos y fechas de la historia del pueblo, su posición en el ranking de los más grandes y más viejos del departamento, el nombre de algunos personajes que habían nacido o vivido ahí desde su fundación. Me contó sobre lo feliz que vivía, lo tranquilo que era todo, lo sanos que eran sus vecinos. Señaló una parte del mostrador y me dijo que ahí tenía un cuaderno donde iba anotando todas las muertes del pueblo. “Esa gente de antes, eh, era muy sana, de otra madera, duraba años y no les dolía nada. Ya lo de ahora no es lo mismo, hasta la gente es más bajita.”

Se quedó callado un rato mirando el mostrador. Yo seguía bebiendo mi cerveza. “La raza se ha ido degenerando”, sentenció después de un rato, buscando algún gesto de aprobación en mi cara. Yo sólo levanté las cejas, tapándome la boca con el pico de la botella.

Cuando terminé la cuarta cerveza, compré media de aguardiente y salí otra vez a la calle. El sol seguía marcando sombras oscuras y definidas, pero ahora con una luz rojiza y suave. Me puse los audífonos y caminé despacio buscando el parque. Quería sentarme en la misma banca donde comía paletas de mango biche y acabarme solo la media de aguardiente.

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