Vibradores vendo yo

Por Carla Gloria Colomé

Ilustración: Coco

Existe, en La Habana de 2016, un joven con un negocio.

Existen, además, clientes tímidos, clientes voraces, clientes desesperados, clientes juguetones, retozones, vivarachos.

Existe, ilegal, la mercancía.

Y existe, repito, un joven con un negocio.

***

Más de una vez ha sonado el teléfono y Sergio ha salido corriendo de su clase de Álgebra II, o de su clase de Lógica, o de su clase de Análisis Matemático I. Comprueba si el número en la pantalla del móvil es desconocido, y en esos casos –que son las más de las veces– ya sabe qué va a ocurrir. Sabe que la otra voz, su cliente, va a tartamudear, se pondrá nervioso, confundirá palabras. Al teléfono, los clientes de Sergio parecen ser personitas pacatas, timoratas, penosas personitas todos. Jamás son capaces de terminar una frase, de decirle por qué realmente lo localizan. Hola Sergio, yo llamo porque, yo llamo por, yo llamo. Y Sergio, que ha aprendido en cuatro años de negocio, jamás los hace sentir mal. Al contrario, le pone normalidad al asunto, los lleva al estado necesario de rapport donde el cliente se cree seguro, y hasta valiente y divertido, y les dice sí, tengo vibradores, cuántos quiere y a dónde se los llevo.

***

A dónde se los llevo, anticipa Sergio siempre que lo contactan desde 2012, año en que comenzó con el negocio de los vibradores, y año también en que la Aduana General de la República de Cuba emitía la Resolución 439 donde, entre otras indicaciones, alertaba que bajo ninguna circunstancia el pasajero podrá importar o exportar “Hemoderivados, literatura o artículos y objetos obscenos o pornográficos que atenten contra los intereses de la nación”.

Nadie, ni Sergio, ni su hermana, ni la amiga de su hermana que viaja a México y compra la mercancía, han hecho caso a lo anterior. Desde que Sergio comenzó a estudiar Cibernética en la Universidad de La Habana, tiene encargos cada vez mayores.

La mercancía le llega de segunda mano. A su hermana le entregan los vibradores en 15 CUC, ella los pasa a Sergio en 20, y Sergio los vende a 25, escalera de tres piezas donde él, la tercera, desde hace cuatro años costea su universidad gracias al negocio. Al negocito, dice. Sabe que en cualquier lugar del mundo, una vez graduado, ganará como cibernético al menos 70 mil dólares anuales, pero ahora mismo la cuenta que saca es que está en cuarto año de su carrera, fresco y joven por La Habana, repartiendo encargos, encargos que aumentan, se multiplican, se elevan al doble, triple, cuádruple. Crecen por días, exponencialmente.

No es menos cierto que Sergio teme que el negocio se termine, sería bueno alargarlo un año más. Teme, por ejemplo, que un día en el aeropuerto le prohíban pasar la mercancía a la amiga de su hermana, que viaja a México, y ahí termine todo. Sin embargo, para que esto ocurra esa amiga tendría que exportar cantidades un poco atrevidas, que traspasen de manera evidente los límites aduaneros. Si no es así, si la amiga se mantiene trayendo en cada viaje entre cinco, seis, y hasta diez vibradores, dildos o conejitos rampantes, como ha hecho hasta el momento, el negocio marchará a la perfección.

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El negocio marchará a la perfección porque lo que más hacen con este tipo de objetos los aduaneros es divertirse un poco. Sí, divertirse. El trabajo en un aeropuerto es largo, extenso, agotador, pasajeros chovinistas, pasajeros esnobs, pasajeros compramundos, pasajeros ovejas descarriadas, pasajeros malcriados. Algo hay que hacer para que el tiempo corra.

Los aduaneros tienen entre ellos sus normas y códigos. Si el pasajero lleva consigo algún tipo de literatura, algún libro, revista o documento, su maleta es marcada con la letra L para una siguiente revisión, previendo que puedan ser revistas pornográficas, por ejemplo. Si hay muchos artículos repetidos en el equipaje de otro pasajero, distinguen dicho equipaje con las letras CC, o sea, carácter comercial. Y si hay un artículo de dudosa procedencia en las pertenencias de alguien, lo marcan con letra Z.

–Pero si es el caso de los consoladores, o vibradores, o cualquier otro objeto sexual, entonces les ponemos Z Tubo, y mandamos al pasajero a abrir su maleta –dice Yanara Cuevas, que trabaja en el Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana, o bien pesando equipajes o bien en el banco de revisión–. En ocasiones, lo que traen son esposas y eso sí hay que revisarlo bien, porque no se sabe para qué las quieren y se le hace una entrevista al pasajero. No tenemos forma de saber cuándo entran videos, pero las revistas pornográficas sí las decomisamos.

Nunca, al menos Yanara y los aduaneros que con ella trabajan, han decomisado ningún juguete sexual. Dice que ha visto consoladores negros, transparentes, color piel. Dice que muchos cubanos traen cinco o más, y saben que es para vender, pero esa cantidad, añade, no es decomisable, jamás han visto que traigan un cargamento.

La mayoría de las veces el pasajero que lleva los juguetes se muestra inquieto, no abra ese paquete, le han dicho a Yanara Cuevas, no lo abra, no es necesario, y el paquete envuelto en tela, envuelto en nylon, envueltísimo.

–A veces damos chucho entre nosotros, para variar un poco el día, el pasajero se muere de la vergüenza y me dice no lo saques y yo le digo por qué, a ver, por qué. Y llegan otros aduaneros con caras serias, el pasajero impaciente, hasta que sacamos el instrumento, y todo el mundo alrededor comienza a reír.

El paquete envueltísimo, finalmente, contiene un majestuoso, solemne, pomposo vibrador.

***

Ilustración: Coco

Un majestuoso, solemne, pomposo vibrador es lo que exige el cliente. Y así los traen. Bien lindos, dice Sergio, de colores, con bolitas brillantes. Chulos.

Sergio carga su mochila negra Adidas con vibradores, repleta la mochila negra, vibradores de veinte centímetros de largo y entre tres y cuatro centímetros de grosor. Recuerda el primer día en que vendió un vibrador. Puso el anuncio en Revolico.com –el sitio digital de anuncios clasificados que funciona de manera ilegal entre los cubanos– y en menos de dos horas le llegó la primera llamada. Una secretaria, cabello oscuro y acartonado, seriamente vestida, pidió que por favor le llevara uno a su trabajo. La secretaria lo aguardó a la entrada, le parecieron perfectas las medidas, largo y ancho justo como ella lo necesitaba, pagó el dinero y se marchó.

–Pero la gente casi siempre se pone misteriosa –dice Sergio.

–¿Cómo?

–Misteriosa. Pasan trabajo para decirte lo que quieren, y nunca, casi nunca dicen que son para ellos.

–¿Para quién entonces?

–La gente se justifica antes de comprarlos. Me llaman y me dicen no son para mí, es un regalo para mi suegra, es un regalo para una amiga que hace rato no hace nada. Ellos no saben que a mí lo que me interesa es vender. Y también se ponen bravos a veces. Si estoy ocupado y no se los puedo llevar, o si es muy tarde y estoy durmiendo, se enfurecen, me hablan alto, me dicen que van a buscarlos a donde yo les diga. Y se ponen intensos también.

–¿Cómo?

–Una pareja de Guanabacoa me llamó y fui a llevarles un vibrador. Él era mucho mayor que ella. Luego querían otro para regalarle a la mamá de la mujer y también se los llevé. Me dijeron que guardara su número por si entraba otro tipo de juguetes. La mujer empezó a escribirme cada tres días, hasta que envió un mensaje diciéndome que hacía rato querían preguntarme algo, que los disculpara a ella y a su esposo, que si yo era gay, y que ellos estaban teniendo fantasías sexuales conmigo hacía un tiempo. Les respondí que era gay, pero no estaba interesado.

Hace poco le entró a Sergio otra de esas llamadas.

–Yo soy cineasta –le dijeron–, trabajo en el ICAIC. ¿Sabes qué es el ICAIC? Bueno, estoy en plena filmación para una película y necesito un vibrador. Había pedido uno prestado y se rompió. Necesito reponerlo. Voy a buscarlo ya.

–Se ponen imaginativos, viste. La gente se complica y se enreda porque quiere.

La respuesta que puede dar la psicóloga Mariela Rodríguez a esto, o sea, a que la gente se escabulla, se regodee, invente otras historias de otras gentes que jamás son ellos, resulta bastante sencilla: son cuestiones de la intimidad.

–No creo que sea un tema tan cubierto de prejuicios sino que las personas con su intimidad tienen cierto pudor, cierto recato. Además, no están expandidos en el país los juguetes como industria. La gente los usa, pero cuando no los tiene, utiliza lo que tenga a su alcance. No suelen hablarlo públicamente como no dicen públicamente que se masturban.

Al preguntarle a Sergio si los vende siempre sin problemas, si nunca al cliente le disgustan, o si les parece muy alto el precio, dice no. Nunca les disgustan, jamás les han parecido caros.

–Lo que hacen es pedir otros tipos. Que les traiga anillos vibradores, bolas chinas, muchas lesbianas me llaman para comprar cinturones, a la gente le gusta mucho los conejitos, esos sí los doy en 35 CUC, llevan cuatro pilas, tienen leds, se les regula la vibración, son de silicona, la gente se queda loca y se venden al momento. A la universidad fue una vez un hombre a comprarme uno, y llevó a su mujer para ver si le gustaba, y la mujer callada, miraba el vibrador, el hombre hablaba con ella y ella ida, estábamos dentro de su carro para que nadie en la universidad se diera cuenta. A la gente le encanta, es que los que vendo son muy lindos, los prefieren morados, pero si no hay morados compran de cualquier color. Yo les explico todo, porque algunos preguntan cómo funcionan, les enseño cómo se sube y se baja la velocidad, y les digo siempre, para que les duren, que no les dejen las pilas puestas si no los van a usar, porque se calcinan.

La única vez que lo contactaron para devolverle fue una pareja de lesbianas porque el vibrador era demasiado grande e incómodo para ellas. De ahí en fuera, Sergio recibe cinco, seis, siete llamadas por día. Aunque la gente apenas tiene acceso a Internet, dice. Aunque los ponga al precio que sea, dice. AunqueRevolico.com le retire el anuncio.

–Varias veces lo han retirado ya, pero yo busco la forma, la manera, y ellos ni cuenta se dan.

(Sigue leyendo: http://www.revistaelestornudo.com/vibradores-vendo-yo/)

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