Abrir la puerta para ir a luchar

#NiUnaMenos #VivasNosQueremos #SalirALuchar

Agustina Sulleiro.doc
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para NAN

No sé coser, no sé bordar pero sé abrir la puerta para ir a luchar.

A un año de la primera marcha, #NiUnaMenos volvió a las calles. La manifestación del viernes pasado puso en escena un entramado de resistencias y solidaridades, un movimiento heterogéneo que lucha, en múltiples y diversos espacios, contra la violencia de género. Porque #NiUnaMenos — iniciada por un grupo de periodistas, artistas y activistas — se expandió hasta convertirse en una campaña masiva.

La movilización fue una acción colectiva que irrumpió nuevamente en el espacio público para reactualizar el grito, para visibilizar las demandas pero también para encontrarse, para celebrar las redes que cotidianamente — con resistencias y contradicciones — se van tejiendo en los territorios.

“El trabajo en cada barrio es muy diferente porque las problemáticas lo son. Entonces se labura y se articula de distintas maneras”, contó Keila mientras caminaba atrás de la bandera de la Cooperativa de Educadores e Investigadores Populares (CEIP). La Cooperativa nuclea bachilleratos populares de capital y del conurbano bonaerense; Keila forma parte de uno de ellos, el 19 de Diciembre de Villa Ballester, San Martín. Allí se formó un frente de género territorial: “Venimos trabajando sobre distintos tipos de violencia: física, verbal, simbólica, patrimonial. Es muy frecuente en el barrio que las mujeres sean forzadas a quedarse adentro de la casa, realizando las tareas domésticas y cuidando a sus hijos. Nuestra comisión de género integra un frente territorial de mujeres con las que nos empezamos a reunir, hacemos grupos de charlas, cine-debate, nos juntamos a discutir las distintas problemáticas: ésa es nuestra principal estrategia de construcción en el barrio”, explicó.

La marcha convocada por el colectivo #NiUnaMenos en más de cien puntos del país tuvo su epicentro en la Plaza de los Dos Congresos. Se estima que fueron unas 200 mil personas y que llegaron de todas partes: las columnas organizadas entraban por las calles laterales, mientras que otros cientos de personas llegaron desde Microcentro por Avenida de Mayo, a medida que fueron saliendo de sus oficinas. La avenida lució colmada y movilizada desde Congreso a Plaza de Mayo.

Organizaciones sociales, territoriales, feministas y de derechos humanos, partidos políticos, sindicatos, centros de estudiantes universitarios y secundarios. Grupos de amigos y amigas, familias. Hubo muchas banderas pero también muchos carteles hechos a marcador y cinta scotch con frases y fotos de víctimas. Bombos, tambores, globos negros, pegatinas en las paredes. Los pañuelos verdes de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito se desparramaron a lo largo de la caravana.

Una nueva consigna, #VivasNosQueremos, resumió las demandas urgentes: presupuesto y plena ejecución de la ley de protección integral a las mujeres, reglamentación de la ley de patrocinio gratuito, incorporación de una perspectiva de género en el aparato judicial, educación sexual integral, legalización y gratuidad del aborto. En definitiva, reconocimiento de derechos y políticas públicas que permitan terminar con toda violencia machista que persigue y mata a mujeres hétero, lesbianas, gays, travestis y trans. “La violencia machista también mata, lentamente, cuando coarta libertades, la participación política y social, la chance de inventar otros mundos, otras comunidades, otros vínculos”, advierte el documento de #NiUnaMenos, 365 días después del primer hito.

El machismo se filtra en el tejido social, lo estructura, lo determina. Se evidencia de forma extrema en los femicidios (275 mujeres fueron asesinadas entre el 1 de junio de 2015 y el 31 de mayo de 2016), pero se manifiesta en diversos grados en lo cotidiano: en el hogar, la escuela, los ámbitos de trabajo, las calles y las plazas. En los medios de comunicación, las comisarías y los juzgados. En la ciudad y en el campo.

Araceli fue al Congreso con su centro de estudiantes, el de la Universidad de Quilmes, y con ella su historia: “Soy madre soltera y me cuesta mucho trabajar, estudiar y llevar todos los días a mis dos hijas al colegio. Me encantaría que muchas personas estuvieran acá conmigo, pero no tengo mucha gente que me apoye, la mayoría no quiere que estudie. Hace poco me sumé al centro de estudiantes y estoy muy feliz y emocionada de participar en la marcha”.

La movilización visibiliza la problemática, amplia las demandas. Es también un poderoso mojón para las bases que vienen construyendo desde los territorios. “En la vida campesina, las mujeres tienen una gran fuerza, son las que paran las topadoras. Cuando una mujer avanza ningún hombre retrocede, estamos convencidas de eso”, aseguró Rosana, integrante de Vía Campesina en el Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI). “Las mujeres estamos en todas las marchas pero hoy acá hay pocos compañeros. A los hombres les cuesta salir a la calle por este tema. Lo estamos cambiando de a poquito”.

“El patriarcado está instalado hace siglos en las oficinas, en las calles y en los medios. Nosotros nos estamos organizando, hicimos una campaña de género de forma independiente, pero a veces el gremio no aporta mucho. De hecho, la convocatoria fue bastante reducida en comparación con otras actividades, se le debería haber dado más importancia”, analizó Soledad, delegada del Sindicato de Telecomunicaciones (Foetra).

#NiUnaMenos es una puesta en la escena pública de lo que se avanzó en términos de organización, pero sobre todo una denuncia de las resistencias y los retrocesos: “Es muy difícil empezar a visibilizarse a una misma como víctima del patriarcado, incluso para las que militamos en la izquierda, que a veces pensamos que eso no nos toca”, analizaba Keila, mientras continuaba su marcha por la Avenida de Mayo. “Vamos avanzando en la organización porque en los barrios a las mujeres se les hace mucho más explícito que nuestras reivindicaciones se corren cada vez más lejos”, aseguró y recordó el caso de Belén, presa en Tucumán por un aborto espontáneo, y el desmantelamiento de los programas de protección a las mujeres, que se sufre “en la salita de primeros auxilios”.

“En un contexto de ajuste económico y privación general de derechos, las presuntas soluciones que se buscan son punitivistas. Plantean el atajo del castigo antes que la prevención para evitar que haya más víctimas. Venimos a decir que eso no alcanza, que se trata de conmover las creencias y prácticas sociales que sustentan la violencia machista y la complicidad del Estado y la justicia. Venimos a decir que con ajuste no hay Ni una menos y que la pobreza es violencia”, denunciaron las organizadoras de #NiUnaMenos, y se replicó en miles de voces, que volverán a lucha diaria en sus universidades, sindicatos y organizaciones sociales.

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