Año nuevo.

Cuando era chica, íbamos a cenar a la casa de mi abuela en año nuevo. Hacían carne a la olla con arroz, de postre casata. Tomábamos cola de mono para niños y nos poníamos nuestros vestidos más lindos.

Cada año me da menos sueño esperar las 12. De chica andaba cabeceando por lo pasillos, después no porque con mis primos jugábamos hasta hartarnos.

Son las 12, todos nos abrazábamos, siempre abrazaba a mi prima de las primeras. Después mi papá, mi mamá, mis abuelos y típico que hay una tía que llora con el himno, porque sí, poníamos el himno en la radio Cooperativa y sí, una tía lloraba siempre (¿estaría triste por todo lo que se llevó el año anterior o porque le daba miedo el futuro?).

Me gustaba el 1 de enero porque ese día comenzaba a escribir en la Pascualina, me pasaba siempre que a final de año, la agenda estaba a maltraer, toda sucia, con poquitos stickers y un par de hojas menos. Me daba ansiedad cuando me regalaban la del año siguiente y tenía que esperar para empezarla. Me conformaba con escribir mis datos personales y otras preguntas tontas tipo “Los ojos del brujo de mis sueños son de color….” y ahí una respondía verdes (ojalá), café (meh) u otro. No es que no me gustaran los tipos con ojos cafés, es que en ese tiempo cuando estás enamorada de Nick Carter de los BSB obvio que vas a querer un mino con ojos verdes mínimo o azules, que sería soñao.

También me gustaba el 1 de enero porque mis papás andaban errantes por la casa, como con caña pero contentos, como que nada les importaba mucho y nos podíamos comer las sobras de pan de pascua de la noche anterior, nunca me gustó la fruta confitada y hacía montoncitos en el plato y mi mamá se enojaba, pero mi papás se las comía. Mi papá se comía todo lo que dejábamos. Con mis primos íbamos al cerro de la cruz, en modo aventura y mi papá a cargo. Nunca me voy a olvidar cuando un primo chico casi se cae por un barranco y lo tuvimos que salvar, hicimos una cadena de primos agarrados del brazo y así lo subimos. Mi primo tenía la cara roja e hinchada de tanto llorar, obvio si casi se muere. El punto es que siempre que volvíamos, pasabamos a tomar helado y mi papá nos “emparejaba” los helados a todos, “para que no se nos cayeran del cono”. Ahora creo que me estafó a mi y a mis primos durante años porque él se tomó casi todo el helado de todos.

Me recuerdo a las 11 de la mañana, acostada de guata en la alfombra, a todo sol, revisando la Pascualina hoja por hoja. Leyendo todas las frases de los stickers, súper contenta. Hoy creo que mis 1 de enero siguen siendo así, con la página en blanco lista para empezar a escribir una nueva historia, mejor, peor pero nunca igual que la anterior.

Feliz página en blanco 2018.

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