Gina (se dice yina).

Natalia Figueroa
Aug 8, 2017 · 3 min read

La recuerdo con sus jeans ajustados color conchevino y una blusa floreada semitransparente, tacones y el pucho en la boca, esperándome afuera del colegio con “chica de humo” (si, la de Emmanuel) a todo volumen en el auto. Me daba vergüenza.

Mis compañeros de curso me preguntaban si ella era mi hermana, que se veía muy joven, que era muy mina. Me daba rabia.

No tengo muchos recuerdos de mi madre cuando yo era niña, yo creo que es porque ambas lo éramos, seguro mientras yo crecía, ella también lo hacía a su modo, viéndome con miedo, desesperación o no teniendo la más puta idea de qué hacer conmigo.

Había distancia dolorosa entre nosotras, había un vacío en mi corazón y una necesidad de ella, yo quería que mi mamá fuera como las mamás de mis amigas, que eran como sus amigas y se contaban todo, que las llevaban de compras y se hacían la manicure. Pero mi mamá nunca iba a ser así, ella era diferente, por fortuna.

Era fácil criticarla, me daba motivos. Era obvio tenerle resentimiento, era lógico no quererla tanto. Crecí con la idea (errónea) de una madre ausente, aunque ella siempre estaba ahí para mantener mis necesidades básicas cubiertas, para sacarme los piojos después de cada campamento de scout, para hacerle vestidos a mis barbies, para bordar mi nombre en los delantales, para aprender que el labial rojo era infalible.

Una parte de mi la admiraba, la encontraba preciosa, cool. Me acuerdo de una vez que unas familiares la pelaron porque usaba ropa muy corta y ajustada, onda “una mujer casada, una señora no viste así”, la webeaban porque fumaba y se reía fuerte, yo se lo dije y ella respondió “no me importa lo que digan, yo me pongo lo que yo quiero y dios no me puede mirar porque no existe”.

Me decía que nunca llorara por un hombre, que nunca iba a valer la pena y si lo hacía, que no fuera frente a él, que no mostrara mi debilidad, yo no lo entendía, la encontraba una descorazonada sin sentimientos. Ahora creo que ella quería cuidarme, enseñarme a ser orgullosa y fuerte.

Fuimos dos extrañas durante mucho tiempo, ella no me dejaba entrar y yo le cerré mis puertas. Me dolía que así fuera pero una vez, cuando más fuerte caí, ella fue la única que me levantó y me sostuvo, fue ella quien me llevaba a caminar después de comer, cuando comer era una tortura para mi, una vez me abrazó tan fuerte, que dejé de llorar, creo que por primera vez sentí su protección.

En algún momento la miré y me vi en ella, en algún segundo su corazón se abrió y yo entré para no salir nunca más, en un minuto le hablé con las manos, los ojos y le mostré mi interior, un día me desplomé frente a ella y se quedó a mi lado diciendo: “siempre he sabido quien eres, eres mi hija”, mi corazón explotó.

Me gusta ver a mi madre, me gusta compartir un vino con ella, me gusta decirle “¿vamos a hacernos las uñas?” y que prenda altiro, me gusta hacerle un regalo para mi cumpleaños porque al parirme ella también nació. Me gusta que me diga que luche para ser feliz, que no importa el camino que tome porque ella siempre estará. Me gusta sentir que crecimos juntas, que nuestro amor no salió del aire y que somos amigas a nuestra forma. Me gusta que se ría como chancho, que siga siendo la más vanidosa y que nos saludemos con un “hola bruja del demonio”. Me gusta habernos perdonado.

Madres hay tantas y ella le tocó ser la mía, afortunada yo, pobrecita ella.

Natalia Figueroa

Written by

Feminista, animalista, redactora, ciclista, sobreviviente.