El Supercomercio

River — Boca, pasión de millones (de pesos)

Sale Vigliano al campo de juego para el habitual reconocimiento del mismo. A su lado, casi como guardaespaldas, lo acompañan los jueces de línea. Caminan un poco, hacen rodar la pelota con esfuerzo por sobre un charco y un par de minutos después, enfilan nuevamente para los vestuarios. Un periodista, que lo viene mirando como leopardo a una gacela, se abalanza sobre el referí y escupe la pregunta que todos se imaginan, pero a la vez que todo el mundo espera conocer. “¿Se juega, Mauro?” vocifera, mientras sostiene el micrófono con una mano y un paraguas con la otra. El árbitro afirma y comienza a rodar la noticia en los medios. El River — Boca se va a jugar. Pero la realidad marca que no se puede.

La excusa ética a la que el hincha alega refiere al qué hacer con la masa fanática que se está empapando en las butacas hace no menos de una hora para ver el partido más esperado, para presenciar SU partido. Es una forma sutil e indirecta de decir “no me rompas las pelotas, ya estoy acá, ahora largá el partido”. Además de esto, se recurre al pretexto futbolístico sobre la no disponibilidad de fechas para postergar el encuentro, por lo que se tiene que jugar sí o sí.

La Asociación del Fútbol Argentino le delega la responsabilidad al árbitro designado, en este caso al señor Mauro Vigliano, para que medie imparcialmente tanto las cuestiones futbolísticas como las contextuales. Es decir que, en teoría, él posee las facultades para tomar las medidas correspondientes en caso de que el desarrollo del partido se vea afectado por cualesquieran sean los factores, fuesen propios de las condiciones climáticas, como una lluvia torrencial que impide que la pelota ruede con normalidad, o bien cuestiones xenófobas como en el caso de un grupo de gente que usa pirotecnia dentro del estadio y se cuelgua del alambrado para colocar una bandera con una leyenda racista.

El superclásico es el partido que deja mayor cantidad de beneficios económicos del fútbol argentino. Todos los números se exacerban. La cantidad de diarios vendidos en la semana previa; los ingresos por asistencia; el negocio de la reventa -en el que no hace falta aclarar quiénes están vinculados-; los derechos por transmisión del partido al exterior y hasta los locales gastronómicos. Por obligación, el mínimo son dos, aunque se acostumbra a disputar uno amistoso en verano y dos por torneo. Este año se jugaron tres amistosos en Mar Del Plata, Córdoba, Mendoza, otro del mismo carácter en México y los dos reglamentarios en La Boca y en el Monumental.

Nos quedaremos con ganas de saber quién estaba en mejores condiciones, qué condimento extra habría tenido el partido si se hubiera desarrollado con normalidad, qué prepararon los técnicos en la semana para alcanzar la victoria, etcétera. Se dejó el fútbol de lado. Ya no importa si River juega mejor, si Boca tiene más partidos a su favor o si nos van a ofrecer un show dentro del campo de juego. Las cuestiones futbolísticas, éticas, morales, humanitarias y preventivas están en la vereda de enfrente. En el clásico del comercio, se prima la financiera.