El populismo que jode

Ricardo Alvarado
Feb 25, 2017 · 3 min read

Se define populismo como “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Es una doctrina política que propone que la clase común es explotada por una elite privilegiada y guiada por la creencia de que los cambios sociales, económicos y políticos son alcanzados mediante la acción directa de las masas.

El populismo no es una tendencia ideológica concreta, sino más bien una estrategia política que busca -dentro de cualquier ideología- atraer a la gente común para quitarle el poder a la élite (a los mismos de siempre) y devolverle el poder al pueblo.

La teoría pareciere fascinar a cualquiera. La idea de lograr un movimiento político lo suficientemente grande para ganar unas elecciones presidenciales es el sueño de cualquier político hambriento de poder. Un presidente que gobierne para el pueblo es el sueño de cualquier ciudadano.

El problema con el populismo en Costa Rica, es que es un discurso basado en promesas y no en propuestas. Una vez toma el poder quién gana, pasan escasos meses y nos empezamos a bajar de la nube utópica de las promesas en campaña y nos encontramos con la realidad de un presidente que no tiene experiencia gobernando, que nunca presentó propuestas concretas y que, con un gabinete igualmente inexperimentado, están jodiendo a Costa Rica.

El populismo en campaña se vende como producto comercial: gana las elecciones quien mejor se vende al público. Pero, al igual que un producto comercial, nos quedamos en las generalidades de las propuestas sin leer la letra pequeña, no hay soluciones concretas, solo promesas vacías.

Pasan los primeros 100 días, pasa el primer año, pasa el segundo, pasa el tercero, viene campaña, se nos promete lo mismo, pasa el último año de gobierno, y se repite el ciclo.

Nos acostumbramos al ciclo y nos estancamos en el conformismo de haber elegido un presidente incapaz de gobernar y en la ilusión de que vendrá otro que -esta vez- sí hará bien las cosas.

La ironía del conformismo político es que en el día a día en un país que no camina se vuelve costumbre: cuando el gobierno por fin logra concretar un objetivo de impacto nacional, le damos un sobre valor adicional innecesario como si lo hecho fuese extraordinario, olvidándonos que una buena obra nos pertenece y que para eso los elegimos: para seguir construyendo Costa Rica

Nos olvidamos que una buena gestión gubernamental es una obligación para el gobierno democraticamente electo, porque somos la masa que los puso en el poder y les contrató en el puesto, pagamos su salario por medio de impuestos; somos sus jefes.

Ya no hacemos balance de la gestión realizada porque, al no haber habido propuestas reales, nos conformamos con cualquier obra medianamente cumplida y nos felicitamos pensando que quizá el voto no fue en vano, como si los impuestos que pagamos no pagasen salarios de lujo, como si exigir un país de calidad fuese un capricho que le pedimos a los políticos y no una obligación suya para con el pueblo.

Todavía estamos a tiempo de no caer nuevamente en un engaño populista. Vivir en democracia nos obliga a informarnos por quién votar, la obligación de construir un mejor país no es meramente del presidente de turno, es de todo ciudadano deseoso de ver un país que sale adelante.