Callejón

Está ahí, sentado al final de uno de los muchos angostos callejones de por esos rumbos. Ve al suelo o al gato curioso que se acerca como a preguntarle algo. Piensa. Piensa en otra cosa. Trata de recordar. Un buró, una peineta… luego mucha gente. ¿Se llama Pedro? No. ¿Arturo? Cree que no. Termina con ‘o’, pero eso es todo. Por momentos se le aprieta el estómago, preocupación, incertidumbre. “¿Qué hago?”, piensa. “Estoy seguro que esto es Chicago, pero ¿cómo llegué aquí?…”.

Isela. El recuerdo del nombre le brota de entre la negrura de la amnesia que al parecer le ha borrado el pasado. “¿Mi esposa?”, piensa. No lo sabe, pero el simple recuerdo del nombre le provoca, sin saber por qué, una punzada en el pecho. “¿Mi novia? ¿Amiga? ¿Hermana?”. No. Supo que de existir no se trata de una relación fraternal: afectiva, sin duda, pero detrás del borrón de su mente no logra ver nada más. Le tortura no saber qué hay atrás, qué hay ahora y para dónde van las cosas. Ve sus propios pies, con sus zapatos negros de siempre. Ahora recuerda ese insignificante detalle: que podrían ser de suela suave o dura, pero siempre negros. Una manía que siempre tuvo.

Un buró, una peineta… luego nada… luego mucha gente. “¡Demonios!”, y da un golpe a la pared ahuyentando al gato que no dejaba de mirarlo. “¿Quién eres Isela? ¿En dónde estás?”, se pregunta mientras una de sus manos clava los dedos pulgar y medio en las sienes. Le vienen imágenes de un cabello largo y miel que mueve a un lado descubriendo un rostro que se adivina bello pero aún invisible en su memoria. Aún no sabe quién es Isela, pero le llega una sensación casi sobrenatural que le dice que ama o ha amado a esa mujer. Y amar a un fantasma raya en los límites de la cordura, medita, mientras aprieta aún más los dedos sobre la cabeza.

Mete la mano a su bolso izquierdo y saca la mitad casi roída de un boleto de avión que muy apenas se alcanza a leer: Monterrey-Chicago — 5/Marzo/ 2010. “Claro, Monterrey… llegué esta mañana, pero… ¿cómo fue que vine, qué hacía yo antes?” Un buró, una peineta… gente. “¿Cómo hago para llamarle a esa Isela, sea quien sea?”. Otro flash de la mujer con su cabello miel, casi sin cara, viéndolo de frente y sonriendo. La misma mujer en una foto vestida de blanco y él a un lado. El dato le da al mismo tiempo un vuelco de gusto y de intenso dolor. Piensa que además de amnesia la locura le invade, pues una misma cosa no puede causar pesar y alegría a la vez. Saber que se trata de su esposa siguió jalando algunos recuerdos del hoyo negro que era su mente y el rostro de Isela de pronto se volvió nítido. ¿Qué más, qué más? ¿Con pasó con ella? ¿Qué pasó conmigo?…

Roberto. Ahora sabe que ese es su propio nombre. Un buró, una peineta… se abre de golpe la borrosa película… Un buró, una peineta… unos botines marrón de hombre, la ventana recién abierta, la bella Isela de cabello miel con la expresión de angustiosa sorpresa, gritos, un balazo, una carrera por la avenida, mucha gente a su alrededor viéndolo correr, un taxi, el aeropuerto… Vuelve la agonía que asemeja una marabunta de hormigas de lava devorando las entrañas , que recorre el cuerpo entero consumiéndolo como fuego y ácido, nubla la vista y rompe conexiones neuronales, mientras corre como antes y sigue corriendo… Todo está en calma. Algún callejón solitario. Silencio total. Piensa. Piensa en otra cosa. Trata de recordar. ¿Se llama Pedro? No. ¿Arturo? Cree que no…

Ricardo Canales

© 2007

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