Como una Hija

A mí nunca me han gustado los gatos. Son tan infieles, tan convenencieros; malvados, yo digo. Pero su maldad no es evidente; es oculta, misteriosa, casi pueril. El mío era así. Cómo me hubiera gustado tener más estómago para echarlo de mi casa, pero no soy descortés; era un regalo y como tal tuve que mantenerlo. Por otra parte, en mi circunstancia de hombre solo, hasta un maldito gato cruzado representa compañía.

Aún oigo los maullidos que suenan más como balidos o como llantos de niño enfermo. Me sacan de quicio. Cuando se me viene a la mente el recuerdo de los muebles llenos de pelaje aborregado –todavía no logro limpiarlos del todo–, me dan ganas de arrancarme los míos. Vi acabarse el verde del jardín que yo mismo, con mucho esfuerzo, cultivé: poco a poco se tragó el césped, las flores, hasta los cactus; todo se lo zampó. Así que ni jardín ni muebles, que además de llenos de pelos, ahora están uniformemente arañados por sus continuos e irracionales ritos de afilamiento de uñas.

Un día, el menos pensado, su condición no felina (siempre que me sea posible, me niego a decirlo por su nombre) empezó a predominar y eso ya no me gustó. Ya se le notaba un par de cuernitos; incipientes, pero firmes. Mi vecino, que es un muchacho de rancho, se dio cuenta de la otra parte de su cruza, por la cuál –siempre lo sospeché– tenía predilección el muy sucio, de modo que a partir de entonces se añadió otra preocupación a mi lista. De repente pienso que, a pesar del aborrecimiento que me inspiraba el gato, en ese momento mis sentimientos tenían cierta pinta de celos de padre.

¡Ah!, en algún tiempo fue sólo un gatito, un bebé, era todo uñas y todo ronroneo; ni pensar en lo que llegó a convertirse. Dejó ver, si acaso, leves destellos de su otra naturaleza, con sus balidos de hambre, o con sus iracundas embestidas a mi trasero. En ese entonces, viví más tranquilo. Pero el tiempo pasa, y pasa rápido. Las cosas dejan de ser como son y su otra mitad reclamaba una salida. Por eso, prefiero no tener gatos. Ojalá nunca hubiera llegado a mi vida.

Muy tarde reconocí que ni siquiera era “o”, sino “a”. De haberlo sabido nunca habría aceptado el regalo, aunque fuera visto como el más descortés y malagradecido del mundo. ¡Que nadie intente regalarme un gato de nuevo! Tienen el diablo dentro. Lo confirmé hace casi treinta y dos noches. Después de buscarla por toda la casa, sólo encontré una nota firmada por el imbécil del vecino. Cuando la leí, supe que se había fugado con mi oveja. Debí alegrarme, pero no recuerdo haberme reído.

Ahora mi jardín verdea de nuevo, y eso me complace. Pero cada vez que lo miro, me dan unas ganas de llorar…

Ricardo Canales © 2007

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