Rant I

RicardoFR13
Aug 22, 2017 · 3 min read

“Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.”

Es una frase de la historia corta “Deutsches Requiem” de Jorge Luis Borges, parte de su célebre compendio de cuentos “El Aleph” publicado en 1949. No me detendré a resumir la trama la historia, creo que cada quien merece leerlo y entender dicha frase y su significado dentro de la misma. Y digo entender porque, sinceramente, no sé qué quiso decir Borges con esa frase, pero sí sé qué significa para mí, y la verdad es que eso me basta.

El 2016 fue un año duro para mí. Creo sin lugar a dudas el más difícil que recuerdo. Acababa de renunciar a mi trabajo, arreciaba la crisis económica del país, me quedaba sin amigos y no veía posibilidad alguna de darle vuelta a la situación. Toda esa vorágine de eventos hizo que mi trastorno de ansiedad y depresión alcanzaran niveles altísimos, a la vez que me negaba a mí mismo la posibilidad de buscar ayuda. Quienes me siguen en Twitter son testigos de ello, de hecho perdí varios seguidores porque me convertí en una cumulo insoportable de frases suicidas y pesimistas. Los entiendo y lo siento, pero hasta cierto punto era el único medio en que podía ventilar mis frustraciones.

En medio de ese año volví muchas veces a ese cuento. Lo debí haber leído por primera vez hace unos 6 o 7 años, y aunque no lo entendí en su justa dimensión, siempre me gustó la frase. Sabía que tenía algo para mí, y fue esa una de las pocas tareas que cumplí ese año: entender qué papel tenían esas palabras en mi vida.

No sé cuántas veces lloré en el 2016. No sé cuántas veces me monté en el carro y salí manejando con la firme convicción de tirarme del puente. No sé cuántas latas de refresco me tomé, cuanta basura comí, a qué peligros me expuse ni cuántas horas dormí o dejé de dormir. Perdí la noción de la dimensión de mis hábitos autodestructivos, ya no sabía distinguirlos de los racionales. Sólo tenía pequeños respiros dentro de la lectura y la música, y pronto se volvieron motivos también de ataques de preocupación.

Mi depresión también evolucionó rápidamente dentro de ese proceso. Del cúmulo de sensaciones que ésta trae consigo pasé a un estado que defino como la cumbre de la depresión: la nada. Toda la angustia, el desasosiego, la desesperación y el desconsuelo mutaron en una incapacidad para sentir. No sé en qué momento ocurrió, o si fueron procesos paralelos, pero llegó un momento en que todo me dejó de importar: si vivía, si moría, si me sentía mal o si me sentía bien. Y aunque pareciese un estado más confortable que el anterior, la verdad es que era el verdadero infierno.

Pero un día caminando por un centro comercial vi a la gente vivir. Ahí estaba yo, sumido en la más profunda de las miserias caminando entre personas que habían decidido ser felices pese a las circunstancias. Y entendí de manera consciente porque nunca me había tirado del puente o porque no había puesto una bala entre ceja y ceja: aunque muchos estemos condenados a vivir infiernos, sólo la mínima posibilidad de probar el cielo nos mantiene vivos. A veces ni siquiera es esa posibilidad, sino la sola certeza de saber que existe la felicidad nos hace desistir de la idea de acabar con nuestras vidas, así la dicha sea para otros.

No he superado la depresión ni la ansiedad. De hecho escribo esto en medio de sensaciones muy similares a las del año pasado. La soledad y el ocio no me caen bien, y la verdad es que he estado solo mucho tiempo: estoy cansado. Este año afuera de Venezuela me ha enseñado que la depresión y la ansiedad siempre serán parte de mí. No me definen, pero aunque parezcan desaparecer por un tiempo, tarde o temprano vuelven. Es una batalla hasta el fin de los días: los que las circunstancias me permitan o los que yo permita.

Pero a pesar de las penurias, del entumecimiento, de las horas tirado inmóvil en una cama, de las ganas de morir, de la ausencia de expectativas, de la renuncia a los sueños, de la incapacidad de ver más allá y de los abrazos que anhelo, a pesar de todo ello, los depresivos nos debemos sentir aliviados de que existe un cielo, aunque nuestro lugar sea el infierno.

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RicardoFR13

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Vamos a ver si es verdad tanta mentira.