J.R.R. Tolkien y la genuina novela realista

La “sabiduría al uso” nos dice que la literatura de J.R.R. Tolkien se clasifica como fantasía heroica o fantasía épica, un sub-género de la “literatura fantástica”. Nada más falso. Nada más desencaminado para quien desea saber con qué se encontrará al leer los clásicos “El Hobbit” y “El Señor de los Anillos”.

Justo esa etiqueta racionalista pero nada razonable -“literatura fantástica”- me previno durante muchos años contra la obra de Tolkien. No estaba entre mis prioridades de lectura enfrentarme a un conjunto de narraciones irreales, probablemente absurdas y carentes de lógica, producto de la imaginación desbocada de algún talentoso hacedor de quimeras.

Lo más probable, y me adelanto aquí a la objeción que probablemente me harán muchos lectores más inteligentes y con menos prejuicios, es que toda esa prevención fuese producto de mi ignorancia y de esa moderna propensión a formular juicios expeditos, sumarios, a partir de “etiquetas” que solemos descifrar con tanta prisa como superficialidad (creyendo tontamente que esa discriminación enérgica y tajante — ese veloz prejuicio: “esto sí, esto otro no”-, nos hace muy listos y “prácticos”).

De esta forma llegué tardíamente a leer a Tolkien, no porque sus novelas le gustasen a otros y me las recomendaran o, peor aún, porque “me gustó la película de El Señor de los Anillos” (que, por supuesto, no he visto), sino por medio de los amigos de Tolkien, empezando por G. K. Chesterton, y también por C. S. Lewis, entre otros (si mucho me apuran también incluiría, como parte de ese entorno que insospechadamente me llevó a leer a Tolkien, a referentes más lejanos como el Cardenal Newman o incluso el poeta Gerard Manley Hopkins). Algo muy valioso debería tener Tolkien para pertenecer al entorno de un genio como Chesterton. Y el parentesco es asombroso. Y a la vez profundo y completamente lógico, porque hunde sus raíces en la sólida antropología católica que comparten Tolkien y Chesterton.

Así pues, descubrí el agua tibia. Un proceso de aprendizaje que, justamente por candoroso, se convierte en inolvidable.

Después de ese hallazgo tan ingenuo como valioso, caigo en la cuenta de que — cual si fuese yo mismo un personaje de Chesterton que encarnase una profunda paradoja — no encontré nada nuevo, sino algo muy olvidado, porque nos afanamos más en buscar novedades que verdades.

Así, recordando que Chesterton escribió en “Ortodoxia” algo sobre su amor a a “los cuentos de hadas” (fairy tales) me bastó teclear en el buscador de Google “Chesterton y cuentos de hadas” para encontrar esto: http://www.nuevarevista.net/articulos/tolkien-chesterton-y-los-cuentos-de-hadas .

¡Tolkien!, lo dicho: descubrí el agua tibia. Lo cual, aunque ustedes no lo crean, me llenó de alegría.

Así, en marzo de 1997, hace más de 20 años, alguien, Eduardo Segura Fernández, ya había descrito y develado varios de mis “sorprendentes” hallazgos y los había publicado en una revista de la Universidad Internacional de la Rioja. Léanlo.

Y esto me llevó al lugar exacto en el que Chesterton explica, con su brillantez característica, lo que significa la obra clásica de Tolkien. Con un pequeño detalle asombroso: Lo explica ¡muchos años antes de que Tolkien escribiese su mal llamada “fantasía épica o heroica”! Chesterton escribió “Ortodoxia” en 1908 y Tolkien publicó “El Hobbit” en 1937 y “El Señor de los Anillos” entre 1954 y 1955.

Creo llegado el momento de poner aquí, textual y en su idioma original, la que he llamado “explicación” de Chesterton, plasmada en el capítulo IV de “Ortodoxia”:

The things I believed most then, the things I believe most now, are the things called fairy tales. They seem to me to be the entirely reasonable things. They are not fantasies: compared with them other things are fantastic. Compared with them religion and rationalism are both abnormal, though religion is abnormally right and rationalism abnormally wrong. Fairyland is nothing but the sunny country of common sense.

G. K. Chesterton. Orthodoxy (Posición en Kindle 628–631).

Para mí, todo está dicho ahí. Tolkien sólo desplegó, como novela, con gran talento, el concepto de Chesterton de lo que es un “cuento de hadas” : La novela de la vida. Una genuina novela realista. Verdadera, no sólo verosímil.