Nervo, los mojicones y la lógica ausente
Ricardo Medina M.
El férreo límite de los 140 caracteres que impone la red social Twitter a sus usuarios es propicio para los aforismos — “el ensayo más breve es un aforismo” escribió hace años Gabriel Zaid-, para las invectivas sentenciosas y hasta para las ironías afiladas, aguijones venenosos que desquician a sus víctimas, aun cuando muchas de éstas (las víctimas) ni siquiera saben por qué les irrita algo que no han entendido; lo único que adivinan es que fueron objeto de mofa y ello les quema más que una gota de ácido sulfúrico.
Sin embargo, una mayoría de quienes gorjean en Twitter parecerían inhábiles para el arte del aforismo o para el riesgoso juego del sarcasmo y suelen ncurrir mucho más en la gracejada simplona, en el adjetivo adocenado que se usa como piedra arrojadiza o hasta en la impúdica exhibición de rarezas o perversiones íntimas, esgrimidas para provocar el escándalo de los concurrentes: narcisismo del montón.
Esa red social es un sitio difícil para el debate tradicional, en el que se supone que se intercambian ideas expresadas de forma lógica, buscando demostrar las propias y desmentir las ajenas (según sea el caso) racionalmente. En 1896, el poeta Amado Nervo escribió un artículo titulado “Las réplicas” en el que explica con maestría porqué, a su juicio, el arte de la discusión se ha perdido y ha devenido en toma y daca de “mojicones” (“golpe que se da en la cara con la mano”, dice el diccionario) o en franca zacapela.
Encontré la referencia al esclarecedor artículo de Nervo –que podría servir como la descripción del 99% de las fallidas discusiones en Twitter-en la introducción del estupendo estudio de Guillermo Sheridan México en 1932. La polémica nacionalista, que trata del inacabado debate entre “contemporáneos” y “nacionalistas” acerca de la literatura mexicana.
Explica Nervo que en los debates de su tiempo se abandonó el método lógico, el silogismo, “que fue llamado espada de tres filos, encerraba a los adversarios en un triángulo de hierro, de manera que no podían salirse por la tangente, ya que en el triángulo no caben las líneas tangenciales”.
Apunta que antes las réplicas (donde uno afirmaba y el otro negaba) no se prolongaban mucho “pues merced a un sobrio encadenamiento de silogismos, fácilmente se llegaba a la conclusión capital”.
Pero abandonada la disciplina del método lógico (desechado el fatigoso expediente de la demostración racional), inevitable fue que todo deviniese en interminables mojicones.
Así estamos, hoy como ayer. O, mejor dicho, mucho peor estamos hoy que lo que estuvieron ayer Nervo y sus coetáneos, porque hoy de la lógica y sus métodos poco se conoce. La moderna escolaridad, sospecho, arrumbó a la lógica como excentricidad inútil y onerosa. Basta escuchar un discurso en alguna de las cámaras o leer algún cursi alegato político en la prensa: abundan las peticiones de principio, los sofistas “argumentos de autoridad”, las confusiones deliberadas y las más toscas falacias. Pero ¿silogismos?, cero.