TU AROMA ES EL DEL VERANO.

Para Nicté P. F.

A ti te gusta el frío, incluso cada vez que el tema de las preferencias climáticas aparece, dejas en claro y sin lugar a dudas que así es, tampoco pierdes la oportunidad para añadir tú repudio por los ambientes calurosos y húmedos; definitivamente no sobrevivirías al hecho de estar más cerca al ecuador de lo que ya estamos. Sin embargo cuando te pienso, las cosas que de inmediato vienen a mí mente difieren de tu gusto por las atmósferas templadas, que de hecho también son las de mi preferencia. Además he de decir, que tengo evidencia científica que respalda esta discrepancia. Explico, le llaman recuerdo sensorial o efecto Proust; debido a que quizá fue él, quien primero describió la capacidad que tenemos para evocar recuerdos significativos de nuestra vida, por obra de estímulos sensoriales; de modo tal que a través de un olor, imagen, tacto, o sabor, que experimentamos en el presente, podemos remontarnos en la memoria hacia sucesos ocurridos ha mucho tiempo; incluso algunos, los más aventurados, se atreven a afirman que podemos viajar por ésta vía a la más remota infancia. Marcel Proust lo narra estupendamente en su novela “En busca del tiempo perdido”, en la que el sabor y olor de una magdalena llevan al protagonista de la historia hasta su niñez. Posteriormente la fisiología y la neurología se han encargado de explicarnos con cierta claridad toda la suerte de mecanismos y procesos, de lo más complejos, que disparan los resortes de éste fenómeno mnémico maravilloso; por ello será y tal vez no sin razón, que hay quien denomina al cerebro “la máquina del futuro”, pero diría yo que también lo es del pasado, si seguimos esta línea de pensamientos.

Fue hace pocos días antes de escribir esto, cuando justamente me ocurrió que fui presa del llamado efecto Proust, y digo me ocurrió, porque efectivamente los científicos dicen que su aparición es involuntaria; y estoy de acuerdo en ese particular. Es más, creo que no me faltan razones para decir esto; pues en ésta época del año, (verano) tiene lugar en mi, para ser más preciso, lo que llmaría una especie de bombardeo sensorial evocador del que no puedo evadirme. Sé que señalarlo es una obviedad, puesto que ahora mismo estamos justamente en el pináculo de la estación; por doquier la vida reafirma contra toda vicisitud, con y a pesar de los seres humanos su renacer cíclico más allá de todo tiempo, de toda insignificante voluntad humana.

Verdor, agua, insectos que van y vienen en epopeyas ignotas, charcos, pájaros que cantan, muerte opacada por el exceso de vida, truenos, saturación de aromas vegetales, tierra casi negra, humedad arbórea, frescura, tormenta, niños jugando en la calle (ahora no), hojas podridas, fruto caído, llueve todo el día, mañana. Estas sensaciones llevan a recrear otras que no transcurren en el presente. Gente desconocida, lugar nuevo, otra vez el miedo que sabes que se irá pero que de momento es miedo, lugar nuevo; como siempre me escondo, nadie me nota, como siempre la multitud me protege, idiotas por todas partes, mejor pienso, la soledad es suficiente, la gente se acerca a mí no yo a ellos, no te puedes ocultar para siempre, buscar refugio entre los invisibles, cómo siempre ya piensan que somos amigos, superficie, nadie vale la pena, sigue el circo, superficie. Varios días después apareces tú, no te vi al principio, ahora te veo, me aturdes, me encandilas, eres demasiado “no-yo”, hablas mucho, demasiado para mi gusto, gritas, luchas, dominas, es fácil son estúpidos, conmigo no podrías, pero no puedo acercarme, no se hacerlo, me oculto pero observo, finalmente te acercas yo no, un edificio viejo, gis, olor a tabaco, cabello limpio, tus ojos, tu boca, te escucho y te miro, hablamos, mañana fresca, todos desaparecen, me gustas, tiempo.

Olor a libro viejo es lo que sigue. ¿Qué sabes de Sherlock Holmes y Arthur Connan Doyle? Pudo ser la pregunta pero no la recuerdo, charlamos, me gusta leer pero no tengo libros creo que dije yo, o tal vez lo pensé, mientras el tufo a cigarrillo y a champú rondan la conversación. Los Beatles son otra coincidencia, lo son todavía.

Me gusta pensar que nos gustamos de cierta manera, creo yo de la forma más sincera que puede hacerse cuando alguien te gusta, de una forma inocente ya que le llamamos así a lo que no tiene intención sexual y erótica. No lo idealizo, para mí está claro que es así, no había expectativas, ilusiones, sólo algunas coincidencias. Esto lo sabes cuando te das cuenta que podrías pasar horas conversando con esa persona; tiempo detenido en intersecciones, gustos, tus ideas, las mías, lo demás deja de importar porque encontraste una buena amiga a la que puedes comenzar a amar, sin saberlo. Hay cierto grado de bella ingenuidad. ¿Qué tan lejos está todavía la niñez de ese momento?

Al mismo tiempo a la herida que aún trato de sanar le daban una de las últimas estocadas. Contigo pasaba algo parecido. Después nos hicimos adultos juntos, después estallé como una bomba, después las oscuridad; entonces provoqué el Maelstrom de nuestras vidas, después del miedo. El verano, otra vez…

Te recuerdo que había dicho que tengo sustento científico para todo lo anterior. Por ello, podría decirse que el edificio de la prepa uno contiene todos los estímulos evocadores; que en sus paredes y pasillos deambulan todos estos, que allí se ubican cada uno de dichos disparadores de la memoria, pero ni siquiera eso es cierto. La preparatoria puede ser derruida hasta sus cimientos, ser tragada por un hoyo negro, convertirse en súper mercado, en fin que se yo, en síntesis desaparecer, pero da lo mismo, ya tampoco es necesaria. La llegada del verano es de lo único que se requiere par llevar todo de vuelta al principio. La frescura e inocencia de aquel inicio, llegan con las primeras lluvias, con el renacer de las plantas, la tierra mojada y todos los artificios naturales que vienen con la estación; traen consigo e involuntariamente todos estos recuerdos, yo simplemente los dejo anidar otra vez como cada año lo hacen desde aquel día.

Pero también suenas a algo; el sonido se imprimió también. Dicen los entendidos que ocurre lo mismo que con el resto de las sensaciones, que también los estímulos auditivos al igual que los demás, quedan sujetos a la parte más primitiva y básica del cerebro, al tallo cerebral o cerebro reptiliano como le llamaban en los albores de la anatomía, el sitio donde se guarda la memoria de las experiencias que más nos han marcado y que nos importantísimas. Gracias a una serie de asociaciones somos capaces no sólo de llamar al recuerdo y a la acción sensitiva, si no también a la emoción como compañera de éstos. Así tu me suenas a bullicio de escuela, a escribir sobre el pizarrón, al pasar de las páginas de un libro, a tus voz bien timbrada y suave, estridente a veces, silla que se arrastra, risas, cuchicheos de estudiantes. Pero sobre todo a: Please please me, Misery, Love me do, Baby It’s You, Twist and shout, All I’ve Got to Do, You Really Got a Hold on Me, Not a second time, Please Mr Postman, No Reply, I’m a loser, Rock & Roll Music, Mister Moonlight, Words of Love, Everybody’s Trying to Be My Baby, Help, I need you, Ticket to ride, It’s Only Love, I’ve Just Seen a Face. Más aún a: Norwegian Wood, You Won’t See Me, Michelle, Girl, I’m Looking Through You, Wait, If I Needed Someone, In my life, Eleanor Rigby, Tomorrow never knows, Here, There and Everywhere. Sin pretensiones le pusiste música a la mayor parte de mi vida.

Desde luego no he descubierto el hilo negro, ni ningún hecho científico de relevancia; sin embargo, seguramente si puedo decir que ésta es una experiencia personal y única en cada sujeto. Solamente la persona de que se trate será quien nos pueda dejar seguirle en su camino de recuerdos, a través del entramado de asociaciones, entre los estímulos que gatillan sensación y emoción, desperdigados en la red neuronal, filtrados, separados de los que carecen de relevancia, primos hermanos estos, de los que a la vez nos son dolorosos y desagradables. No hablo evidentemente de los últimos puesto que no son causa del fenómeno que he descrito en éstas líneas; en cambio sí, me refiero a esos que son entrañables, los que me trasladan a esa preparatoria número uno, en aquel año 1997 si mal no lo recuerdo, en que nos conocimos; cuando me regalaste el libro de cuentos de Sherlock Holmes, con todo y esa dedicatoria que aún me arranca una sonrisa y en ocasiones hasta un suspiro; el libro de cuentos ahora permanece allí en nuestra biblioteca, listo para convertirse en la máquina del tiempo. Incrédulo acepté tu obsequio; debo decir al respecto, que dar de esa manera algo, no era tan normal de donde yo vengo. Pero con todo… Así me lanzaste por la campiña inglesa, por las calles de Londres, a viajar en tren, a Piccadilly Circus, Essex, por viejas mansiones señoriales a través las provincias de Inglaterra; ascendí las cataratas Reichenbach, llegue al 221B de la calle Baker, en fin por un montón de aventuras más. Y aquí seguimos; y yo digo que Marcel Proust tenía razón, entonces…

Tu aroma es el del verano.

Ricardo R. R.

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