La soledad no es una opción explícita

Escogimos compartir, las redes sociales, los teléfonos inteligentes. Escogimos juntarnos en un bar a beber y revisar por separado nuestros feeds de Instagram. Nos aislamos del mundo entre cuatro pantallas, reduciendo interacciones a reacciones: nos gusta, nos enoja, nos encanta, nos sorprende.

Cuando salimos del colegio, elegimos enfocarnos en nuestras carreras; “la familia siempre va a estar ahí”, nos dijimos con ingenuidad, tratando de justificar aquella falta de interés. Y pasamos horas aprendiendo, investigando, trabajando; convenciéndonos de no tener tiempo para llamar y preguntar cómo están nuestras madres, nuestros padres, hermanos o parejas. “Lo hacemos por ellos”. Ajá, claro.

Cuando fuimos al trabajo, escogimos un auto y nos embarcamos a pasar tres horas por día en presas, solos, esperando a llegar a nuestras casas, dormir y repetir la trágica rutina. “Ya no aguanto”, nos dijimos. “Es lo que toca”, nos repitieron. Y así, sin rebeldía, escogimos seguir aguantando.

Aceptamos la levedad de las relaciones. Nos tragamos el cuento de que encontrar pareja es un juego de descarte, superficial y vano. Aprendimos a juzgar un libro por su cuenta de Facebook. Olvidamos que las relaciones duraderas se construyen; que implican esfuerzo y aprendizaje. Cuando tuvimos una relación así, la descuidamos y culpamos a las condiciones, al timing, al mal humor y al “no funcionamos juntos”. Porque todo se nos dio explicado y simplificado, así que creímos que lo del amor funcionaría igual. Nos gustó esa idea.

Y en cada decisión de vida que tomamos, por más grande o pequeña que pareciera ser, escogimos estar solos. No porque supiéramos lo que escogíamos, ¿quién, de manera consciente y estudiada, elegiría vivir solo? No, la soledad no es una opción explícita. La soledad es una cláusula.

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