Correr no es para cuñados: porqué deberías hacerlo y no hacer caso a los que lo llaman running


Por Guillermo Gómez de Salazar

Empecé a correr hace una semana. Lo había intentado en alguna ocasión suelta, no en días consecutivos, y no había sido capaz de recorrer más de 1 kilómetro sin ahogarme o quererme morir del asco. Me sentía fatal por ello, puesto que era bastante joven y se supone que un chaval tiene que estar en forma. Hace no mucho, volví a preocuparme por mi estado de salud. Tengo una salud a prueba de bala, y prueba de ello es mi exiguo historial médico. Un buen amigo me llamó y me dijo: “Oye, tío, ¿te vienes a correr conmigo?”. Rehusé la oferta. “Qué va, no estoy en forma, te voy a resentir y no te va a molar mucho”. Él insistió. “Que sí, vente, no pasa nada, no me importa ir un poco más lento”. Acepté entonces. Me puse las deportivas que me pillé precisamente para ir al gimnasio y acepté el reto. Al principio, estiramos, lo típico, y comenzamos a trotar suave por carretera, para luego cambiar a tierra por el carril bici que tenemos aquí en Tres Cantos. Al principio, comencé a arrepentirme de estar corriendo. “Pero qué haces, para tío, que esto es una putada”. Pero progresivamente, mientras iba pasando el tiempo, me notaba mejor y mejor. Según el reloj de mi amigo, con GPS incorporado, recorrimos 6 kilómetros durante unos 40 minutos. Yo no me lo acababa de creer, 6 kilómetros son muchos metros, y no me encontraba mal, cansado, pero bien.

No sé que me pasó, pero lo que antaño me parecía un muro infranqueable, se cayó ante mí. Comprendí que era todo mental. Yo no tengo ninguna tara física ni ninguna dificultad para el ejercicio. Me empezó a picar la curiosidad, y a los dos días, salí por mi cuenta, a hacer una carrera yo solo.

Me quité de lo superfluo. Quité la música, el móvil, las llaves, la cartera, lo dejé todo en el escritorio, me calcé, me puse una camiseta de deporte, un bañador y salí a correr. Esta vez mi recorrido fue bastante más corto, 4,200 km. Lo medí con Google Maps, por lo que muy posiblemente, la distancia pueda variar. Quiero creer que recorrí 4,200 km, no me fastidiéis la ilusión.

Soy una persona que para algunas cosas es bastante inconstante. Lo que me supone un esfuerzo insalvable, suelo desecharlo, dejarlo para otro momento, postergarlo, procrastinar, vamos. Para mí, empezar a correr de continuo ha sido un descubrimiento. Sobre todo, porque he empezado a retarme a mí mismo. Y acabar de una vez por todas por esa barrera que muchas veces me hace borrarme de cosas en las que ni siquiera estoy participando.

Me di cuenta de que todo es absolutamente mental. Subí una cuesta de unos 300 metros aproximadamente, suave, sí, pero cuesta. No podía creérmelo. Me dolían las piernas, los pies, y las rodillas. Pero no paré de correr. Me gritaba a mí mismo: “Estás bien, no estás cansado, puedes subir y lo vas a hacer, y solo cuando subas podrás parar. Si paras ahora, te habrás fallado a ti mismo”. Increíblemente, conseguí subir la cuesta, y paré. Me lo merecía.

Hoy, he vuelto a subir esa cuesta, y no solo no he parado, sino que además, he escalado otra que había justo después, corta pero empinada. Cuando llegué al final, descansé. Me lo merecía. El próximo día, pienso seguir hasta mi casa. Así, aproximadamente, habré hecho casi 5 kilómetros.

Correr, nada de running ni cuñaladas de esas que todo entrepreneur y ávido consumidor de ensaladas de tónica tiene dentro de su repertorio, me ha supuesto cambiar los esquemas y la opinión que tenía de mí mismo. He descubierto que físicamente estoy bien, que puedo correr casi cinco kilómetros y no acabar tirado cual guiñapo en el suelo. Y que mentalmente soy más fuerte de lo que creía.

¿Qué he cambiado para hacerlo? Fundamentalmente, me he deshecho de lo superfluo. Cuando iba a correr y llevaba música, siempre se me caía un casco y acababa hasta los huevos. Eso me desconcentraba. Como tampoco llevaba las zapatillas adecuadas, los pies se me cocían. La clave, a mi juicio, es la concentración. Salgo sin nada. Quizá algunos opinen que es peligroso, puede que lo sea, por suerte, el lugar en el que vivo es tranquilo y amable, puedo permitirme el lujo de correr así.

Llevo poco tiempo, muy poco tiempo corriendo, pero cuando llega el día, siento la necesidad de enfundarme las zapatillas y salir a patear la calle. Cada día, un poco más, un poco más fuerte, un poco más rápido. Cada día trato de sorprenderme a mí mismo, de ponerme retos, de aprovechar mi juventud y encontrarme bien.

Si tú, que lees estas líneas, quieres correr y te da pereza, a mí también me suponía un mundo. Te animo a que busques a alguien que corra. Déjate convencer. Sal con esa persona un día. Inexplicablemente, tratarás de igualar su ritmo y, si intentas ser fuerte mentalmente, aguantarás el tirón hasta el final. La persona con la que salí a correr era un chaval que se está preparando para ser militar. Aquello, más que echarme para atrás, me supuso un enorme reto, y lo acepté. Si te notas cansado, no lo estás. No estás cansado hasta que empiezas a ver chiribitas y te caes al suelo. El resto del tiempo, solo te estás quejando. Cuando corres, solo te preocupas de una cosa, de correr. Las estupideces, los pensamientos extraños, las preocupaciones, el estrés, todo desaparece durante 20, 30, 40 minutos.

Espero que pronto sea el próximo día para volver a salir y volver a demostrarme que puedo correr. Y quién sabe si pronto puedo decir que soy un corredor de verdad. Solo el tiempo, la constancia y la dedicación lo dirán.