El hombre por su palabra y el gallo por su espuela.
A diferencia de algunos escritores que afirman que escriben porque no pueden no hacerlo, no quisiera ponerme a mí, un hombre hecho y maltrecho, en semejante situación de inferioridad. Tampoco me pondría (así supiera escribir) por encima de la escritura, incluso si eso lograse alimentar mis vanidades. Desconfío de los hombres que buscan razones etéreas para justificar su escribir, e incluso de los que buscan razón alguna. Por eso le ruego a mis lectores que desconfíen encarnizadamente de las letras a continuación. Desconfíen también de mí, pues mi juicio de enamorado me ha llevado a abrir este blog, y hoy puedo decir que mi escribir tiene nombre, apellido, y unas piernas de ensueño. Debido a sucesos tragicómicos dignos de alguna novela mediocre de la postmodernidad, y al hecho de que esta mujer no existe, vamos a llamarla temporalmente en honor a otro personaje probablemente inexistente. A esta mujer hemos decidido (mis obsesiones y yo) llamarla Dulcinea de la Castellana porque es natural de la Castellana, y es un nombre a nuestro parecer, músico, peregrino y significativo, como todos los demás a los que a nuestras cosas he puesto. Proclamo y brindo: Dulcinea de la Castellana, señora de mis pensamientos, tu nombre te encamina al de princesa y gran señora, emperatriz de la Castellana, de sin par y sin igual belleza, todas estas letras tienen tu nombre. En ti se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos los atributos que los poetas dan a sus damas. Tus cabellos son oro, tu frente campos elíseos, tus cejas arcos del cielo, tus ojos soles, tus mejillas rosas, tus labios corales, perlas tus dientes, alabastro tu cuello y mármol tu pecho. Perdóname amada mía que alucine en estos cantos y que en ebriedad me atreva a compararte con el mundo, pues no te lo mereces.
