Si las palabras son las mismas, dime;
¿cómo te suenan de otros las palabras?
Para mí un escritor es un viajero en busca de palabras. Todos, naturalmente, transitamos a diario para poder expresar de alguna forma lo que sentimos. Equivocadamente -me tomo el atrevimiento de señalar- buscamos en lugares recónditos algunas palabras dignas de los “exigentes” críticos literarios contemporáneos. Las metemos en un maletincito, llegamos a la casa, las desempacamos y clasificamos al igual que la ropa sucia, y las ponemos encima de la mesa de noche esperando un milagro. !Cuanta imprudencia! Resultamos insertos en un texto, visceralmente incómodos pegando palabras que no son de uno con sentimientos que tampoco son de uno para gente que tampoco es de uno. Para mí, un humilde gallero y caballero, no hay que salir a buscar en los lugares rebuscados sino simplemente en los lugares donde uno deja siempre un pedacito de corazón. Hay que levantar las sillas de los buses intermunicipales, hay que encargar a la tienda del barrio algunos versos, preguntarle al taxista qué palabra rima con “apoteósico”. Hay que barrer las esquinas de la cantina del pueblo, pedir consejo al borracho, insultar a la suegra exclusivamente por diversión, hay que darle la razón a un policía. Hay que desordenar los calzones de la mamá y fumarse el último cigarro del papá, hay que bajarse los pantalones en la misa del domingo y bailar en los velorios.!Ahí está la puta poesía! Hay que amar desquiciadamente, de manera compulsiva y casi enferma. Que nos duela ahora pues la muerte será plana. !Ay Dulcinea! Habré de amar los áureos cascabeles de tu risa, habré de lamer tus heridas, habré de abrazar tus cotidianidades que tienen guardados más putos versos que la misma ciudad de París.
