No más historias de amor

Rivolt Medios
Jul 25, 2017 · 3 min read

Las películas hipster que impactaron la cosmovisión romántica millenials

Por: Belén Hache Puebla

La interpretación es el acto mediante el cual se cierra la obra. Un círculo mágico, que comienza con un detonante y finaliza con una herida urdida en el receptor. Los indie-románticos, los mismos amantes de la música tristemente-feliz, tienden a aferrarse a éstas historias en busca de una certeza: el tedio de vivir en un mundo monótono y sin sentido que cobra realce en el encuentro explosivo con el alma gemela: las casualidades, lo inevitable, la separación, el final abierto. Como si hubiese un doloroso regocijo en el sabotaje de convertirse en quienes no quisieron porque el incendio de la personalidad y el túnel del sistema, es ineludible. Aquí, en la incertidumbre, el clamor de ser salvado.

Detrás de cada gran canción, libro y película con un Lovestory como protagonista, existe una historia original que asciende desde su flama divina. Richard Linklater, a través de Before, una de las más importantes trilogías de amor de todos los tiempos, inmortalizó la esencia del proceso amoroso de maduración, donde desde una mirada minimalista y de vertiginoso movimiento psicológico, retrata las tres etapas de crecimiento personal de una pareja, en donde el camino para el encuentro con la llama idéntica, es un recorrido lleno de fluctuación y desencuentros, potenciados por la gran prueba de amor, el doble o nada: nos encontraremos de nuevo.

La diferencia radical, entre estas historias y los relatos convencionales de Hollywood con un clásico Happy Ending, subyace de la idea de la separación como un motor de búsqueda interior, encuentro intimo, endógeno, que infla la burbuja del pensamiento mágico hasta el estallido: el reencuentro sorteado con la imposibilidad. Este definitivo abrazo con lo inevitable es también un comidillo para la fantasía: el eterno retorno como Leitmotiv, las coincidencias que vuelan desde el primer instante, la espera del momento oportuno y los obstáculos interminables generadores del conflicto dramático, como alimento para un escenario sin fin.

Este marco romántico se intensifica en Los amantes del círculo polar del director Julio Medem: Ana y Otto, se reconocen a muy temprana edad, manteniendo la tensión silenciosa de su amor a través de diferentes etapas de su vida. Separados por latitudes, describen sus estados de dependencia emocional con el otro, a través de monólogos cargados de sopor y arrojo a lo azaroso, como si la unión pendiera de un número ciego y limitado de fortuna y no de la voluntad activa de los amantes. Decálogo que los sume en lo irremediable hasta un poético y fatal desenlace, cristalizado en los ojos de Ana.

El impacto de éstas historias reside ciertamente en su interpretación. Directores de ésta línea han logrado inmortalizar el amor, desde un punto de vista que se azota fieramente contra la realidad, pero que equilibra su caída en el contraste con el concepto de lo mágico-maravilloso, experiencia a la cual es imposible acceder desde la razón y que acarrea un componente intrínsecamente espiritual. La suma de todo resulta en comprender que éstas voces envían un mensaje a un mundo efímero y pesadamente leve, en el que la única manera de sobrevivir es dejar de tentar al destino y recibir la reunión desde el primer momento: allí donde deja de existir la película.

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