La herencia de los imperios dinásticos

Una comparación transversal con un pasado reciente y una herencia aún presente

Grabado ilustrativo, autoria de Petrus van der Borcht, que pone de relieve la complejidad de los imperios multinacionales ejemplificados en una quimera policéfala, atada con una diminuta cadena al emperador, su corte y el clero.

Fuente de imagen: http://publicdomainreview.org/collections/the-difficulty-of-ruling-over-a-diverse-nation-1578/

Los actuales Estados/nación fundamentados en la idea de “democracia representativa/directa” tienen su precedente más cercano en los imperios dinásticos que dominaron el continente europeo y se expandieron por el resto del planeta configurando así complejos Estados multinacionales-multiétnicos-plurilingües gobernados bajo monarquías que con el pasar de los años verían su esplendor en el absolutismo dieciochesco (y previo). Si bien el absolutismo se enfrentó al laissez faire, laissez passer de las revoluciones burguesas; su estructura se mantuvo hasta entrado el siglo XX cuando los últimos imperios sucumbieron ante la Primera Guerra Mundial y la Revolución de octubre y los procesos de independencia asiático/africanos entre las décadas de 1930–1980.

El origen burgués de los actuales Estados democráticos, si bien definió elementos de orden social y económico distintos a los antiguos imperios; mantuvieron una estrecha relación respecto a sus peocedentes monárquicos, al menos en el sentido centralizar dentro de escasas figuras de representación política, el uso de una estructura burocrática a su servicio y un sistema colonial que confinaba a vastos territorios a escasas voluntades. Ojo, no quiero caer en esa falacia “libertaria” eliminar al Estado y dejar al mundo en manos del “libre mercado” o una “mano invisible”; sino que señalo el precedente de los Estados modernos, al menos en su estructura para exponer una forma de praxis geopolítica que mantuvo la organización territorial de los antiguos imperios adaptadas a la nuevas noción de Estado-nación.

Los vastos imperios, que desde el siglo XVIII y hasta el siglo XX se desintegraron y/o modificaron en términos de organización política; dejaron tras de sí profundas huellas que aún hoy definen regiones completas del globo a través de un mosaico diverso de naciones pobres y “tercermundistas” cuyas economías dependen de la influencia extranjera de una o más potencias. Estos imperios, español, austrohúngaro, británico, francés, otomano y ruso, configuraron un esquema de metropolis dependientes sus imperios colonizadores que centraliza en las capitales político/económico/administrativas todo el poder que permite a quien lo controle definir los términos de exportación sobre los recursos naturales. Sobra decir que ninguna de estas naciones posee una economía autosuficiente o bien, poseedora de una industria propia en términos de producción y procesos que se adecuen a las necesidades especificas de la población y el ecosistema.

Las maquiladoras, las industrias manufactureras, la conversión de las universidades a meros centro de capacitación de profesionistas/mano de obra barata disponible para una “industria” voraz y control, las nulas leyes ambientales que permiten la libre explotación de recursos naturales como las mineras; son un ejemplo de este sistema, un sistema de permite a las corporaciones transnacionales negociar desde una capital las formas de explotación de un territorio, mientras que una oligarquía político-económica garantiza el control social de una población empobrecida y sumida en la ignorancia, que sin oportunidades reales cede a las imposiciones que generan la noción de “beneficio” en un corto plazo mientras se pierden recursos de forma permanente acompañado de la destrucción y contaminación del medio ambiente.

Más allá de generar un debate sobre las monarquías absolutistas, las revoluciones burguesas, el colonialismo (en sus diversas etapas), uso el ejemplo de estos imperios dinásticos para compararlo en relación a los actuales Estados nacionales de regiones como América, África o Asia; espacios marcados por las acción de potencias coloniales que delimitaron en términos geográficos, fronteras que dividían sus zonas de dominio, a pesar de la presencia de poblaciones nativas o cualquier otro elemento que precediera a la fundación de la colonia.

Hoy en día, esa herencia colonialista, esa herencia de os antiguos imperios dinásticos perdura en naciones como México y si bien no quiero desviarme a un debate sobre la historia de las monarquías absolutistas, las revoluciones burguesas y revoluciones socialistas; usadas a manera de ejemplo y para exponer un proceso más amplio. Si quiero expresar que la caída de esos imperios, al menos en Europa, abrió un nuevo panorama político, donde si bien aún existe la dinámica colonizadora; esta se enfrenta a poblaciones que exige una mayor representatividad política y el rompimiento con Estados nacionales convencionales.

Cuando se analiza a México, es posible seguir observando una estructura dependiente de potencias económicas extranjeras, y bueno, el mismo sistema político se sustenta en la participación de dichas potencias dentro de la vida económica de interior. Un colonialismo que perdura a los doscientos años de la independencia de la potencia reinante que fue el imperio español; pero que lejos de desaparecer suplió la figura ibérica con la presencia británica, francesa y estadounidense, quienes desde la “independencia mexicana” han trazado gran parte de la vida político-económica al mantener bajo su influencia a las clases dominantes del país actuando como aliados en los periodos de crisis.

En el remplazo del sistema colonial directo, por así decirlo; por un entramado político caciquil que simula una democracia, mantiene bajo su influencia a un débil Estado que se sostiene sobre un poder central para controlar un territorio y la población que lo habita. La noción de democracia, por tanto, supone que cualquier “representante” electo no es más que un cacique en turno que depende del centro (partido, movimiento, empresariado, agrupaciones sindicales) para avalar su candidatura, elección y gestión. Un ejemplo son cualquier elección política que se desarrolle, pese a ocasionales candidatos electos por los militantes locales de un partido político; la mayoría de los candidatos es ungido desde un poder central y bajo el coloquial “dedazo” es impuesto como el candidato “de unidad”.

¿Pero, cuál es el problema en esta nula representatividad y qué mierdas tiene que ver con respecto a los imperios dinásticos? Bueno, la respuesta es demasiado sencilla, si consideramos que el sistema político mexicano es un heredero del antiguo sistema colonial español, podemos observar la relevancia de la metrópoli en relación al nombramiento de figuras políticas y si bien los altos mandos ya no se designa desde Madrid, hoy día estos sólo son un rostro visible del “partido” y su corporación con ramales empresariales, sindicales y en movimientos sociales. Dicho pode central, legitima a cualquier figura que le sirva como medio de contención territorial y poblacional, que ayude a mantener las redes políticas y la ilusión de que es a través del partido y sus delegados que se obtiene cualquier forma de representación política.

Si nos detenemos a pensarlo más allá es horrible, es una mierda, que todas las decisiones sobre nuestras necesidades como sociedad sean elegidas y usadas como “prebendas” y “dadivas” para mantener a la población controlada. México es un país con una extensión territorial más vasta que Europa Occidental (España, Andorra, Portugal, Francia, Mónaco, Alemania, Inglaterra, Irlanda, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo juntos) tiene una población equivalente a la de Alemania y España juntos, se hablan más de 70 idiomas con raíces lingüísticas desde el Utoazteca, Kiliwa o Mixteca, hasta lenguas romances y germánicas, no se diga la diversidad poblacional en términos de cosmogonías y concepciones del mundo; pero su representación política queda a cargo de administraciones federales de iure, pero centralistas de facto que terminan por invisibilizar a todo aquel que quede al “margen” para los parámetros del Estado y los interés de quienes lo dirigen.

En términos políticos, México se convierte en una quimera con muchas cabezas que no logra definir ningún proyecto, y que bajo la directriz de una minoría que abarca el control de los recursos económicos y ejerce un control político, se pierde al intentar seguir modelos ajenos que nos atan a la dependencia económica, política y cultural. Porque mientras el Estado se esfuerza (como lo ha hecho desde finales del siglo XIX) por configurar un modelo homogeneizador desde la educación pública, la publicidad y los medios de comunicación; terminamos por perdermos a nosotros mismos y creer que hay un solo México, basado en sombreros charros, mariachis, colores chillantes y desfiles del día de muertos (todos los días y a todas horas, a lo Hollywood). Mientras se reduce a una categoría inferior cualquier forma y modo ajenas a los intereses del Estado, para quien nuestros orígenes: tarahumara, tepehuano, purépecha, asturiano, triqui, popoloca, chinateco, anglosajón, maya, catalán, vasco, otomí, mixteco, gallego, africano meridional, zapoteco, extremeño, kikapú, mascogo, andaluz, chino, mazahua, portugués, huichol, japonés, huasteco, alemán, norafricano, filipino, náhuatl y cualquier otra expresión original o producto de la fusión existente en cada región; es un pedazo de mierda, que se trivializa como curiosidad de museo de pueblo o artesanía regateable en mercado de turistas, todo, para abrir paso al “ único México”.

Por desgracia dicho modelo parece funcionas y al menos desde la implantación del modelo neoliberal a finales de la década de 1980 se ha intensificado ese proceso homogeneizante cuyo costo es demasiado alto, y, al menos desde la experiencia de otros países, el resultado será en una masa inerte que obedece y sigue directrices impuestas, vaya, hasta las tradiciones y expresiones culturales se convierten en algo prediseñado desde el Estado. Mientras que, por otro lado, aún quedan voces alternativas, movimientos que desde otros espacios se enfrentan a la hegemonía estatal, sin perderse en nacionalismos recalcitrantes, ni xenofobias o racismos discriminadores, sino en propuestas autonomistas reales y es en Europa, especialmente, donde las voces autonomistas y separatistas rugen y bajo la clara noción de que todos somos humanos, y merecemos el respeto a nuestros derechos; claman por el derecho que tiene todo pueblo a representarse libremente, sin la intervención gobiernos centralistas, ni poderes fácticos. Tal vez sea el momento de clamar por lo mismo en México…

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