La soltería después de los treintas: lo que callamos los solteros

Uno de los mayores contribuyentes a mis periodos de tristeza es el estar sola cuando el círculo de personas en el que uno ha crecido ha ido formando familia. No porque añore yo lo mismo, sino porque las rutinas sociales cambian drásticamente.

Una ya tiene técnicas aprendidas y repetidas para no caer en el hueco de la depresión: levantarse apenas abre los ojos, tender la cama, hacerse un café. Podría sonar a una rutina normal en la mañana, pero en mi caso es realmente un salvavidas; verán, si no me levanto, corro el riesgo de quedarme en la cama por siempre. Sé que suena dramático… pero cuando se lucha con la depresión, esa falta de ganas por la vida hace que uno se quiera quedar en la cama por siempre. Tender la cama, porque levantarse no es garantía; una cama con las cobijas aun calientitas de la noche es un riesgo inminente a volver a esa cama, y regresar al punto uno… quedarse ahí por siempre. Hacerse un café, porque tomar café es de las cosas que más disfruto en la vida; nada tiene que ver con la cafeína para despertarse (en mí estoy casi segura que no tiene efecto), sino con empezar el día haciendo algo que realmente me gusta.

Al pensar en las rutinas del fin de semana, es cuando se complica más la cosa. Entre la dirección que han tomado los amigos (las parejas, los hijos, el mudarse de país, etc.) y el cansancio de la semana laboral que pesa más con los años, es muchas veces inevitable sentirse realmente sola y presionada a buscar actividades que nos mantengan distraídos, menos solos. Y en esa búsqueda de compañía a veces nos llevamos golpes que nos hacen cuestionarnos todo. TODO.

En la vida me ha costado mucho creer en el amor de pareja. Sí, es algo muy triste pensarán los que han vivido amores intensos y lindísimos. No sé si tiene que ver con que mi cerebro lógico-matemático se rehúsa a creer que con la cantidad de humanos que existen, distribuidos en el tiempo y el espacio, vaya uno a encontrar a su “alma gemela”, máxime cuando los sentimientos no son más que un proceso en nuestro cerebro. ¿Se me habrá dañado el disco duro? Pero sigo sin estar tan convencida de que el amor, exista. O al menos, que exista para todos.

Veo en mi familia y amigos (con quienes tenía estas conversaciones en nuestros veintes), cargando con divorcios, con exceso de responsabilidades, con metas autoimpuestas sumamente estresantes, discutiendo sobre temas tan trascendentales como la educación de un hijo hasta el por qué no sacaste la basura… y me convenzo más y más que el amor no es otra cosa que una decisión. Afinidad, feromonas, valores morales similares…pero sobre todo, una decisión.

El otro día leí por acá en Medium, un artículo que hablaba de que ahora a uno le venden la idea, estimada persona en soltería que ya pasa de los treintas, que si Ud. está solo es porque no ha trabajado lo suficiente en Ud. mismo; que si Ud. no disfruta de estar sola, es porque no se ha aceptado a si misma; que si Ud. tiene un patrón de relaciones fracasadas, es porque algo en Ud. está atrayendo a las personas equivocadas…

COMAN MIERDA. Si no me amara, si no cuidara de mí, si no me pusiera yo primero, si no tuviera metas, si no disfrutara de mi soledad, hace rato habría cedido ante la enfermedad con la que he batallado toda mi vida. Porque la depresión en vez de hacerme menos, me ha hecho fuerte y valiente, me ha hecho amarme y protegerme. Paradójicamente. Así como paradójicamente mi cerebro racional me hace ser ultra sensible ante esos intercambios químicos que llamamos sentimientos.

Todo esto resonó en mí porque es lo que escucho una y otra vez, leo en artículos una y otra vez, cuando se toca el tema de la soltería despues de los treintas. Decir que uno se siente sola es como dar luz verde para el chorro de consejos que no sirven de nada, porque una pareja no se sustituye con clases de zumba. Consejos bien intencionados, pero que al fin de cuentas no sirven de nada.

Decidí este año, después de muchos de dejar que la teoría del disco duro dañado me ganara, darme un chance. JUE-PU-TA. Mejor me hubieran dado con un bate de béisbol por la cabeza (esa historia se la preste a Ester para un puro cuento). Me rompieron el corazón; pero no por amor: me rompieron las ganas de creer en la sinceridad de la gente; en los compromisos honestos; en que todos estamos luchando por estar mejor. Me rompieron las ganas de creer en que tal vez el amor sí exista. Me rompieron el corazón no de amor… sino el corazón que lucha con esa enfermedad que nos hace creer que no hay esperanza en el mundo… porque la verdad es que los seres humanos podemos ser bien gachos. Me rompieron las ganas de buscar compañía.
 
Así que aquí estoy, tres meses después, aceptando que tengo el corazón roto. Han sido tres meses difíciles. De oír cosas desde “vos lo que necesitas es un novio extranjero” (voy a preguntarle a mis tres amigas casadas con extranjeros como les va con ese cuento de hadas), hasta el disque admirador secreto que me escribió el otro día desde un perfil falso en FB para decirme que yo le parecía intimidante. ¿Se supone que eso es un piropo?

Aquí estoy tres meses después, tratando de ver si entendí cuál era la lección en todo esto: que como dice el meme ese de internet… a veces no estamos deprimidos, solo rodeados de gente realmente imbécil. Aprendiendo a distinguir entre la tristeza de ver lo podrida que es la humanidad y el desbalance químico en mi cerebro.

Lidiando con mi soltería despues de los treinta. Y los fracasos que realmente pegan: esta semana lo intenté…y soy verdaderamente pésima en clases de zumba.

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