Miedo da el Coco

“Que sustagen”. En mi país, una frase que se usa coloquialmente (o debería decir pachucamente) para expresar “que susto”.

Desde siempre he escuchado a la gente mayor que yo hablar del ímpetu de la juventud, sin entender muy bien a que se referían. Hasta que llegué a la edad que tengo, me convertí en “gente mayor” y empecé a tener susto de las cosas que antes me apasionaban y a ver con suma tranquilidad las que me causaban temor.

A mis 17 años me subí en un avión y me fui a participar en un programa de un año a un país que no conocía, a aprender un idioma del cual solo sabía decir “guten tag” y a vivir con una familia de la que ni siquiera tenía fotos (aaah las épocas sin redes sociales). Recuerdo estar en el aeropuerto y ver a mi mamá con los ojos llorosos y pensar “uy mami…pero si es solo un año”. Recuerdo tener la mente y el corazón enfocados en lo que se venía, en disfrutar la experiencia, en aprender montones y sobretodo, en pasarla bien. Recuerdo que mi única preocupación era no perder el pasaporte ni la conexión, llegar con vida al otro lado del charco y que no se me olvidara llamar para avisar que había llegado bien. Sin susto en lo absoluto.

A mis 19 años empecé a trabajar mientras sacaba la U; y por más de una década me carcomió el temor al fracaso profesional. La vara con la que yo medía mis resultados era muchas veces hasta más fuerte que con la que me medían mis jefes. Siempre la estudiante estrella. Siempre la mejor versión de mi misma profesionalmente. Siempre con susto a no ser la persona responsable y exitosa que me propuse ser.

Y en eso llegué a la edad que tengo hoy. Hace dos años nos despidieron a todos de la empresa donde creíamos nos íbamos a pensionar. Golpe bajo. Bajísimo; pero de eso escribiré después. Inmediatamente entré a trabajar a un lugar donde sentí que no calzaba, y diez meses después no me tembló ni el pulso ni la decisión para irme. Ya no temía al fracaso profesional; al “diez meses en una empresa no se ve bien en tu CV”. Las preguntas inquisidoras de “pero Raquel, ¿quién renuncia sin otro trabajo? no parecés vos” cayeron en oídos sordos, porque estos oídos aprendieron a escuchar-me. A hacer algo que me hiciera bien a mí. No a mi CV. Quise dejar, por una vez en la vida, de ser la persona responsable según los parámetros de la sociedad (y de mi cabeza), y lanzarme a algo que siempre había querido hacer: absolutamente nada. Para darle un nombre romántico, les dije a todos que me iba de sabático.

Para el sabático quería hacer algo que me apasionaba: viajar. Gracias a mi dedicación y orden, tenía el colchón financiero para darme ese gusto (porque no hay sabático que valga en un cerebro racional como el mío sin que todo esté perfectamente calculado, por más que yo juegue a libertadora de mi alma). Uf. Sin presión, sin el típico límite de dos semanas de vacaciones. ¿A dónde ir? A recorrer la tierra de mis abuelos; pero estaba el asunto de los refugiados pasando por Grecia. Mejor no. A China a visitar a uno mis amigos más queridos. Pero sola hasta China, mejor no, la vez pasada me desmayé en un aeropuerto por un viaje demasiado largo. Al cono sur. Pero una mujer sola viajando por tierras sudamericanas tal vez no era una buena idea. Pero… y pero.. y pero. ¡Pero que sustagen esto de viajar sola! (algo que irónicamente hago mucho por trabajo). Y la voz en mi cabeza que decía “pero Raquel, ¿de cuándo acá te da miedo viajar sola? no parecés vos”…

El sabático de un año terminó a los tres meses gracias al llamado de una oportunidad laboral que no podía dejar pasar. Viajé, sí. Lo disfruté, a mil. Pero no me aventuré. Fui a lugares que ya conocía, donde familia. Donde me sentía segura. La mejor decisión para ese momento, porque uno se siente como se siente y ya.

Hoy compré un pasaje de avión para darle la vuelta al mundo; por trabajo sí. En compañía, sí. Pero me volvió a dar susto. Susto regresar a la tierra donde viví uno de los episodios más aterradores de mi vida (el ya mencionado desmayo en un aeropuerto). Si pudiera contarle este episodio a la migo misma de hace veinte años, sé que la respuesta sería “Dejá el drama. ¿De dónde salió este miedo? Miedo da el Coco”. Entonces se lo cuento a la persona que soy hoy. Y me pregunto: ¿quién se ha robado mi wanderlust? Nadie. Ahí sigue intacto, esas ganas de conocer cada rincón de nuestro planeta y sus gentes.

Hablando, pensando, reflexionando creo que lo que me han robado ha sido el ímpetu de la juventud. Sospecho que el ladrón han sido los años.

Tenían razón mis tatas; cuando pesan los años, pesan. Pero me inventaré un impulso nuevo. Uno sin miedos, ni siquiera al Coco.

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